Donde duele

Ninguna persona me ha lastimado tanto como las que quiero de verdad. Nada le gana al golpe asestado de cerquita y con puntería. Desde las críticas de mi madre, la falta de afecto de mi padre o las discusiones con mis hijos. Porque uno es vulnerable con la gente cercana y les abre la puerta a que nos hieran. O así debería ser.

El ser humano tiene miles de años de evolución en sociedad. En la prehistoria, dependíamos del grupo para nuestra supervivencia y para nuestra felicidad. Eso nos hace gregarios, más allá de un gusto superficial. Llega hasta el fondo de nuestra composición neuronal. La comunidad, aún ahora, es vital para nuestra longevidad sana. Lamentablemente, nuestra modernidad no alienta esas relaciones y la sustituimos por lo que mal llamamos la «tribu digital». Creemos que la gente que seguimos y nos sigue en redes es la nueva comunidad, aunque sea en nuestro subconsciente. Cuando no es así. Para nada. La opinión de extraños debería importarnos lo mismo que la de extraños. Es decir: absolutamente nada.

No es agradable recibir críticas. Pero sólo cuentan las de las personas que nos conocen. Lo demás es un simple resoplido lejano que no nos debe mover ni un sólo ápice. Ahora a explicarle a mi cerebro que se desentienda de toda su evolución…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.