Otra vez olvidé las almohadas

Hay “campamento” de la clase del niño. Alquilamos carpa, prestamos sleepings, empacamos salchichas y nos venimos. Es una experiencia simpática porque no es precisamente en lo salvaje. O sea, hay baños.

Hacemos muchas cosas por las personas que queremos. A veces no nos gustan, como tener que estar una noche entera con muchas personas. Aunque me caen bien, mi pequeña ansiedad social me hace buscar un lugarcito y escribir. Por ejemplo.

Así, salimos a recoger niños de noche a fiestas en vez de dormir. Volamos silla en las clases extra. Cocinamos comida que le gusta a la pareja. Nos cambiamos de casa, ciudad, país.

Cambiamos. Vamos. Dejamos. La convivencia con otros nos transforma.

Tal vez lo más importante que podemos hacer por las personas que queremos, es dejarlas ser. Y quererlas así.

Es difícil. Porque se quiere, pero con expectativas y ésas son el cáncer.

Lo cierto es que ya tenemos armadas la carpa, listos los angelitos y desenrollados los sleepings. Lástima que se me volvieron a olvidar las mentadas almohadas.

Sorprenderme de sorprenderme

Manejar en Guatemala es un ejercicio en psíquica. Uno parece que tiene que adivinar hacia dónde va a cruzar el carro que va en medio de tres carriles. Porque seguro va a cruzar, atravesándose dos carriles y sin poner pidevías. O, la mejor de todas, cuando sí tienen puestas las lucesitas para la izquierda y cruzan a la derecha. O al revés. O no cruzan.

Me sorprende. Aunque no debería hacerlo. También me sorprende la inmensa capacidad humana para dejarse guiar por sus prejuicios sin razonarlos. O para no ver más allá del próximo paso que van a dar. O para hacer tonteras.

La imaginación, ese recurso inagotable del que estamos provistos, sirve para todo. Lo malo también. Y es allí en donde esa capacidad de cometer actos impensables, pero por negativos, aún nos deja de una pieza.

Pero, también tenemos capacidad para lo bueno y para imaginarnos cosas mejores. Para sorprender con un gesto amable, para hacer cosas inesperadamente buenas.

Tal vez la mejor de nuestras cualidades como seres humanos sea que podemos aprender. Nuestro cerebro es plástico y nunca deja de modificarse, siempre y cuando lo ayudemos a hacerlo. No somos perros viejos a los que nos se les pueden enseñar trucos nuevos. Basta con ver la cantidad de abuelitas prendidas de los chats.

Estoy segura que podríamos hasta enseñar a seguir reglas de tránsito a nuestros compatriotas.

Porque me gusta

Muchas veces me tengo que morder la lengua de las fachas en las que salen mis hijos de la casa. Al niño le ha dado por ponerse shorts todos los días que puede, la niña combina ciertos colores no encontrados en la naturaleza y a mí me dan ganas de ponerlos como si salieran de la página de una revista. Y no. No siempre se puede. Tienen que poder expresar su gusto, que aún no tienen definido, de alguna forma.

En los últimos dos días, he contestado «porque me gusta» a dos preguntas y la respuesta suena insolente, pero es totalmente válida. ¿Cuántas veces nos da pena decir que hacemos, compramos, llevamos algo, por el simple placer?

Haciendo una pequeña lista, uso negro casi siempre porque me gusta, me dejo moretear en el karate porque me gusta, escribo porque me gusta. Las respuestas simples son igual de satisfactorias que las elaboradísimas.

Hoy martes me tatué mi sol, con nubes enfrente. Porque lo vi así en una foto y esa quería. Estoy segura que si escarbo en mi psique, sale una disertación doctoral de por qué esa foto. Pero no quiero hacerlo. La foto estaba linda. Mi tatuaje también. Y mi ropa negra también.

Qué rico poder hacer algo sólo por el puro placer.

Mañana, un sol

Tengo muchos tatuajes, pero la mayoría son en la espalda. Al menos el más grande. Entonces no me lo miro. Y como no lo miro, no recuerdo que lo tengo. Hasta que alguien me ve en calzoneta, por ejemplo, y suelta “¡qué tatuada estás!”.

Es difícil tener presente las cosas que no nos vemos. Algo así como percatarse del propio olor. Sin embargo, es parte nuestra. Los patrones de habla, los manerismo, hasta el sonido de nuestras voces.

Vivimos en un mundo propio del que apenas nos percatamos, enseñándoselo al mundo. Tal vez por eso a veces cómo nos perciben es tan diferente a la imagen que tenemos de nosotros.

Pero, el hecho de no vernos, no significa que no estén ciertas cosas allí. Y, aunque no podemos vivir dentro de un espejo de 360 grados, figurativamente hablando, tampoco podemos fingir demencia.

Creo que nadie se mira en toda su dimensión. Quizás es porque esa dimensión no existe. Sólo somos algo que cambia todo el tiempo.

Lo cierto es que siempre se nos olvida algunos pequeños detalles nuestros. Como un tatuaje que no vemos. Y por eso mañana me hago uno en la parte interna del brazo. Porque suficiente tiempo les he metido como para no verlos.

Casi olvido las alarmas

Dos semanas sin sacar niños al bus en esta casa y por poquito el día de regreso a clases tampoco. Había olvidado activar de nuevo las alarmas.

Tuvimos dos semanas de niños en reposo. Paseamos, fuimos al cine, a comer, a nadar. Pelearon, durmieron, se asolearon. Regresan al cole quemados, con el álbum del mundial y estampitas para intercambiar, felices de ver a sus amigos.

Todavía les somos suficiente para entretenerse. Los miro, todos estirados y sin rastros de los bebés que cargaba y aprecio cada segundo. Aunque también sienta rico regresar a la rutina. Digamos que estoy tristeliz.

Criamos niños con todo el amor del que somos capaces, para que crezcan y se vayan. La única expectativa debería ser que sean felices y no hagan daño. Todo lo demás, carreras, trabajos, relaciones, hijos, debería estar fuera de la mesa de lo que esperamos. No digo que no tengamos planes, pero no tengo una idea en qué tengan que convertirse de adultos para yo sentirme bien. Con que sean humanos independientes y decentes me tengo por bien servida.

No falta mucho para feriados sin niños. Para todos los días sin alarmas para el bus.

Pero hoy sí las tuve que activar. Y qué alegre.

No llegamos ni a Amatitlán

Sacar niños de una casa es, la mejor de las veces, complicado, la peor, una batalla campal por desalojar terrenos conquistados a fuerza de «¡No quiero ir!», y «Se me olvidó la (gorra, pelota, pachón, gancho, juguete, reactor nuclear…)». Hoy, Miércoles Santo, saqué a mi tribu relativamente temprano y partimos hacia el Auto Safari Chapín, una institución de viajes familiares que mis hijos no han experimentado.

Y no experimentaron hoy tampoco. Un viaje de dos horas se convirtió en uno de cuatro que avizoraba para uno de ocho. Todo mal. Salvo por la actitud de la gente en el carro. Los cuatro, considerando lo que aún teníamos por delante, decidimos regresarnos a la ciudad. Cero dramas.

Los cambios de planes tienen que estar dentro de los planes. Porque las propuestas que uno le hace al destino están sujetas a tantas cosas fuera de nuestra esfera de influencia, que no queda más que estar preparados para que no salga lo que queríamos. Creo que es más fácil ser flexible cuando uno se concentra más en lo que se quería lograr al final que en los detalles.

Algo así como navegar por diferentes caminos, para llegar al mismo faro. Así es mucho más fácil ser flexible. Lo difícil es tomarse un momento para cuestionar qué era lo que realmente se quería.

Nosotros queríamos divertirnos. Nos fuimos a una piscina. Nos divertimos. A los animales los podremos visitar otro día.

Qué hacer con los pedazos

Uno crece con expectativas de qué va a pasar en su vida, que van desde poder volar cuando se es niño hasta cualquier futuro que se imagina uno de joven. A los veinte años, aún tenemos ilusiones de amores de cuentos de hadas, viajes alrededor del mundo, niños perfectos y carreras exitosísimas. O lo que sea que nos despierte por las noches a soñar.

Resulta que las ilusiones son pedazos de mosaicos que armamos en diferentes formas. Nos gusta pensar que tallamos nuestras vidas en piedra, pero eso sólo significa que, si las cosas no salen como queríamos (spoiler: nunca salen exactamente como queríamos), nos despedazamos ante la realidad de ilusiones rotas.

Los mosaicos, ese arte tan lindo de hacer imágenes con retazos, es otra forma de entendernos. Tenemos pedazos que son inmutables, pero que podemos mover para formar nuevas expectativas y ajustarlas a lo que viene. No es que las ilusiones sean malas, pero ni siquiera podemos saber si nos va a gustar lo mismo en cinco años. Hay cosas que cambian. Nosotros, principalmente.

Lo que se hace con los pedazos es ponerlos en formas nuevas. Que nos gusten en este momento. Conservando las piezas. Al final del día, se trata de hacer algo bello, no de rompernos.

Compré plantas

Me armé de valor y fui al vivero a comprar plantas para mi jardín. Me he estado haciendo la loca, no queriendo enfrentar a ese momento. Es que no sirvo para la jardinería. Todo se me muere. Hasta los cacti.

Dejamos muchas veces las cosas que más nos cuestan para último momento. Las decisiones difíciles las dejamos reposar como si necesitaran marinarse. Los exámenes médicos los postergamos hasta para después de morirnos, si es posible.

No hay nada de misterioso en el asunto. Ya de por sí hacemos cosas que no nos gustan. ¿Por qué hacerlas de voluntario?

Pero el flujo de la vida obliga a dar esos pasos a riesgo que nos ahoguemos en una poza de indecisión. Las cosas enterradas se pudren. Eso está bien para el abono, pero no para una vida.

Si ya sabemos que tenemos que hacer algo, pues mejor hacerlo y que salga, aunque sea mal.

Le estaba dando tantas vueltas al jardín, que si contrataba a alguien, que si pedía ayuda… me iba a quedar con la bouganvilia salvaje y grama para eterna memoria. Estoy segura que alguien más podría diseñar algo mucho mejor que yo. Pero quién sabe cuándo lo hubiera hecho.

Ya compré las plantas y dije dónde las quiero. Que salgan y prosperen.

Los domingos tengo libre

Moría por una tortilla con frijoles hace dos meses. Como si la vida se me fuera en ello. Hoy, que podía, me comí una piña. Porque ya comí la tortilla cinco domingos seguidos y tal vez ya no la necesito.

Pareciera que nos gustan las cosas que no podemos tener. ¿Pareciera? Seguro. Como la razón por la cual no estamos en el paraíso. Qué regalo tan curioso tenemos los humanos que nos lleva a buscar cosas ocultas, aún sabiendo que no es lo que nos conviene. Así cruzamos océanos, conquistamos continentes, nos enamoramos.

Ocupaciones de alto riesgo, que nos sacan del puerto seguro y nos llevan por mares tormentosos. Hasta que buscamos un faro para regresar. Porque es alegre andar pajareando, pero la tierra tiene el nido y hay que aterrizar de vez en cuando.

Ese estira y encoge que jugamos entre lo conocido y lo nuevo, lo que no podemos hacer siempre y la rutina, la marea alta y baja de nuestro comportamiento que, al menos, nos hace más amena la existencia. La libertad sirve para encontrar los límites en los que nos gusta movernos. O los que queremos cruzar. O los que no sabíamos que teníamos. Nunca podemos hacer en absoluto lo que queremos.

Pero de vez en cuando, podemos comernos una tortilla con frijoles. O un pedazo de piña.

No tengo a dónde ir

Tres días sin manejar. Sin horarios. Sin clases. Falta uno en un paraíso de días sin tiempo. Poder escapar a una casa sencilla en la que la única preocupación es que el agua está fría, es salirse de una vida que lo lleva a uno.

No me las puedo llevar de naturalista. Mi cabaña en el bosque ideal tiene agua corriente, plomería, energía eléctrica e internet. Sería incapaz de vivir como el Unabomber. Pero eso que hago todos los días tampoco es ideal.

Pareciera que la modernidad nos da tantas cosas, que nos deja sin lo más esencial.

Por el momento, este en el que igual no tengo nada qué hacer ni a dónde ir, estoy feliz. Mañana que regrese a una casa llena de cosas que me reclamen, también.