Aprender a poner límites

Acabo de escuchar que el ser siempre conciliador no es necesariamente señal de ser buena persona. Es más de ser débil. Y eso me ha trastornado mucho mi forma de revisar mis relaciones.

Ser fuete, peligroso inclusive, y optar por no ser violento, tiene todo el mérito. Saber que uno puede lastimar a alguien y escoger no hacerlo. Es mejor tener esa capacidad. El contrario es no poder defenderse ni de un mosquito y revestirse de buena persona simplemente porque uno es incapaz.

Me gusta cómo he aprendido a poner límites. Y sigo aprendiendo. Pero me gusta aún más que les doy la opción de hacerlo a mis hijos, incluyendo conmigo. Porque lo más difícil es construir las barreras del respeto con la gente cercana. Eso, allí, es en donde se mide la fuerza, no la violencia. Y yo quiero ser fuerte.

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