Lo que pido

Todos hemos hecho la lista taxativa, final, perfecta, de lo que le pediríamos al genio de la botella. Son tres los deseos e infinitas las posibilidades, así que tenemos que estar listos por alguna vez se nos presenta la oportunidad. Creemos que nosotros sí podemos jugarle la vuelta al peligro de obtener lo que queremos. Hemos formulado cuidadosamente las palabras para que no se escondan trucos entre sus letras.

El paso del tiempo cambia hasta nuestros anhelos más profundos. Si alguna vez quisimos cosas absurdas como montañas de chocolate, los años nos empujan a ser más pragmáticos y menos fantasiosos. Pero, en el fondo, lo que queremos no son cosas, son estados emocionales. El chocolate no sirve de nada si no nos hace felices. El dinero tampoco si lo vemos con sinceridad.

El recorrido de la vida debería servirnos para identificar con claridad precisa qué nos da la mayor satisfacción. Y conseguirlo. Despojarnos de engaños y espejismos hasta quedarnos en cueros, al mínimo. Allí está lo esencial y así se encuentra la felicidad. Aunque hay mucho de mí que aún cree que una montaña inagotable de dinero, si no me da la dicha, por lo menos me acerca a ella.

Si nada importa, todo importa

Con el advenimiento de la inteligencia artificial, he escuchado muchísimas conversaciones que regresan al punto básico de la filosofía: ¿qué es real? Antes hablábamos de cuevas y sombras. Ahora hablamos de multiversos y simulaciones. Pero el fondo es exactamente el mismo.

Un paso más allá es preguntarse si algo de lo que hacemos tiene relevancia. Independiente de si las cosas son reales o no, en general nuestra vida no es tan importante en el gran cálculo de la humanidad. Cincuenta años después de nuestra muerte, es poco probable que alguien se acuerde de cómo sonaba nuestra voz. No somos importantes hacia afuera.

Pero sí lo somos hacia adentro. La vida puede ser una simulación colectiva o individual. El universo puede o no existir. Y de todas formas estamos obligados a crecer, a esforzarnos, a ser mejores. Porque no importa que no importe.

Lo reconfortante de lo conocido

Hay tantas series nuevas que no hay forma de verlas todas. Pasamos tanto tiempo escogiendo, que ni de chiste alcanzamos a empezar la lista. Ni de recomendadas. Tenemos que apoyarnos en lo que nos digan los algoritmos y las demás personas. Todo con la ansiedad de no saber si algo que dejamos del lado no es mejor que lo que escogimos al fin.

En cambio, lo que ya conocemos, ya lo conocemos. Hay una necesidad latente de pararle un poco a la incertidumbre y consumir cosas que ya sepamos en qué terminan. Como confiar en el sabor de nuestra comida favorita.

Estamos rodeados de sorpresas. No tenerlas no le quita la emoción a la vida. La redimensiona.

Necesidades

Los perros están de tragedia porque los niños ya se fueron al colegio. Los he tenido que consolar, pero entiendo que soy un “peor es nada”, sobre todo para el cachorro. Él me quiere, sí, pero adora a la niña y ni el sol lo calienta cuando ella no está. Es demasiado interesante entender cómo los animales viven sus sentimientos sin mezcla. Puros colores primarios.

Los humanos, en cambio, llegamos al colmo de tener “sentimientos encontrados”, existiendo en dos realidades contradictorias al mismo tiempo. ¿Será parte de la vuelta que le da nuestro cerebro a la vida? ¿O es la pura gana de complicarnos la existencia? Tal vez seríamos más felices siendo más básicos. Pero nos perderíamos de la gama total de colores.

Si somos más sinceros con nuestras necesidades, les podemos quitar estorbos a nuestras emociones y sentirlas más limpias, no menos complejas. No hay que tener vergüenza de pedir lo que uno quiere. Ni de sentir lo que haya en el momento.

Al día

La ropa ya está lavada y doblada. Los niños están resignados a regresar al colegio. Ya tengo planes para esta semana y las siguientes. Julio está aquí, con el cumpleaños que me trae siempre y que yo quisiera evitar. Todo apunta a que la vida está en su curso. Y que, aunque todo se repite, nada es igual.

Recientemente decidí cancelar mi suscripción a una aplicación de meditación porque los valores de su fundador no se alinean con los míos. Hice cuentas de todo lo que he aprendido con esa práctica y estoy profundamente agradecida. Pero no estoy dispuesta a continuar apoyando a una persona con la que tengo desacuerdos tan profundos. Creo que no hubiera podido tener esa perspectiva sin, irónicamente, haber hecho meditación tanto tiempo. Lo mejor que he hecho mío es a aceptar el cambio y a hacer lo mejor que se puede con lo que se tiene.

Aceptar el paso de la vida y los cambios que trae, aún vestidos de rutina, también cabe dentro de ese aprendizaje. A sentir más profundo, pero quitarle importancia a las emociones. A ponerle atención a lo que tengo enfrente y prepararme para el futuro sin tenerle miedo. A recordar el pasado sin el desgarre de lo que ya pasó. Bienvenida la rutina.

Dolores recurrentes

Cuando me tenso, me duele justo adentro del omóplato izquierdo. El cuerpo es necio y no cambia de lugar. No hay razón aparente para la preferencia, no he tenido un accidente ni lesiones ni otra cosa. Pero allí le gusta doler.

Las cosas que nos molestan y no solucionamos, se nos repiten y vuelven a doler. Las situaciones que nos lastiman y a las que no les cerramos la puerta, regresan. Hay que acabar con los procesos para que no revivan cual zombies. Es mejor un momento contundente que estar tratando de eliminarlos de a poco.

Me duele tanto que no puedo respirar profundamente. Voy a tener que hacer terapia. Por dentro y por fuera. Tal vez así no regresa.

Ponerse al día

Tuve un pequeño rompimiento en mi esquema doméstico y no pude lavar ropa el día que me gusta. Lo estoy haciendo hoy, sabiendo que la otra semana también tendré qué hacer un pequeño ajuste. Tres semanas me está tomando regresar el barco a su cause normal. Ni quiero pensar en el peso y lo que se desacostumbró mi cuerpo a su rutina.

Saber qué viene nos da confianza. Saber que no lo sabemos todo impulsa nuestra curiosidad y mantiene el interés. Por eso nos aventuramos, tratando de mantener el orden interno. Por eso, mientras más jóvenes somos, menos nos importan los cambios; tenemos menos costumbres establecidas qué romper. Y por eso, ver de nuevo el mundo a través de los ojos de nuestros hijos nos hace volver a vivir. Ya me imagino cuando vengan los nietos.

Los cambios me sacan de mi base. La recupero y salto a lo siguiente. Mi vida es estructurada hasta que la sacuden. Me toca reconfigurarla. Y así es muy interesante, aún la más estable de las rutinas.

Volver a leer

Acabo de poder leer sin interrupciones durante una semana completa y descubrí que no es que ya no me guste tanto. Es que me cae mal no poder hacerlo de corrido.

Hay actividades que absorben. Como entrar en una narrativa. Salirse de allí para ponerle atención a algo más me cuesta. Y me cae mal. Prefiero no leer. Pero me gusta tanto…

Creo que lo que me queda es poner la lectura en la rutina. Y ver cómo le saco más horas al día.

Días intensos

He tenido la dicha de vivir un par de semanas intensas. En una buena manera, porque ya las he vivido otras veces de otra forma y eso no lo quiero repetir. Hoy regreso a una normalidad más tranquila y eso también es bonito.

Uno no sabe qué no sabe. Es el misterio más grande de nuestras vidas porque hay cosas que no podemos ni imaginar. Así que uno se prepara para lo desconocido, consciente que no lo está del todo. Pero sí puede uno ejercitar el músculo de la adaptabilidad. Esa cualidad que le permite a cualquiera salir avante hasta de las peores circunstancias. Implica poder soltar lo que uno ya conoce y estar dispuesto a hacer cosas nuevas. En budismo se llama tener mente de principiante. Ayuda para todo.

La intensidad de estos días ha sido directamente proporcional a lo diferente que fueron. Y que yo los haya disfrutado dependió totalmente de mi disposición de dejar ir mis expectativas. Pero también es riquísimo regresar a lo conocido. La rutina, a mí, me salva.

Nueva evidencia

Ser padre, si uno no quiere vivir frustrado, es estar abierto a aceptar que uno no tiene la última palabra en lo que respecta a sus hijos. Por mucho que uno los haya parido, bañado, acostado, alimentado. Los cambios son constantes. Es como irle descubriendo cuartos adicionales a una casa que uno construyó. Magia.

La ciencia es la búsqueda de la verdad a sabiendas que siempre hay nueva evidencia que modifica lo previamente conocido. Que si los humanos poblaron América por el Estrecho de Behring, pues hay evidencia nueva que demuestra que no sólo emigramos por allí. Que la carne roja y la grasa animal son dañinas. Ahora resulta que no, tampoco los huevos. Es más, el colesterol no es tan malo. Y así, con nuevos métodos de pruebas, conocemos mejor las cosas. Pero tenemos que estar dispuestos a aceptar que existe mucho más de lo que creemos que sabemos.

Los hijos son un experimento constante. Y claro que uno los conoce, pero no son estatuas, se mudan hasta de pelo cuando menos lo sentimos. Y uno puede lamentarse la pérdida del bebé, o disfrutar maravillado la evolución de un ser humano. Porque uno también cambia y verlo, reconocerlo y darle la bienvenida en los demás, nos permite a nosotros mismos mutar. Al final del día, lo que no se mueve, se muere.