Hay muchísimas cosas que me gustaría poder hacer. Algunas de ellas están completamente a mi alcance, como aprender a tocar el piano (sólo es cuestión de conseguir el instrumento), aprender bien el italiano (para eso está Duolinguo), o cambiar de cinta en el karate. Otras, no. No puedo, a estas alturas del partido, salir en la portada de la edición de trajes de baño de la Sports Illustrated, por ejemplo. Ni tampoco, realísticamente, tomarme un año sabático de mi vida y salir a recorrer el mundo con una mochila. Simplemente ya me pasó el momento.
Hay muchas cosas que están a nuestro alcance y que sólo requieren de nuestra inversión: tiempo. Tal vez comenzamos más tarde de lo que se considera como «ideal», pero eso no nos debe impedir intentarlo. O sea, mientras más tiempo dejamos pasar para empezarlas, más tiempo estamos dejando de lograrlas. Me parece un poco triste que la gente crea que las páginas que tiene acumuladas del calendario son una montaña que no pueden escalar. Y se quedan abajo, tristes, sin darse cuenta que es sólo cuestión de comenzar a caminar. No siempre llegaremos a la cima, pero de la mitad de la montaña ya se tiene una bonita vista.
Las cosas que me quedan por hacer no se miden tanto en logros externos. Quisiera ser mejor madre, más sabia, menos complicada. Quisiera ser mejor persona, menos agria, más empática. Quisiera ser mejor pareja, menos egoísta, más amorosa. Todas esas son cualidades en las que debo trabajar, como si estuviera aprendiendo a tocar el piano. Es bueno, porque puedo mejorar. No tan bueno porque me queda mucho por hacer. Menos mal que me queda el resto de mi vida.
