Ansiedad

Todavía estoy recuperándome de un fin de semana en el que reafirmé mi incapacidad para afrontar ciertas interacciones sociales. Entre padres que alientan a sus hijos a saltarse las reglas, hasta señoras fufas devolviendo una rodaja de pan a la canasta común. Simplemente me enferman cosas así de tontas y me dan ganas de esconderme (más) tras mi caparazón.

Las normas básicas de convivencia social son el primer piso sobre el que se construye una sociedad. La amabilidad genera empatía que genera confianza que genera relaciones sólidas que generan negocios que generan riqueza, que genera amabilidad. Puede ser una sobre simplificación de un problema mucho más complejo, pero, si la gente fuera decente en cosas tan pequeñas como no levantarse el lapicero de la oficina, porque está mal, tal vez habría menos desfalcos millonarios.

Yo soy egoísta. Soy humana. Las dos cosas, según mi cosmovisión, van de la mano. Incluso cuando me doy en tiempo, recursos, cariño, empatía, amistad, lo hago porque yo quiero. Eso para mí es egoísmo. También me mueve mi auto preservación a seguir las reglas lógicas de la sociedad en la que vivo, porque quiero seguir viviendo en ella. Así, entiendo cómo a largo plazo me conviene que todos tengan mayores y mejores recursos y estoy dispuesta a aportar para que esto suceda.

Lo que se me escapa por completo de la mente es esa miopía porcina de no poder ver más alla del derecho de una muy corta nariz y la incapacidad de medir las consecuencias de los actos. No puedo. Me supera. Me da ansiedad.

Y me hace dar gracias a Dios que las personas que me rodean forman una tribu de dementes que comparten en gran medida mis limitaciones sociales. Tal vez todavía logro fundar una comuna.

Habilidades desaprendidas

En abril cumplimos 10 años de casados y hasta el año pasado terminé la bota de Navidad que le había ofrecido a mi marido. Por supuesto mis hijos reclamaron y hoy terminé la segunda. Me ha costado agarrar el ritmo de la costura, tanto por ocupar mi tiempo en otras cosas, como porque yo tenía una manera muy particular de bordar. Me sentaba en la cama de mi mamá y mirábamos/escuchábamos la tele. Así vimos incontables temporadas de básquet, beis, series, etc. La costura nos hacía sentir que no estábamos perdiendo nuestro tiempo, la tele nos entretenía. Y nos hacíamos compañía.

Hay muchos siglos de mujeres reunidas alrededor de una luz, haciendo cosas como bordar. Misioneras sacándole hasta el último uso a la ropa y convirtiendo retazos en obras de arte que arropaban a seres queridos. Paneles para puertas que representaban las historias de la familia. Vestidos adornados primorosamente para halagar a una hija querida.

Encontrar un momento de paz para adquirir o practicar las destrezas manuales que antes eran cotidianas, es quitarle tiempo a tantas otras cosas que reclaman ahora nuestra atención. Pero saber bordar es irrelevante para el sentido principal de la actividad: hacerse compañía. Ahora, ni combinamos nuestros talentos en familia para hacer algo en común, ni nos hablamos cuando no hacemos nada.

La habilidad de estar juntos, sin necesidad de hablar, y sentirse acompañados, la hemos perdido. Pero, como muchas cosas, la podemos recuperar a fuerza de costumbre. Tal vez ya no bordo tanto como antes, pero, en los raros momentos de paz, nos sentamos a pintar mandalas con mi marido. Juntos. Haciéndonos la compañía.

¿Y si mejor nos reímos?

Con mi mamá nos reíamos aún entre lágrimas. Cuando peleaban con mi papá, lo cual era muy frecuente, decíamos que estaban «a media luz» cantando. Nos divertíamos entre las tristezas de corazones rotos, penas económicas, fallos académicos y la vida en general.

Hace poco salieron los resultados de un estudio acerca de la llamada «emotividad». Y resulta que no es que las mujeres seamos más sensibles que los hombres, sino que el detonante de las lágrimas está más pegado a la fuente de las emociones fuertes. O sea, ambos hombres y mujeres tenemos la misma intensidad de sentimientos, pero a las mujeres se les disparan más fácil las explosiones acuáticas.

Yo tengo rachas de llanto. A veces me sale más fácil. Otras, ni con un anuncio de un chucho con un bebé. Mi preferencia es no soltarme a berrear. Me siento inútil, no le veo ningún beneficio. Pero tapar una «necesidad» sólo porque uno no quiere verse ridículo, termina convirtiéndose en un océano en el que se puede terminar ahogado.

Sentir sentimientos nos hace humanos. Cómo los manifestamos depende de nuestra preferencia y, mientras no le hagamos daño a nadie, incluyéndonos a nosotros mismos, hay que darles rienda suelta.

A mí me gusta seguir la costumbre de mi mamá. Entrando a la Iglesia el día de mi boda, me puse una sonrisa de oreja a oreja que sirvió de dique para el lago de lágrimas que se me acumuló detras de las pestañas. Yo iba demasiado feliz para encontrarme con lágrimas a mi marido. Además, se me corría el maquillaje.

¿Determinación?

Estábamos hablando con mi marido y le comenté que, en algún momento en un futuro que espero que no sea muy cercano, quisiera quitarme un poco del busto. Mis comadres me han acompañado fielmente desde los doce años, pero, confesando intimidades, siempre me han parecido un poco grandes. Estoy segura que me vería muchísimo más delgada con una copa menos. No les voy a contar la reacción del pobre hombre.

Las mujeres (por lo menos la mayoría), tenemos busto y un aparato reproductor que nos identifica como tales. No quiero meterme en las honduras de las «clasificaciones modernas», porque no es ése el espíritu de esto. Digamos que ciertos rasgos físicos como un porcentaje más alto de grasa, la falta de una manzana de adán, facciones más suaves y voces más dulces, indican que uno es mujer. Lo que no indican es cómo es uno de mujer.

Me ha pasado muchísimas veces que mi carácter fuerte es considerado de forma negativa, sobre todo si me toca dar instrucciones a hombres. Es como si las partes suaves de mi cuerpo debieran hacer que yo no fuera dura. Y lo soy. Cuando quiero ser más tierna, no es porque quiera parecer más femenina, sino porque quiero ser mejor persona con la gente a la que quiero. Entiendo que hay muchas cosas que me llevan a comportarme diferente que un hombre, pero son las mismas que me llevan a ser diferente a cualquier otra persona.

Hablar de «determinación» en el sentido de un destino del cual no nos podemos escapar, sobre todo por el cuerpo que nos acompaña, es quedarnos a la mitad de nuestro potencial. Hay convencionalismos sociales de los cuales no nos podemos escapar si queremos ser parte del mundo en el que nos encontramos, es cierto. Si no está de moda que los hombres usen vestido, pobre aquél valiente que sea el primer valiente en hacerlo. Pero pretender a estas alturas que una niña tiene que tener menos matemáticas en el colegio porque tiene menos habilidades para eso que un niño, me hace querer partirle la cara a alguien.

Cada uno se forja y se forma a la imagen que más le gusta, sea de forma consciente o no. Cuesta trabajo, como una escultura. Pero, si se tiene paciencia y se soporta el dolor, queda una obra de arte. Y, si alguna vez convenzo al hombre, me quitaré lo que me sobra.

Cuando se me olvida

No sé si sea la edad, el calor, el cansancio, o si, simplemente, estoy alimentando más a la neurótica que todos llevamos dentro. Lo cierto es que, últimamente, sólo he tenido ojos para lo negativo: los niños están berrinchudos, salgo gorda en las fotos, mi marido dice que soy enojada… Y así. Digamos que hasta siento amarga la miel.

Nuestro cerebro ha pasado por una evolución progresiva fascinante. Algunos científicos lo describen como un helado al que se le van agregando bolas, hasta hacerlo lo que tenemos hoy. Y, entre ese crecimiento, por allí queda la necedad de fijarnos en lo que está mal. Un simple mecanismo de supervivencia si tiene uno que identificar al león en la sabana, pero una costumbre muy agotadora si tiene uno que vivir feliz en tiempo modernos.

Pararse frente a un espejo y no verse el grano al final de la nariz, es una tarea valiente y que requiere esfuerzo. Es fácil pasar por alto las palabras bonitas de cada día para aferrarse a una sugerencia de cambio. Hay casi un placer morboso en fijarse en todo lo que falta por hacer con los niños, en vez de admirar lo que se ha logrado.

La complacencia es mala. Fatal. No se ha hecho nada plácidamente sentado en un sofá, sin querer nada más de la vida. Pero irse al otro extremo es bailar con una camisa de fuerza en un cuarto con paredes acolchadas. Vivir requiere valentía. Vivir requiere recordar. Simplemente tengo que hacer memoria y recordar que hay muchísimas más cosas positivas a mi alrededor y que no, no soy como me siento. Al fin y al cabo, la miel no puede dejar de estar dulce.

El peso que hala

Mañana voy a hablar con la maestra del grande. Me mandó a llamar y no tengo ni idea por qué. Y eso pesa en mi mente. ¿Será algo grave? ¿Qué hizo el niño? ¿Qué hice yo? ¿Qué dejé de hacer? Y así, mis pensamientos rodean el tema como el viento de un remolino alrededor de su centro.

En el universo, las cosas que tienen más masa son las que tienen más gravedad. Como que se pusieran esferas en una tela y cada una hiciera una depresión acorde al peso. Así, lo más denso es lo que más cosas atrae. Un «hoyo negro» no es más que una acumulación masiva de materia, en un punto tan condensado, que atrae hasta la luz y no la deja salir de allí.

Tal vez es por lo mismo que les asignamos categorías tipo boxeo a lo que ocupa nuestra mente: los pensamientos livianos, ligeros, que nos alegran el día y se van con la brisa de la tarde. Los pesados que nos apachan hasta la columna y nos hacen caminar encorvados. Y pareciera que, mientras peores, más nos halan, hasta que no nos dejan salir de allí.

En realidad, nosotros mismos le damos la calificación a lo que nos preocupa y así también nos corresponde salirnos del hoyo en el que nos metimos. Sí, me saca de mi estabilidad que el niño haya hecho algo que amerite que yo tenga que ir a hablar con la maestra. Pero ni sé qué es lo que me van a decir. Bien puedo dejar esa maleta pesada a un lado hoy y tal vez, mañana cuando la abra, me dé cuenta que está vacía y que no valía la pena tanto esfuerzo. Tal vez.

Vivir envejeciendo

Se me acerca un cumpleaños con número interesante: los cuarenta. Hay algo casi cabalístico con ese número, como si se tratara de un agujero en la fábrica del espacio-tiempo que nos transportara a otro mundo: el de los rucos. Ya no más pelo largo, ya no más t-shirts de Mickey Mouse, ya no más bikinis… De repente, la vida debería ser seria, porque ¡qué pena hacer el ridículo de creerse joven!

Nuestra especie ha pasado de tener una expectativa de vida de no más de cuarenra años en tiempos no muy lejanos pre-antibióticos, a una esperanza de longevidad de 90 y más en circunstancias óptimas. También se ha triplicado (me estoy sacando el factor de la manga, pero por allí ha de estar) la incidencia de enfermedades degenerativas, debilitantes, autoimunes y todas esas vainas que lo hacen a uno no querer llegar a viejo. Vemos halones de piel, inflaciones de silicona y extracciones de grasa para continuar en un estado artificial de «juventud».

No sabemos envejecer, porque el paso de los años es silencioso y no se hace uno lata de un día al otro, aunque a algunos sí les guste devastarse seguido. Al final del día, en el fondo seguimos siendo las mismas personas con un envoltorio que cambia, así como debemos cambiar por dentro para mantenernos fieles a nosotros mismos, por muy contradictorio que esto suene.

Quiero vivir de tal manera que me siga reconociendo en el espejo con el paso de los años, sin importar cuántas arrugas tenga. ¡Bienvenidos los primeros cuarenta!

¿Puedo renunciar?

El horario, la comida, el colegio, las actividades, la tele, las mascotas, la religión, los libros… La ropa, los juguetes, (la falta de) juegos electrónicos. El deporte, la música. Todo. Siento que soy responsable de absolutamente todo lo de mis hijos y que cae sobre mí cómo vayan a resultar de grandes. Y me dan ganas de salir corriendo.

Criar hijos no es como hacer un pastel. Seguir una receta es llevar a cabo una fórmula química que tiene resultados consistentes. No así educar personas. Primero, porque ya vienen con una programación propia y lo que funciona con uno, no funciona con el otro. Segundo, porque intervienen un montón de factores distintos que no están bajo el control de los papás, como el colegio y los amigos.

Difícilmente se puede tener a los niños en una burbuja para que no se «contaminen». Se arriesga uno a que, la primera vez que salen al mundo, se mueran de un catarro.

Los que tenemos el encargo de hacer personas de bien, vemos que implica mucho más de lo que habíamos pensado. Definitivamente no me imaginaba que iba a sufrir tanto con mocos y fiebres de otra gente.

Hoy estoy estresada. Verdaderamente no sé si lo estoy haciendo bien. Me dan ganas de salir corriendo. Pero luego recuerdo que los amo, que tengo la mejor de las intenciones, que tengo alguna medida de inteligencia y que no estoy sola. ¿Tal vez mi marido quiera intercambiar chance conmigo? ¿No?

¿Cuándo?

Mañana tengo clase temprano, voy a nadar, tengo que ir al banco. El fin de semana tenemos mañana deportiva. La semana pasada hice las sillas de los niños. Dentro de cuatro semanas es mi aniversario. El otro año toca preparar Primera Comunión. Ayer no fui amable con mi marido. El sábado tengo una cena…

No sé qué estoy haciendo hoy. Ahora. Pienso más en lo que hice y voy a hacer, que en lo que estoy haciendo.

Cuando uno medita, lo primero que toca hacer es concentrarse en el momento. Los pensamientos que interrumpen se contemplan y se dejan ir. Es como poner al hámster que da vueltas en el cerebro, a hacer una siesta. Cada vez que quiero hacer una siesta, se me llena la mente de preocupaciones. ¡Bienvenida la neurosis!

Como humanos, pareciera que estamos programados a ignorar lo que nos rodea, por pensar en lo que se nos viene. Y no está del todo mal. De alguna manera, la madurez emocional también está ligada a proyectarse hacia el futuro, a poder tener recompensas diferidas. Pero, mientras estamos traumados por nuestro pasado y preocupados por nuestro futuro, no vemos lo que tenemos en el momento.

Ahorita estoy viendo la clase de karate de los niños. Me estoy divirtiendo. Estoy fijándome en el ahora. Y tengo pensado qué voy a escribir.

Aprender a decorar

Después de casi diez años de matrimonio, era justo y necesario que mandara a retapizar los muebles de la sala y el sillón orejero que era de mi papá (una belleza con resortes que me sirvió de cama elástica, sólo no se lo cuenten a mis hijos). Debo confesar que nunca he decorado a mi gusto entero, ni siquiera mi cuarto. Tengo una idea general de qué me gusta y una muy específica de qué no me gusta. Pero nunca lo he visto en la realidad.
Ahora me toca decidir qué pasa con todos los ambientes de una casa que comparto con más personas y eso me tiene paralizada. No sé si me va a gustar lo que me gusta.
Muchas veces, ante la necesidad de ejercer opiniones, los humanos nos quedamos como venados lampareados. No sabemos para dónde agarrar. Tal vez por eso es que sean tan exitosos los regímenes totalitarios de cualquier índole en los que les dicen a sus seguidores hasta cómo vestirse (para muestra un ISIS).
Resulta que nuestro cerebro no distingue entre decisiones trascendentales y triviales y emplea la misma energía escogiendo pareja, que la ropa con la que vamos a salir a la cita. Mi marido insiste que se va a vestir igual el resto de sus días, pues ya está cansado. Si no me creen, basta con pararse frente a la góndola de cereales del supermercado y decidir cuál llevar.
Pero este cansancio es como el sopor que antecede a la muerte. Desde el momento en que dejamos de decidir, dejamos de vivir. Tomar una postura, escoger un color de pared, seguir nuestro propio camino, nos hacen dueños de lo que nos rodea, aunque con ese poder venga también la responsabilidad. Si nadie nos dice qué hacer, sólo nosotros somos responsables de lo que suceda.
Yo prefiero apropiarme de mi destino. Aunque a nadie le guste el color de pared que escoja para la sala, incluyéndome a mí.