Perder ego y ganar conexión

Creo que uno no debe hacer cosas que vayan en contra de las preferencias personales por satisfacer a otra persona. Pero también hay que adaptarse en una relación a ceder. Así se camina en el filo del ego y la conexión, cosa que aún no aprendo a hacer del todo pues soy hija única y nunca aprendí a compartirme.

El ego sirve para preservarnos, para forjar nuestro carácter, para levantarnos cuando estamos solos. Pero también para construir barreras y apartarnos de las personas que podrían ayudarnos si tan solo nos dejáramos. Muchas de las molestias que sentimos cuando estamos con los demás tienen más que ver con nosotros que con ellos.

Tengo un poco herido el ego y me siento incómoda en el lugar en donde estoy. Supongo que debo valorar más las conexiones que estoy logrando, pero ahorita mismo no puedo sentir mucha satisfacción. Espero llegar a ese lugar más sano pronto.

Explicar pasados en diferido

El niño no sabe qué es una casetera ni un walkman. Explicar cómo esperábamos a grabar nuestras canciones de la radio suena a operaciones complicadas sin mucho sentido. Ir a una tienda de discos cuando tenías dinero, aguantarse a los locutores que interrumpían las canciones, enseñar qué es un cassette. Cosas que no tenemos en común con los niños y que marcan una forma de ver el mundo.

Luego leemos costumbres del pasado más lejano y no nos parecen tan distintos, tal vez porque nos concentramos en la parte humana y no en las costumbres incidentales. El ser humano no cambia en sus necesidades básicas, los sentimientos son universales y tenemos las mismas emociones que una persona en la prehistoria. Es más, también tenemos las mismas motivaciones, aunque tengan diferente forma.

Logramos encontrar historia compartida si nos vamos a lo básico. Con cualquiera. Y eso es tan valioso para reconocer la humanidad en el otro como indiferente es la mayor parte de externalidades, aunque éstas sean más evidentes.

No me gustó

Hice algo en contra de mi mayor defecto y el resultado es que tengo la vanidad herida. Pero fue por algo bueno.

Todos sabemos en dónde guardamos un orgullo no justificado por cosas que no son nuestro mérito. La nariz recta, la piel suave, el pelo colocho. Como decía mi papá, nada de eso es gracia de uno. Es sólo circunstancial. Pero nos encanta presumirlo.

Las cosas que verdaderamente son para darnos orgullo, el vencer adversidades, ser gentiles, tener empatía, esas no las alardeamos. Hay un entendimiento especial tal vez. Esas cualidades sí tienen mérito y como nos cuestan, su existencia es suficiente.

Hasta que chocan contra las superficiales y está uno todo conflictuado.

Hay un martes

Existe el marte en que nado y no tengo prisa por salir de la piscina. En que le pegué a las mascotas hasta que sonaron a trueno. En que me comí todo el chocolate que tenía en la mesita de noche. Hay un martes en que mis hijos no almuerzan en casa y yo tengo tiempo de escribir.

Hay otro martes en que trabajo sin parar, que paso en el carro todo el día, que no puedo ni salir a traer a los niños al bus.

Y hay otro martes en que una señora me invita a tomar un café en su casa y me cuenta de su vida, la cual ha sido infinitamente más difícil que la mía. Una señora que huele a humo y telas y máquinas de coser y que bajo todo eso, aunque no se le parece en nada, me recuerda a mi mamá.

Hasta que llega un martes, como hoy, que siento que hice todo eso, porque lo estoy recordando.

Lo terminé

Tengo un proyecto desde hace cuatro meses que no me había sentado a terminar. En primer lugar porque era cuestión de ponerle formato a un documento y eso toma tiempo sin diversión. En segundo lugar porque me era emocionalmente cansado.

Cuando no quiero enfrentar algo, lo dejo. Mucho tiempo. Y me queda el cargo de conciencia por todo lo que no hago. Y eso me hace querer hacerlo menos. El círculo vicioso de procrastinar.

Pero ya lo hice.

Sé qué hacer

Y por qué. Conozco el resultado que busco. Pero no tengo ni idea de cómo llegar hasta el final. Debo comportarme en una manera en la que no soy, porque lo que deseo es mucho más importante que mí misma y mis preferencias egoístas. Porque soy egoísta como buena hija única que no se comparte a sí misma aunque sea capaz de quitarse la comida de la boca por las personas que quiere.

Hay un momento para uno y muchos para otras personas. Tenemos que encontrar el balance: sólo hacia adentro, no tenemos relaciones, vamos hacia afuera siempre y nos fatigamos.

Por mucho que ame a los míos, debo saber retirarme y llenarme de nuevo. Para poder ofrecerles algo bueno. Ahora sólo debo encontrar cómo dar el siguiente paso, que implica abrir la caja de lo que siento y compartirlo, por mucho que sienta que no les va a gustar.

Las manos de mis hijos

El viernes caminaba con la niña, agarradas de la mano y de pronto me di cuenta que ya no se pierde su manita entre la mía. La pude apretar, sentir que me pesaba. Me dolió en esa forma dulce en que duelen los hijos cuando crecen. Esa niña era más pequeña que el antebrazo de su padre cuando nació y pesaba menos que mi gata. Al niño ni hablar. Ya me quedan sus zapatos y ni siquiera hemos entrado a la adolescencia.

La forma más evidente de medir el tiempo es en el crecimiento de los hijos. Uno a esta edad no se mira los cambios (a veces porque ya no mira bien) y puede creer que enero es igual a diciembre. Además, uno tiene la impresión que los hijos siguen siendo bebés. Los momentos de darnos cuenta golpean duro. Nos hacen detenernos un momento, aún en medio de la calle, para abrazar al cuerpecito que tenemos al lado y que todavía es pequeño.

Ya no tengo bebés, ya tampoco quiero. Me gusta verlos crecer. Pero no deja de cortarme el filo de la pérdida.

El gato tonto y su herida

Ya llevamos cinco semanas desde que el gato se abrió la panza en el alambre de la pared y le queda aún un poco de la herida sin terminar de curar. Porque es gato y ni con el cono de la vergüenza he logrado que se deje de lamer. Hasta ahora, que le compré una camisa especial que le cubre todo. Lo malo es que lo cubre muy bien y tuve que cortarla un poco para dejar que saque… una parte importante.

Nos herimos y, en vez de dejar que eso cierre, lo hurgamos y hurgamos hasta que lo hacemos peor. O dejamos que casi se cure, pero mantenemos un pedacito abierto, nos gusta sentir el dolorcito. Parte de aferrarnos a algo que ya pasó, tal vez. Creemos que si lo soltamos todo y nos curamos, todo el dolor fue en vano. Pero las heridas sanan. Las cicatrices dan carácter. Y los sentimientos se desvanecen. Eso no le resta importancia a lo que sucedió, pero nos deja seguir y no atarnos a una cosa desagradable sólo para sentirnos justificados.

Una semana más le doy al gato tonto para que se le termine de curar la herida. Y luego, lo pego.

No sonó mi alarma

De alguna forma no sonó la alarma que me despierta a las 4 de la mañana todos los días. O casi todos. Sí escuché unas lechuzas cerca de mi jardín que me sacaron del sueño a las 3 de la mañana. No fue una tragedia, ese escuchar el «juuu-juuu» de los pájaros en la noche, despertarme con el sonido en los oídos y no saber si soñaba o no. Es un ruido que no espero escuchar en la ventana de mi cuarto, en la televisión, sí, en el zoológico, sí, pero no aquí.

Quedamos a la merced de nuestra información diaria, porque la metemos en cajitas de expectativas y la clasificamos. Cuando se salen de nuestro archivo, como pasa porque la vida no es rígida, nos quedamos completamente desorientados. No sabemos si estamos evaluando correctamente lo que nos sucede y a veces eso nos lleva a tomar pésimas decisiones. El orden ayuda a agilizar nuestra vivencia, a no tener que ponerle atención a detalles que no son importantes, pero también nos estanca en un único punto de vista que podría tener que moverse, y varias veces.

Escuché a las lechuzas, me di cuenta que eran reales, pensé que pobres animales tenían que estar muy lejos de su hábitat natural para estar en mi jardín y me volví a dormir. Sólo para despertar más tarde de lo normal y tener que adaptarme a tener menos tiempo. He aprendido que, aunque puedo estar acostumbrada a muchas cosas, nada es fijo y mejor aprendo a fluir.

Los días libres

Domingo llega y yo quiero una cerveza. Quien me lee y no me conoce puede pensar que es porque el sábado salí de parranda y el domingo estoy de goma. Pero no. Es mi cerveza de la semana, la que me doy permiso. Y allí está el núcleo del asunto: me doy permiso. Una vez a la semana me tomo una cerveza, porque me gusta, pero no tomo seguido y porque me recuerda a que eso hacía mi papá.

Tal vez tenemos cosas qué hacer todos los días que no son los libres y caminamos en carreteras estrechas y transitadas que no podemos sortear más que en la dirección que hemos tomado todos los otros días. Allí vamos. Porque la rutina hasta cierto punto lo libera a uno para tomar decisiones más importantes. Pero también nos hace caer en un ir y venir conocido y restringido, cómodo. Salirnos de allí también requiere de un esfuerzo, una pausa en el río que nos lleva hacia el mar al que nos enfilamos.

Tengo días libres los domingos y como shecas, tomo cerveza y a veces me sirvo un helado. También dejo de tener horarios, me levanto tarde y abrazo un poco más fuerte. Mañana lunes vuelvo al cauce de mi rutina.