El gato tonto y su herida

Ya llevamos cinco semanas desde que el gato se abrió la panza en el alambre de la pared y le queda aún un poco de la herida sin terminar de curar. Porque es gato y ni con el cono de la vergüenza he logrado que se deje de lamer. Hasta ahora, que le compré una camisa especial que le cubre todo. Lo malo es que lo cubre muy bien y tuve que cortarla un poco para dejar que saque… una parte importante.

Nos herimos y, en vez de dejar que eso cierre, lo hurgamos y hurgamos hasta que lo hacemos peor. O dejamos que casi se cure, pero mantenemos un pedacito abierto, nos gusta sentir el dolorcito. Parte de aferrarnos a algo que ya pasó, tal vez. Creemos que si lo soltamos todo y nos curamos, todo el dolor fue en vano. Pero las heridas sanan. Las cicatrices dan carácter. Y los sentimientos se desvanecen. Eso no le resta importancia a lo que sucedió, pero nos deja seguir y no atarnos a una cosa desagradable sólo para sentirnos justificados.

Una semana más le doy al gato tonto para que se le termine de curar la herida. Y luego, lo pego.

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