Perder la gravedad

Resulta que ahora estoy nadando. Lo comencé para no ahogarme surfeando y resulté siguiéndolo. No sé si es por inercia, si es porque realmente me está sirviendo, o porque me está gustando. Lo último es debatible. Muy debatible.

He escuchado decir que nuestra relación con el agua es como nuestra relación con el subconsciente. Necesitamos un poco para vivir, pero si nos metemos demasiado nos morimos. O tenemos un episodio psicótico.

Pero la sensación de nadar es lo más cercano a volar que tenemos como humanos de a pie. Flotamos y nos desplazamos en un medio en el que perdemos nuestra conexión con nuestro peso. Nos alejamos del suelo. Nos perdemos del mundo.

Cuando nado, dejo de competir. Sólo estoy yo, sólo escucho mi respiración, sólo siento el agua. Eso compensa el agotamiento, el resabio de angustia que da tener que salir a respirar y la pereza de salir a bañarme después.

Hay que saber perder la gravedad de vivir. Soltar lo que no nos deja reírnos de nosotros. Flotar un poco sobre nuestros problemas para agarrar perspectiva. Ponernos atención sólo a nosotros.

Por primera vez, además, tengo un poco de color (de más blanco, a blanco). Y poder salir de mi zona de confort, es un bono agregado. A ver qué tal me va cuando haya demasiado frío.

El arte de desahogarse

Imposible saber qué le pasa a otra persona aunque la mire uno todos los días. A veces quisiera meterme en la cabecita de mis hijos para entenderlos, la comunicación con ellos todavía no está del todo establecida (seguirles el hilo narrativo entre vacíos de lenguaje, constructos gramaticales simpáticos y efectos especiales, es una adivinanza). Pero hay que aprender a abrirse, quedarse quieto y callado y entrever el sentido último de lo que quieren contar.

Escuchar y aprender son importantes. Uno se hace merecedor de la confianza de los demás con ese tipo de actitudes. Se vuelve un magnífico hábito. Y llega el día en el que hay que darle la vuelta a la moneda. Si uno quiere tener relaciones profundas, también tiene que aprender a sacarse lo que uno piensa.

Difícil pasar por la vida lamentándonos que «nadie nos comprende», si jamás nos explicamos. Y no se trata de ir uno revelando su rollo ante cualquiera, porque ni es el caso y a la mayoría poco le importa. El asunto es no dejar en gallo a los que sí afectamos con nuestros silencios. Las palabras mesuradas y bien dichas construyen los puentes que nos unen con los demás. Son una luz que ilumina el lugar en donde estamos parados en una relación. Son una caricia que se da de lejos. Un pedazo de nuestra vulnerabilidad que entregamos para mostrarnos.

Desnudar nuestros pensamientos es tan importante como hacerlo con nuestros cuerpos si queremos intimidad. Sólo es cuestión de tener delicadeza para entregar esos paquetes y no tirarlos como piedras contra un cristal.

Mis hijos están comenzando con lo básico: sin ruidos y, si no es algo bueno, no lo digas. Yo no voy mucho más lejos que eso. Pero por lo menos ya escribo.

No siempre

Acabo de estar en un vestidor en el que había un grupo de niñas adolescentes. Luego que me dejaron de recorrer los escalofríos del recuerdo por la espalda, pensé en todo lo que he aprendido desde entonces y si saberlo a esa edad me hubiera servido de algo.

A escaso mes y medio de cumplir 40, cada vez me importa menos lo que opinen de mi apariencia. He descubierto la maravilla de tener amigas. Puedo escuchar antes que hablar. Identifico cuáles tornillos vale la pena ajustar de mi relación.

Nada de eso me hubiera servido de un carajo a los dieciséis años. O sea, no es lo mismo tener el pelo de loca con dos niños y diez años de casada, que me tienen cariñito y les gusta, a un pelo de más cuando el resto se burla de uno. No sé, hay cosas que supongo se tienen que descubrir a trancazos.

Lo bonito es que eso me da la idea que aún me queda mucho camino por seguir. Si a lo que supongo es la mitad de mi vida, he llegado a este grado de comodidad en mi propia piel, el resto debería ser maravilloso.

Para mientras, me toca ver cómo llegan mis retoños a las mismas conclusiones (sus propias, no las mías).

Historias favoritas

Últimamente me ha costado engancharme con un libro de ficción. No sé si es que las tramas nuevas no me parecen novedosas, si los romances imaginarios ya no son aspiracionales o si, simplemente, he tenido mala suerte para escogerlos. «Silo», una trilogía de ciencia ficción me dio claustrofobia, aunque fue muy interesante. Después leí el libro en el que está basada HoC (del mismo nombre) y me encantó. Pero luego he comenzado y dejado tres más de los cuales ya no recuerdo ni el nombre.

Y, aunque me están aburriendo las nuevas historias que puedo predecir, me dan ganas de regresar a las viejas novelas que ya me sé. Es como una forma de volver a visitar una ciudad querida, de volver a hablar con un viejo amigo, de comer una comida reconfortante.

Como humanos modernos, hacemos cosas como reuniones de colegio que nos transportan en el tiempo y nos regresan a la adolescencia (por eso no voy). Celebramos fechas importantes que nos recuerdan cómo iniciamos cosas trascendentales de nuestras vidas. Conmemoramos la muerte de nuestros seres queridos para volverlos a sentir cerca.

Las tradiciones nos anclan a una herencia emocional que nos debería permitir salir a navegar con seguridad por aguas nuevas. Lo que no es sano es que nos quedemos siempre en el mismo puerto.

Así que leeré de nuevo algún libro que me gusta y luego me obligaré a invertirme en una nueva aventura. A lo mejor encuentro a un nuevo amigo que me llamará a que lo vuelva a visitar años después.

Y eso ¿para qué?

Ah, las ansiadas vacaciones… Los dos mejores días de las mamás son el primero y el último, por lo menos eso decía mi mamá. Esta vez no llegué ni al primero. Ya pasaron castigados desde la primera semana. Y no es (necesariamente) por mi falta de paciencia, es que se ponen especialitos de la falta de rutina.

Tener una vida regimentada tiene amplias ventajas, sobre todo porque libera la mente para pensar en cosas más importantes que «qué me voy a poner hoy», o «a qué horas voy a comer». Si no, pregúntenselo a cuaquier padre con hijos de uniforme. La maravilla de no gastar de más, de no perseguir las modas, el respiro de no tener que escoger la ropa por las mañanas. La rutina tiene una función muy loable y es quitarnos preocupaciones.

Pero (siempre hay uno, me los he tratado de quitar y no hay modo), no podemos vivir de la rutina, porque nos morimos por dentro. El método no puede ser más importante que la meta. Si la creatividad está ahogada por un horario, hay que quitarlo de inmediato y reinventar el esquema. Las vacaciones sirven para eso, precisamente: sacarnos un rato de lo esperado, hacer que nuestro cerebro se ocupe en otras cosas y regrese al camino con otros ojos.

Todo lo cual no es sencillo para los niños que, ni diseñaron su propia rutina, ni pueden disponer con libertad de su tiempo libre. Se les quita la seguridad de estar entretenidos y se les lanza a un mar de horas vacías que se supone que tienen que llenar. Con razón se ponen insoportables. Y, justo cuando ya le están agarrando la onda al asunto, es hora de volver a clases. En 27 largos días.

No me necesiten, por favor

Este fin de semana mi hijo mayor (8 años) ha estado un poco «pegoste». Por alguna razón se me pega y quiere llamar mi atención. Y no de alguna forma agradable: pelea con la hermana, se para en mi pie lastimado, me habla con la boca llena… Y contagia a la otra (5 años) hasta que terminan ambos castigados. Encerrados en su cuarto, los oigo jugar felices de la vida y me río por dentro.

Mis hijos no me necesitan. Saben vestirse solos, encuentran comida en la refri, hacen sus deberes sin ayuda… Soy completamente remplazable en sus vidas. Y eso me hace feliz. Yo no quiero que me necesiten. Quiero que me aprecien y quieran estar conmigo, pero que también puedan estar consigo mismos.

Entiendo que ser independiente da ansiedad. A veces a mí también me gustaría que alguien más tomara todas mis decisiones. Hasta que me recuerdo que probablemente no me guste lo que me escojan y se me pasa. Entiendo que vivir en sociedad es estar en una red de interacción y que necesitamos de todos. No pretendo tener un huerto (se me mueren hasta las malas hierbas), ni una vaca, ni pollitos. Pero busco colaboración, no esclavitud, sobre todo la emocional, de esa que da satisfacción cuando se tiene y no ansiedad cuando no.

Creo que a mi hijo le está dando miedo dejarme ir. Y ni modo. Pero también tendrá que entender que no puede llamar mi atención de forma negativa. O va a pasar todas las vacaciones en su cuarto.

La iluminación sobrevalorada

Estoy trabada de la espalda. Otra vez. Se me atrasó la menstuación un día y troné. Tenía más de un año que no me pasaba eso. Pero ya fui a la acupuntura y me sientl mejor. Lo divertido de la cita fue el interrogatorio previo a la pinchada. Hasta la lengua me vio. Y es que, salvo por algo como una picadura de insecto, yo sí creo en eso que las enfermedades son consecuencia de reacciones del cuerpo ante emociones fuertes.

Y es que de alguna forma tenemos que manifestar lo que tenemos en el cerebro. Al final del día, es desde allí de donde salen todas las instrucciones. Y, nos demos cuenta o no, lo que sentimos como un dolor, nos tiene que dañar. Las tristezas nos oprimen el corazón, los nervios nos retuercen el estómago, el estrés nos estalla la cabeza. Dicen que quedarse con palabras nos da carraspera. Tragarse las lágrimas nos da catarro.

El hecho es que, tampoco entenderlo nos hace inmunes. Porque saber de dónde viene una consecuencia, no quita el acto que la provocó. Si decimos una mentira y eso nos tiene agobiados y eso nos enferma, el conocimiento no nos sana.

Pero es un primer paso. Yo sé que se me atrasó la regla, porque acabo de comprar ropa de bebé para un baby shower y me entristeció que ya no voy a volver a estar embarazada. Saberlo no me quita la trabazón. Igual siento que me estoy partiendo en dos. La iluminación, en este caso, sólo me sirve para ver mejor el problema. Pero no me hace poder volver a tener otro hijo. Sobrevalorado el auto-conocimiento.

Proteger dejando en paz

Cuando mi primer hijo era bebé, lo manteníamos sin calcetines. No se enfermó nunca. Luego, aprendió a gatear a los dos meses y andaba por toda la casa (hasta una cucaracha se comió). Los dos niños se han subido a una bici desde pequeños, los golpes han sido pocos y las enfermedades menos. Pero todo eso lo aguanto. Poner curitas, dar medicinas, medir fiebres. Todo eso es fácil.

Mandarlos al colegio y no saber qué les vaya a pasar emocionalmente, eso me cuesta. Sobre todo si me recuerdo demasiado de mi propia mala experiencia. ¿En dónde le pone uno una pomada a un dolor de corazón? Y lo único que se puede hacer es equiparlos lo mejor posible en casa para que fuera de ella tengan cómo salir adelante.

Una mezcla de amor para que se sepan querer a sí mismos, consecuencias de sus actos para que se midan, disciplina para que se puedan auto-motivar y hasta ignorarlos un poco para que sepan estar solos. Todo eso que aún de adultos nos cuesta. Porque queremos amor y apapachos y pasar impunes por la vida y que nos aguanten todo y nos lo solucionen todo.

Yo no quiero que mis hijos no puedan funcionar allá afuera. La vida es dura y hay que formarles un caparazón. Pero tampoco quiero que estar en la casa se les vuelva insostenible. Y todavía me cuesta ese estira y encoge entre lo que quiero protegerlos y lo que tengo que soltarlos. Y me paso de pesada. Y sé que me estoy paseando en ellos. Ni modo. De algo tienen qué vivir los psicólogos.

Promover

«¿Hoy no tienen clase de yoga? ¿No tienen quién se las dé? Tenga, éste es el user de una amiga que da clases buenísimas.» «¿Ya probaste las donas de XX?» «¡Conseguí el mejor shampoo!» Y así. Fantástica para promocionar a otra gente, jamás me he podido vender (en buen sentido), ni las pocas cosas que he intentado hacer de negocio.

Crecí en una familia de gente «bien venida a menos», lo cual es simplemente otra forma de decir que éramos pobres con ínfulas. Nosotros no éramos comerciantes, ¡uy no! Cosa más ridícula.

Todos en la vida necesitamos vendernos de alguna forma. Si queremos pareja, hay que enseñar los atributos que podemos ofrecer. Si queremos convencer a alguien, nos tiene que comprar la idea que estamos transmitiendo. No digamos conseguir un puesto. Siempre estamos proyectando lo que queremos enseñar, lo sepamos o no. Y eso que ponemos allá afuera determina quién se nos acerca y con cuáles intenciones.

Tal vez yo no sirva para vender cosas que yo hago, pero seguro soy la mejor promotora de las cosas que me gustan de otros. A lo mejor tendría un futuro en relaciones públicas. El problema es cómo consigo clientes.

La bendita condicionalidad

Supongo que todos, sin depender de nuestras convicciones religiosas, hemos escuchado alguna vez el pasaje del amor en el que dice cómo es. Que si es servicial, que si todo lo aguanta. Que si es paciente, no se enoja, todo lo puede. Que si es más fuerte que cualquier otra cosa.

Los griegos distinguían entre el «eros» y el «agape». El primero describe ese sentimiento que existe entre una pareja, que podríamos describir como pasión. El segundo es ese ideal de fraternidad en el que debemos vivir como humanos. «Quiere a tu prójimo como a ti mismo.» «Trata a los demás como te gustara que te trataran.»

Las relaciones interpersonales, esas que son uno-a-uno, necesariamente tienen condiciones y límites. Es parte de establecer una buena convivencia, de mantener el respeto, de conservar la admiración. Pretender que alguien al que maltratan tiene que seguir amando al otro, porque «el amor nunca pasará», no sólo es ingenuo, sino injusto. Pero, lo que no se puede perder jamás es el amor general por la humanidad. Por ese amor uno tiene hijos y los cría para ser personas de bien. Por ese amor uno se mejora a sí mismo. Por ese amor hay avances e inventos y progreso. Si perdemos ese amor, mejor nos retiramos de la sociedad. Apaga y vámonos.

Yo no amo incondicionalmente ni a mis hijos. Los amo precisamente por eso, porque son hijos míos, esa es la condición.