A mí, que crecí en la época de los «mixed tapes» y pasé a compartir playlists en Spotify, hay cosas de la modernidad que me atropellan un poco. Lo rápido que perdí la costumbre de hablar por teléfono, por ejemplo. La facilidad con que hablo con extraños, porque es «por las redes» y entonces no es «¿real?» Cómo he caído en compartir información a los cuatro vientos.
Hay una grada de disfuncionalidad que me ha hecho tropezar más de una vez. Porque se necesitan nuevas habilidades sociales. Pero también hay que conservar las anteriores. Como el no decir cosas de más. No intimar fácil con gente sin rostro. No transparentarme.
Siento que he perdido la capacidad de interactuar con la gente cara a cara. Y que el mundo a mi alrededor acepta cosas como invitar a piñatas un domingo por la tarde, pero sólo a un niño y un adulto. Yo lo entiendo. Entiendo que hay menos recursos y que hay más pragmatismo y que hay más inmediatez, pero menos intimidad.
Comprendo, pero no siempre lo acepto. En mí misma, sobre todo. Porque, los medios podrán ser diferentes, pero mi propia conducta debería ser la misma. Hablar con la gente en tuits como si la tuviera enfrente. Tener conversaciones privadas en las que me conserve. Aprender de nuevo a entablar relaciones con personas reales.
Espero que mis hijos tengan otras herramientas sociales que les permitan protegerse y establecer relaciones duraderas. Quiero no sentirme atropellada por mi falta de comprensión. Y espero poder aceptar las cosas inevitables.
