La mayor de las habilidades lingüísticas es poder nombrar a las cosas correctamente. Sobre todo las emociones, que son por su misma naturaleza, amorfas y cambiantes. Nuestro estado es cambiante, el enojo, la felicidad, la tristeza, dura menos de lo que tardamos en decirlo y sólo las experimentamos de forma continuada cuando las regresamos a la mente de forma voluntaria.
Así que, «estar enojado» sólo describe el deseo constante de recordar la molestia y alimentarla. Me pasa, frecuentemente, hasta en sueños. Vuelvo a vivir lo que me provocó desagrado y me enojo de nuevo. No es posible mantenerse en el mismo estado emocional, significaría un estancamiento y eso sólo lo logramos cuando nos morimos.
Ahora… enojarse es algo que me sale bien. Lamentablemente mi rango de emociones es un poco plano y conoce del enojo, la ira, la furia… y proceso todo lo negativo por allí. Rara vez encuentro la necesidad de decir que estoy triste. Pero, no me es sano vivir allí. Es un país demasiado conflictivo. Así que estoy aprendiendo el arte de nombrar mis emociones, sentirlas y dejarlas ir.
Nada de esto significa que uno no pueda dejar de estar con las personas que le causan las emociones negativas. Pero sí que uno tiene permiso de dejar de sentirlas para tomar decisiones. Revivir lo desagradable sólo debe servir para no repetirlo, no para volverlo a sentir. Así que, aprenderé a soltar, aunque me tenga que programar los sueños.
