“Tan bonita que eras de chiquita”, me dicen amigas de mi mamá que tienen mucho tiempo de no verme. Miro mis fotos y sí, tienen razón. Era bonita. No hay escudo contra el tiempo. Me han pasado ya casi cuarenta y cinco años encima, la enfermedad y muerte de mis padres, el embarazo y nacimiento de dos niños, la enfermedad incurable de la niña y la inminente adolescencia del niño. Nada de eso pasa sin dejar huella.
¿Por qué pretendemos ser “jóvenes” para siempre? La falta de años no es precisamente un estado sin faltas. Puede ser sólo un estado de ignorancia, piel lisa, eso sí. Pero, por mucho que me caiga mal verme arrugas y me caiga aún peor verme canas en las cejas (las cejas, joder), admito que mi cuerpo hace cosas maravillosas ahora. Levantarse del suelo sin dolor, nadar sin cansarme, abrazar a los míos sin miedo. Tal vez sea la falta de novedad, el cúmulo de marcas y roturas, internas también, que me dan mucha más libertad para arriesgarme. ¿Qué importa una raya más? Creo que me gusta más la idea de llegar con toda la piel bien usada y no dejar un pedazo sin estrenar. Ya me dolió todo, eso ya no me asusta.
Definitivamente no soy tan linda como hacen unos años y eso sólo irá en declive. Pero me gusto más ahora y eso compensa.
