Se me olvidó publicar

Porque supongo que más de cuatro años haciendo lo mismo todos los días no ha sido suficiente para instaurar la costumbre, que más que eso debería ser necesidad. Me senté a escribir la entrada ayer, tranquila con un vasito de ron con soda de mandarina y me quedó bien, al menos me salió algo y ahora que me senté a escribir para mañana, me di cuenta que no la publiqué. Siempre lo hago a las 5:30a.m., porque a esa hora tengo casi siempre un momento de respiro y puedo apachar «enviar», en mis redes. Quién sabe. Ya lo publiqué.

Escribir se me ha convertido en un momento de terapia. La pantalla me rebota las ideas de regreso y las puedo ver en todo su ridículo esplendor. Es como uno de esos espejos que aumenta hasta la última de las arrugas, pero que sirve para quitarse los pelitos de las cejas sin quedar con un agujero. La precisión de ponerme en palabras y poder leerme me ha ayudado a darle un cause a las cosas que me pasan, a los sentimientos que me envuelven y a las ideas que a veces no son tan malas. Es un testigo de mi vida interior, por mucho que no cuente intimidades, porque son innecesarias.

Publicar es una decisión de compromiso. Conmigo. De mantener alguna coherencia en mi vida aún cuando está fuera del camino que me gustaba. Las palabras, el lenguaje, tiene como primordial causa el comunicar y para eso se necesitan dos personas. Cuando escribo quiero que me lean, aunque sólo sea yo misma al regresar unos días más tarde.

Hoy no lo hice a la hora acostumbrada, aunque sí lo hice de todas formas. Espero no olvidarlo mañana.

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