Donde duele

Ninguna persona me ha lastimado tanto como las que quiero de verdad. Nada le gana al golpe asestado de cerquita y con puntería. Desde las críticas de mi madre, la falta de afecto de mi padre o las discusiones con mis hijos. Porque uno es vulnerable con la gente cercana y les abre la puerta a que nos hieran. O así debería ser.

El ser humano tiene miles de años de evolución en sociedad. En la prehistoria, dependíamos del grupo para nuestra supervivencia y para nuestra felicidad. Eso nos hace gregarios, más allá de un gusto superficial. Llega hasta el fondo de nuestra composición neuronal. La comunidad, aún ahora, es vital para nuestra longevidad sana. Lamentablemente, nuestra modernidad no alienta esas relaciones y la sustituimos por lo que mal llamamos la «tribu digital». Creemos que la gente que seguimos y nos sigue en redes es la nueva comunidad, aunque sea en nuestro subconsciente. Cuando no es así. Para nada. La opinión de extraños debería importarnos lo mismo que la de extraños. Es decir: absolutamente nada.

No es agradable recibir críticas. Pero sólo cuentan las de las personas que nos conocen. Lo demás es un simple resoplido lejano que no nos debe mover ni un sólo ápice. Ahora a explicarle a mi cerebro que se desentienda de toda su evolución…

Cansada todo el tiempo

No recuerdo haber escuchado a mi mamá decir que estaba cansada cuando tenía mi edad. Ella tenía otra lista de problemas, no me extrañaría que el cansancio ocupara un lugar muy abajo en la misma. Yo sí me siento cansada, una frazada mullida que se posa detrás de mis ojos y me hace cuestionar la verdadera necesidad de levantarme a comer, existir ya qué.

Creo que hay una etapa en la que nos damos cuenta de todo lo que arrastramos. De jóvenes, simplemente dormimos más y nuestros esfuerzos son más físicos, no emocionales. De adultos tal vez nos movemos menos, pero nuestras mentes jamás nos aflojan el recordatorio de todo lo que hacemos o deberíamos estar haciendo. Hasta ver tele se convierte en una tarea si caemos en el juego de “tener” que ver la serie más “interesante” y no la tontera que nos gusta.

A mí me pesa la constante toma de decisiones (domésticas, pequeñas, grandes, recurrentes, de emergencia, etc.) que me toca todos los días. Pero, así como no puedo quedarme un día entero llorando en mi cama porque se me acumula la ropa sucia, no hay nadie más que haga lo que hago yo. Así que toca. Y también toca levantarse para comer.

Las cosas que nos gustan

Hace poco, un chef extraordinario dijo algo con lo que yo siempre he estado de acuerdo: la mejor comida es la que te gusta. Y así con todo. Hay ámbitos de la vida en los que nadie debería meterse, sobre todo cuando no les afectan y no los pagan.

Los gustos nos deben gustar. Por algo la palabra. Sin pretensiones o querer parecer algo que no somos. Aunque sé que es de altísima cultura, a mí no me gusta la ópera, por ejemplo. Y, aunque lo detesto, si no me obligan a escuchar reggeatton, no ocupa mis pensamientos.

Eso cuesta entenderlo cuando uno cree que tiene la obligación de formar personas. Sobre todo la parte de no tomárselo personal si no comparten con uno las afinidades. Es lo que toca para educar gente independiente. Y, quién sabe, por esos gustos diversos, puede también aprender algo nuevo uno.

Cambiar de opinión

Para cambiar de opinión, primero hay que admitir que uno se equivocó en un principio. Tal vez es por eso que es tan difícil. Pero si uno está dispuesto a entender que no siempre toma las mejores decisiones, que las circunstancias son distintas de como uno creía o simplemente no midió bien las consecuencias, recular es un regalo divino.

No se trata de ser una veleta. Se trata de medir y ponderar bien qué prefiere uno. Y agradecer la oportunidad de modificar. No siempre se puede.

Los cambios son de esperarse. La vida es impredecible. Y podemos ser amables con nosotros mismos. Porque no somos infalibles. Porque podemos tener empatía. Y porque no todo está escrito en piedra.

Cambio de circunstancias

Uno sólo puede esperar con certeza que todo va a cambiar en un momento. Y lo que toca es verse en la nueva situación y adaptarse.

Uno de mis tatuajes favoritos dice “el control no es poder”. Lo aprendí de mala forma y pagué por la enseñanza muy caro. Pero no lo olvido. No sólo porque no se borra, sino porque me ha dado más libertad que cualquier ilusión de manejar mi vida. Yo no controlo casi nada, pero tengo poder sobre cómo reacciono y eso es lo verdaderamente importante.

Cuando las cosas cambian y no nos gustan, toca adaptarse, cambiarlas de nuevo o irse. ¿Verdad que eso es maravilloso?

Un grano de sal

Los detalles definen lo grande. De nada sirven gestos heróicos si no se acompañan de lo amable. O una casa gigantesca sin muebles. O una relación de años sin caricias. La comida es mejor con un poco de sal.

A veces creemos que todo funciona de emergencia en emergencia. Cuando lo que mueve la vida es lo cotidiano. Lo tenemos en tan baja estima que hasta decirle rutina es despectivo. Y es precisamente ese convivir diario lo que define si somos felices o no.

Cualquiera encuentra importancia en los momentos estruendosos. Sólo las personas verdaderamente exitosas saben la trascendencia de los momentos que no pasan a la historia.

El peor día de la vida

He tenido días terribles. Verdaderamente de pesadilla. Y siempre hay un día después. Y otro y uno siguiente. Hasta que ese día terrible es una seña más en un camino que avanza aún cuando uno no lo camine.

Es difícil hacerse una buena idea de una persona sólo con coincidir una vez. Imposible, mejor dicho. Porque no sabemos si ese es un mal día en su vida y si pueden ser mejores. Claro que es válido decidir que uno no quiere estar con alguien que se comporte de cierta manera, pero debe ser más en función de uno mismo, de la decisión de tener a cierta gente lejos.

Estoy segura que hay personas que no me soportan, e igualmente estoy segura que no me conocen. No fuerzo ni lo uno ni lo otro. Todos tenemos defectos y derecho de sacarlos a pasear. Y todos tenemos derecho de aguantarlos o no. Lo lindo es conocerse y mejorar.

Nubes como olas

Estaba viendo pasar unas formaciones grandes de nubes y pensé en las formaciones gigantescas de la novela Solaris. Ese libro existió en mi librera de pronto, porque no recuerdo ni haberlo comprado ni que me lo hayan regalado. Si es una de esas apariciones misteriosas del universo, estoy infinitamente agradecida, es una maravilla de ciencia ficción que nos hace enfrentarnos con nuestra humanidad y el concepto de seres inteligentes.

No sabemos qué es lo que no sabemos. Ni siquiera percibimos toda la realidad que nos rodea, necesitamos instrumentos especiales para reconocer todo el espectro luminoso. Pero los hemos desarrollado sólo porque sabemos que existe la luz. ¿Qué pasa con todas las demás ondas, variables, moléculas, etc., que NO sabemos que existen? ¿Cómo hacer aparatos, investigar, innovar, sobre algo que ni siquiera sabemos que tenemos qué buscar? La realidad es infinita y nosotros no.

Por eso me parece atrevido sentarse en nuestro conocimiento y no querer salir de allí. Es imposible que exploremos todo lo que existe. Y es innecesario. Sólo podemos estar abiertos a aceptar nuestras limitaciones, a conservar la curiosidad y a perderle el miedo a lo desconocido. Porque, al final del día, nuestra esfera es diminuta y la vida hay que expandirla.

La felicidad de limitarse

Percibimos que existimos porque lo contrastamos con lo que está a nuestro alrededor. Sé dónde está mi cuerpo porque lo siento reclinado sobre el sofá. Son dos cosas diferentes que se abrazan y se rechazan. Yo no soy el sillón, pero me entiendo precisamente porque no lo soy. Sin límites, no existo.

Pero eso no es suficiente. El plano material es incompleto si no le agregamos las relaciones con los demás. Y allí también son necesarias las fronteras. Para establecernos como individuos, para darle forma a lo que queremos de una interacción, para tener una base sólida sobre la cuál construir algo duradero.

Ponerle freno a mis hijos es lo que más me ha ayudado a que ellos se sientan seguros de nuestra relación. Conmigo no se valen cierto tipo de bromas. Yo no soy su amiga. De ésos ya tienen suficientes y mamá sólo una. Mejor no borrar las líneas que me dibujan.

El peso de las cosas

Me engordé al menos cinco libras a principios de este año. Yo, que lucho para ser liviana, caminar entre silencios, no ser rotunda, me cuesta demasiado no ponerme enorme.

Hay muchas cosas que delatan su calidad por cuánto pesan: los argumentos, el oro, una espada. Nada de eso es delicado en principio, pero todo se puede forjar para que lo sea. Pesa más el músculo que la grasa y es más necesario para tener una buena vejez. Deberíamos apostarle a ocupar más espacio en nuestras propias vidas, no a borrarnos de ellas.

Tengo preferencia por estar como me es imposible: flaca. No lo soy y con los años ya debería haberlo aprendido. Lo que sí puedo hacer es que mi peso no ahogue a los demás. Y que me haga sentir más centrada.