La vida no es gentil. Ni justa, ni buena ni mala. Sólo es. Tendemos a creer que nos merecemos las cosas buenas y que somos víctimas de las malas. Cuando en realidad, mucho de lo que nos sucede tiene el peso moral de una tormenta. Claro que puede ser destructivo, pero no es personal.
Es más difícil tener esa ecuanimidad con las relaciones. Lo que hace el otro, que me impacta, se siente profundamente personal. ¿Cómo no? Nos están hablando a nosotros, están haciendo cosas que mueven nuestro mundo. Obvio que lo hicieron pensando en cómo jodernos. La verdad es más cercana a la de la tormenta, aunque claro que a veces la gente sí hace cosas por irritarnos. Pero… Pareciera que tenemos la capacidad de dejar lo externo afuera y moldear nuestra reacción.
Yo no tengo mucha facilidad para tomarme las cosas con tranquilidad. Soy sensible a lo que creo son las intenciones y, casi siempre, tengo que recordarme que no soy adivina. Tengo cero capacidad para leer pensamientos. Tal vez sí me ha ayudado que la vida última ha sido un tsunami tras otro y he tenido qué adaptarme a lo que hay, sin tiempo de lamentarme por la justicia o falta de ella. Ahora sólo necesito hacer lo mismo con la gente.
