Hoy, como muchas de las cosas que termino masticando cuando escribo, el tema de conversación con Mario comenzó este post. Y es que, lamentablemente, cada vez me sorprende más la capacidad que tenemos como humanos de hacernos la vida difícil. Somos completamente contradictorios en nuestro comportamiento: mientras más vivimos para los demás, más desgraciados somos.
Me explico: todo aquél que pone su felicidad, su vida, su destino en las manos de un tercero, está sujeto a no tener control de su propia vida. Y no me refiero a no querer, a no confiar, pero no podemos hacer nada de eso si no comenzamos con nosotros mismos. Sólo la persona que está llena, plena, feliz, puede voltearse con el vecino y compartirse. No me refiero a bienes materiales, ésos son los de menos cuando de ayudar se trata. Hablo de los valores intrínsecos que alimentamos dentro de nuestros corazones y que no pueden depender de nadie más que nosotros.
Vivir pendientes de qué tienen, hacen, dicen y opinan nuestros vecinos es asegurarnos la necesidad de comprar antidepresivos. Siempre, SIEMPRE, va a haber gente a nuestro alrededor con más cosas, mejores cuerpos, más felices relaciones. Por lo menos en apariencia. ¿Y qué? Si apreciamos lo que hemos obtenido con nuestro esfuerzo, trabajamos por ser más sanos todos los días y nos rodeamos de experiencias que enriquezcan nuestras vidas, poco o nada nos van a afectar los logros de los demás, salvo para compartir su felicidad.
Yo vivo para mí. Y por eso puedo darme a los demás.
