A las cuatro se regresa a casa

No importa el uso horario en el que me encuentre (y ahora que escribo, no sé si es con h o no eso del uso, pero no lo voy a buscar), las cuatro de la tarde es hora de irme de donde esté. A mi casa. Al lugar donde no hay gente que no sea mía, que no huela a mi comida, en donde no pueda encontrar mis libros. Allí está el vino que quiero tomar, la soledad que me rodea en cualquier esquina y los gatos que me persiguen.

A las cuatro de la tarde, agarro el reloj y lo señalo como si fuera un mandato. Ya es hora. Me ha pasado en museos al otro lado del mundo, cuando las cuatro de la tarde son las ocho de la mañana en el lugar en donde está mi casa. Quiero irme de donde sea que esté. Hay un imperativo de huída hacia lo familiar, no lejos de lo que conozco. Tal vez mi barrilete no tiene una cuerda tan larga y quiero siempre volver a las manos que me aseguran.

Quisiera que mis hijos no tuvieran una alarma interior que les diga que ya tienen que irse, no importa cómo se sientan. Quisiera que ellos decidieran quedarse volando, no ser barriletes, ser aves sin cuerdas, dueños del viento. Yo tengo los pies muy enraizados y me gustan mis espacios. A ellos les quiero dar el mundo entero. Y que no quieran regresar necesariamente a las cuatro de la tarde, pero sí alguna vez.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.