Manejar en Guatemala es un ejercicio en psíquica. Uno parece que tiene que adivinar hacia dónde va a cruzar el carro que va en medio de tres carriles. Porque seguro va a cruzar, atravesándose dos carriles y sin poner pidevías. O, la mejor de todas, cuando sí tienen puestas las lucesitas para la izquierda y cruzan a la derecha. O al revés. O no cruzan.
Me sorprende. Aunque no debería hacerlo. También me sorprende la inmensa capacidad humana para dejarse guiar por sus prejuicios sin razonarlos. O para no ver más allá del próximo paso que van a dar. O para hacer tonteras.
La imaginación, ese recurso inagotable del que estamos provistos, sirve para todo. Lo malo también. Y es allí en donde esa capacidad de cometer actos impensables, pero por negativos, aún nos deja de una pieza.
Pero, también tenemos capacidad para lo bueno y para imaginarnos cosas mejores. Para sorprender con un gesto amable, para hacer cosas inesperadamente buenas.
Tal vez la mejor de nuestras cualidades como seres humanos sea que podemos aprender. Nuestro cerebro es plástico y nunca deja de modificarse, siempre y cuando lo ayudemos a hacerlo. No somos perros viejos a los que nos se les pueden enseñar trucos nuevos. Basta con ver la cantidad de abuelitas prendidas de los chats.
Estoy segura que podríamos hasta enseñar a seguir reglas de tránsito a nuestros compatriotas.
