No sonó mi alarma

De alguna forma no sonó la alarma que me despierta a las 4 de la mañana todos los días. O casi todos. Sí escuché unas lechuzas cerca de mi jardín que me sacaron del sueño a las 3 de la mañana. No fue una tragedia, ese escuchar el «juuu-juuu» de los pájaros en la noche, despertarme con el sonido en los oídos y no saber si soñaba o no. Es un ruido que no espero escuchar en la ventana de mi cuarto, en la televisión, sí, en el zoológico, sí, pero no aquí.

Quedamos a la merced de nuestra información diaria, porque la metemos en cajitas de expectativas y la clasificamos. Cuando se salen de nuestro archivo, como pasa porque la vida no es rígida, nos quedamos completamente desorientados. No sabemos si estamos evaluando correctamente lo que nos sucede y a veces eso nos lleva a tomar pésimas decisiones. El orden ayuda a agilizar nuestra vivencia, a no tener que ponerle atención a detalles que no son importantes, pero también nos estanca en un único punto de vista que podría tener que moverse, y varias veces.

Escuché a las lechuzas, me di cuenta que eran reales, pensé que pobres animales tenían que estar muy lejos de su hábitat natural para estar en mi jardín y me volví a dormir. Sólo para despertar más tarde de lo normal y tener que adaptarme a tener menos tiempo. He aprendido que, aunque puedo estar acostumbrada a muchas cosas, nada es fijo y mejor aprendo a fluir.

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