Nada personal

Hace poco tuve un encontronazo con una realidad alterna de forma de educar niños. Y me enojé y me ofendí y despotriqué. Y allí lo dejé.

Vivir en sociedad implica rodearse de todo tipo de personas. En la historia del Buddha, él primero es un príncipe que vive en un palacio. Aislado. Luego se vuelve un ermitaño. Aislado. No es hasta que decide vivir entre la gente que alcanza la iluminación.

Se requiere de una medida de desapego de los propios sentimientos para tener paz, sobre todo con algunas interacciones. ¿El carro se me atravesó? Dele. ¿No contestan un saludo en el elevador? Vaya.

Fijarse tanto en la conducta ajena que nos afecten las acciones de extraños es una forma muy cansada de vivir. Creer que todo lo que hacen los demás es para jodernos la existencia de forma personal, no ayuda a la salud mental ni física.

El mundo, nuestro mundo inmediato, sí gira alrededor nuestro. Pero ese mundo es el que está habitado por nosotros y nadie más. Cada persona vive en el suyo propio y sólo está conectado con pocas personas de forma íntima. No podemos desarrollar todo nuestro potencial de forma aislada, pero para sobrevivir nos tenemos que dejar de portar como florecitas de invernadero.

Me tocó ver al señorcito del incidente hace poco. Y nos saludamos muy amablemente. Como si nada hubiera pasado.

Estoy de goma

Ayer, después de renovar votos en la Iglesia con mi marido, regresamos a casa con unas amigas a comer pizza y tomar vino. Como siempre, las celebraciones enla casa son sencillas, con mucho cariño. Yo tenía meses de no comer harina y la combinación de la pizza con el vino fue fatal. Dos copas bastaron para ponerme cariñosa, prendérmele a mis amigas cual garrapata y, en general, demostrar afecto de forma poco característica.

Hay muchas formas de demostrar cariño. Las caricias y los gestos afectuosos, cocinar una comida preferida, mensajes con palabras bonitas… Y hay muchas clases de cariños. No todo el mundo percibe de la misma forma un apapacho. Y allí es en donde entra un juego entre la preferencia del que da y la del que recibe ese gesto. Si son como yo, que la proximidad física me pone un poco incómoda y que reservo el contacto para ocasiones especiales, la melosidad es agobiante. Pero, si estar amelcochados es lo suyo, que les den palmaditas en la espalda no es suficiente.

El éxito en la comunicación es que el mensaje sea transmitido y recibido de forma clara y sin ambigüedades. El cariño no es la excepción. La gente a mi alrededor que me conoce y ha aprendido mi lenguaje, espero que sepa que la quiero. Y, también, estoy haciendo un esfuerzo por aprender a demostrar mi cariño de formas diferentes a la cocina y la cama.

Como anoche, que apapaché gente. Aunque fuera con el vino haciendo estragos. La goma de hoy casi vale la pena.

Posiciones arriesgadas

Hace poco estábamos hablando de la precaria situación del mundo en general. Pareciera que dentro de muy pocos años, se va a hacer imposible ir a Europa, África queda casi completamente descartada, Norteamérica está en cambios drásticos. Casi sólo queda irse a vivir a Australia. El mundo está lleno de riesgos. En todas partes.

La vida entera es una incógnita, verdaderamente no sabemos qué va a suceder de un momento a otro. Pero tampoco podemos vivir con miedo a lo que pueda suceder. Sobre todo en cuestión de relaciones interpersonales. Es muy difícil contar con la reacción de otra persona.

Muchos se quedan con el miedo a no ser lastimados y por eso prefieren nunca estrechar lazos con nadie.

Sinceramente, entre quedarme intacta, pero sola y echa trizas, pero habiéndome compartido, prefiero lo segundo. No hubiera buscado a mi esposo después de siete años de no hablarnos. No tendríamos dos lindos niños. No tendría amigas. No estuviera cumpliendo 10 años de matrimonio.

La vida entera es un riesgo. No sabemos si el mundo va a estar allí mañana. Tampoco importa.

Escogerse

En un mismo día me pongo varios «sombreros»: mamá, esposa, amiga, carpintera, escritora… Las diferentes fachadas que uno presenta dependiendo de la ocasión son tan variadas, como las interacciones mismas. Y es que no voy a hablar de la misma forma, ni de las mismas cosas con mis hijos pequeños que con mi marido. Simplemente uno saca de adentro lo que pide el entorno.

Los seres humanos tenemos varios aspectos de nuestra propia personalidad. Como un cuadro que se mira por partes, o una casa que se visita por habitaciones. No todo el mundo conoce más de uno de nuestras facetas y menos aún la mayoría. Creo que es hasta difícil que nosotros mismos estemos conscientes de todo lo que representamos.

Pero sí podemos fijarnos en cuál de los aspectos de nuestras vidas somos más felices, nos sentimos más libres, más completos. Una amistad que hace que te sientas mal de ser tú mismo es tan dañino como una relación que te obliga a vestirte de cierta manera. En contraste, no hay nada mejor que te conozcan y te aprecien, espinas y todo.

Cuando se es niño, la adaptación al grupo es difícil precisamente porque no se escogen a los compañeros de clase y hay que rogarle a Dios tener suerte. Pero uno, que ya está grande, sí tiene toda la libertad de escoger a las personas de las que se rodea en su círculo más cercano. En buena medida, el barómetro para hacer la clasificación debería ser con quién me siento en mi mejor «yo».

Los mejores planes…

…hacen reír a Dios. Algo así va el dicho. Detesto ese dicho. Es cierto que no se puede ser rígido en todo, pero a mí sí me gusta planificar. Desde los horarios de la semana, hasta en qué lugar voy a comer en un viaje. (Sí, he llegado hasta a imprimir un menú para ver qué me puede gustar. ¿La sopa del día? No, gracias.)

Por eso es que me estoy riendo de mí misma. Últimamente siento que las cosas no me están saliendo como yo pensaba. Y no ha sido malo. Salir a un viaje sin mayor expectativa que pararme en una tabla, obviamente no incluía lastimarme (o romperme, no sé) el dedo meñique del pie. Viajar con mi marido siempre ha sido una experiencia exclusivista en la que estamos solos los dos en el universo. Y esta vez no.

Caminar sin rumbo por la vida es para adolescentes (mentales) que luego se preguntan por qué están en un lugar desesperado. Pero ir con tapaderas en los ojos para no desviarse del camino es perderse del mundo. Creo que estoy comenzando a entender que puedo llevar una dirección en mi vida, e ir tomando alguno que otro desvío.

Tal vez me haya lastimado, pero puedo decir que lo hice «surfeando». No fuimos mi esposo y yo todo el tiempo solos, pero conocimos personas que redefinen el término «generosidad». La vida tiene un final, el mismo para todo el mundo. No quisiera que me encontrara en una situación precaria por no haberla prevenido. Pero tampoco quiero llegar a arrepentirme de no haberme divertido.

Nada, que nada

Hace poco regresé a nadar, después de mucho tiempo de no hacerlo. Las primeras veces fueron penosas, apenas me alcanzaba el aire. Ahora ya lo hago con menos sufrimiento. Pero no me sale la famosa «vuelta olímpica». Parece más «rehilete desbocado». Cuando no me volteo antes de tiempo, no llego a tocar la pared (ni el fondo de la piscina) y tengo que hacer el doble de esfuerzo para seguir. Fatal.

Como humanos tenemos una sorprendente resistencia a la adversidad. Seguimos avanzando a pesar de llevar cargas emocionales enormes. Resistimos, seguimos, pasamos. Pero nos cansamos y de vez en cuando necesitamos un impulso, un empujón para renovar fuerzas. A veces esa ayuda viene de una pared en la que nos chocamos y nos da una nueva dirección. A veces viene de tocar el fondo de nuestras fuerzas, agotarnos hasta no dar más.

La vida está llena de pequeños y grandes peligros. Las heridas al alma, esas que nos tienen a veces hecho un colador el corazón, no nos dejan disfrutarnos de lo que está a nuestro alrededor. Se puede tratar de proseguir, medio nadando, medio ahogándonos, pero, tarde o temprano, nos vamos a agotar. Es más sincero con nosotros mismos examinar nuestras carencias, determinar cuáles hay que reparar de inmediato y hacerlo lo antes posible. Aunque eso signifique que hayamos llegado hasta lo más bajo de nuestro estado emotivo. Claro, si no me molesta, ¿cómo voy a saber que lo tengo que cambiar?

A mí me gusta ignorar el dolor. Como cuestión personal, verdaderamente no le doy importancia a un músculo cansado, ni a un golpe, ni a una herida. Ya pasará. Lamentablemente, suelo hacer lo mismo con el dolor sentimental, hasta que se me acumula y estallo. Tal vez sería más fácil remendar pequeños agujeros que reparar un tsunami. Y, también, seguro que sería más fácil apoyarme en la pared de la piscina para dar la vuelta que buscar el fondo o, peor aún, quedarme chapoloteando cual tortuga boca arriba.

La memoria corta

Me da pena, pero me pasa muy frecuentemente que no le sé el nombre a la persona con la que estoy hablando. Pero aún, ni siquiera recuerdo haberla conocido antes. (Inserte una imagen de mi marido trabando los ojos en el cráneo y diciéndome que me la presentó en tal o cual ocasión.) De verdad me molestan esos olvidos, porque no me gusta ser tan poco empática.

En alguna de las historias de Sherlock Holmes, Watson se horroriza cuando descubre que su roomate no sabe que la Tierra es redonda y que gira alrededor del sol, pero que puede identificar cualquier clase de tabaco, sólo con ver las cenizas. La explicación para esta ignoracia voluntaria que da Holmes es que su cerebro es como un archivo con espacio limitado y que sólo le gusta guardar lo que verdaderamente le sirve.

La ciencia nos indica que, por el contrario, el cerebro es plástico y podemos meterle cuanta información queramos. El punto es saberla encontrar. Por eso técnicas tan maravillosas como las del «palacio de la memoria», con el que, literalmente, se construyen edificios mentales para guardar recuerdos y accesarlos fácilmente.

Yo creo que estoy entre entender perfectamente al famoso detective y querer creer lo del espacio mental ilimitado. Cuando aprendo una kata nueva, automáticamente se sale una que ya aprendí por la puerta de atrás. Pero, la rocola que ando cargando sólo necesita un par de estrofas y ya estoy cantando casi cualquier canción. Ahora, con los nombres, ni archivo finito, ni constructo mental. Ésos pareciera que se van directamente al hoyo negro de la desmemoria.

Mi gata está en celo

En serio. Mi gatita que tiene un año está en celo y no sabe qué hacer con su existencia. Maulla, ronronea, se restriega contra la pared, levanta la cola. Está visiblemente incómoda y no hay nada qué hacer, sólo esperar que se le pase.

Todos los animales tienen alguna forma de comunicación más o menos compleja. Desde el rastro de las hormigas, hasta el cuasi-lenguaje de los delfines. Pero ninguno de ellos tiene una manera tan sofisticada de intercambio de ideas como los seres humanos. Y ni así logramos entendernos del todo. Y es que le agregamos sentimientos hasta a las palabras más neutrales.

Durante una discusión, es tan importante entender la palabra, como el significado que tiene para la otra persona. Si digo que «quiero atención», tengo que dejar muy claro a qué me refiero, porque no es precisamente una llamada cada media hora (*le salen ronchas del agobio*). Y si hay que explicar las palabras, con más razón todo eso que decimos sin hablar. Que me perdone Alejandro Sanz, pero «si tú me miras» no es suficiente para entendernos sin hablar.

Yo pienso en imágenes. Me duelen las neuronas cuando tengo que explicarme. Pero lo hago, o por lo menos lo intento. Ni modo que me voy a restregar por el suelo igual que la Shadow. Pobre. Cuando le pase su crisis, la opero.

Vaciarse por dentro

Hoy comí diferente de lo usual y me siento más pesada que uno de mis usuales comentarios. También así siento la cabeza, llena de pensamientos, recuerdos, imágenes. Y el corazón hasta el tope de sentimientos. Viene mi aniversario y la fecha de cumpleaños y muerte de mi papá y fui a la capilla que lleva el nombre de mi mamá y he hecho muchas cosas distintas en las últimas semanas y siento que no he avanzado y…

Hablábamos hace poco de la pérdida del «estar en el momento». El famoso «mindfulness». Yo creo que eso de no disfrutarse la vida mientras pasa no es nada nuevo. Aunque es cierto que ahora tenemos más distractores, por algo la práctica de meditación que se enfoca en el enfoque es milenaria.

Como seres humanos, pareciera que nos encanta acumular. Desde cosas útiles como comida, hasta completamente nocivas como resentimientos.

De vez en cuando cae bien limpiar el disco. No se pueden guardar cosas nuevas en un cajón lleno. Tampoco se puede uno disfrutar a la persona que se tiene al lado si estamos pensando en miles de otras cosas.

El hámster que da vueltas en mi cabeza necesita unas vacaciones de no hacer nada. De nada. Tal vez así logre vaciarme y comenzar de nuevo.

Quedar bien

Los niños tienen una forma especial de bajarlo a uno de la nube. Traigo una bandeja de jocotes, con el sabor en la memoria y el recuerdo de mi mamá en los ojos, sólo para que la niña me haga cara de asco ante la ofrenda. Así me ha pasado con los mangos de pashte, vestidos bordados por mí y la herencia de mis My Little Ponies.

Cuando ofrecemos algo, es casi inevitable esperar un tipo de reacción muy específica. Hacemos una comida queriendo que se la acaben con entusiasmo. Contamos una historia para que nos pongan atención. Regalamos algo con la ilusión de causar placer. Y, como la gente no lee nuestra mente, nos decepcionamos cuando no nos dicen lo que esperábamos.

Entiendo que «dar sin esperar recibir» suena utópico. Pero es una buena fórmula para no llevarse sendas decepciones. Dar debería ser el propósito en sí mismo, sobre todo si lo hicimos con todo nuestro esfuerzo. También debemos rodearnos de gente que aprecie lo que hacemos, no se trata de ser mártires. Pero, teniéndole confianza a nuestros seres queridos y sabiendo que no hacen las cosas para lastimarnos, tal vez podemos dejar de hacer drama cuando no nos elevan en hombros cada vez que les damos algo.

Ya voy aprendiendo a no sentirme ofendida cuando a mis hijos no les encanta lo que les hago. Y también ellos van aprendiendo a que, generalmente, les gusta lo que les ofrezco. Como la niña que, después de hacerme caras, se terminó comiendo todos los jocotes.