Me salta el corazón cuando una de las ventanas que abro me pide la contraseña. No la recuerdo. Aunque la acabe de poner hace cinco segundos. Es una de esas cosas que me entra en una neurona y me sale por la otra. Confieso que no me sé el cumpleaños de mi cuñada y mi suegra, apenas me aprendí el de mi papá (el de mi mamá era muy fácil, 24 de diciembre). Tengo que revisar mi argolla para verificar el año. Hacer cuentas para saber cuándo nacieron mis hijos. Simplemente hay datos que no se graban. Entre ese limbo, las caras y los nombres.
Recuerdo con exquisito detalle lo que estaba comiendo la noche que murió mi papá. Lo que tenía puesto la primera Navidad que pasé en mi apartamento. Cómo se sentía el pelaje de mi gata cuando murió. Se me queda impreso lo que le gusta a mis amigos comer. Cómo olía mi mamá. Las partes importantes de los libros que me gustan.
Todos tenemos lugares en donde guardamos la información relevante, la que queremos atesorar. Neurológicamente, apenas están entendiendo cómo funciona la memoria y durante muchos siglos existen técnicas para guardar los hechos que queremos conservar. Pero el cerebro es plástico y nuestros recuerdos cambian con cada revisión, así que todo eso que creemos que pasó como lo tenemos guardado, es posible que no haya sucedido así.
Hay cosas que necesito no olvidar. Por eso me pongo alarmas para avisarme de cumpleaños de gente querida. Lo demás, los pequeños detalles que no son determinantes en mi vida, pueden escapárseme. Ocuparían espacio que tiene reservada la sensación de la mano de mi bebé de tres meses sobre mi mejilla izquierda una noche de darle de comer. El sonido de mi niña prematura pidiendo de comer con exigencias en vez de llanto. Qué más da que tenga que buscar las demás cosas en una libreta.
