El último día

Marcamos nuestras vidas con fechas un poco forzadas, para hacer notar el paso del tiempo. Conmemoraciones de días buenos y malos que celebramos o no, depende del asunto que los inicie. Yo soy pésima para recordar cosas como el día en que mis hijos dijeron por primera vez algo o cuándo caminaron. Las fechas exactas se me escapan. No el sentimiento. Me emociono igual al recordarlos.

La realidad es que ni el tiempo mismo es lineal y nuestra memoria sólo es un guión que editamos y volvemos a editar cada vez que lo leemos. Nada fue exactamente como lo recordamos. Pero tampoco importa. Lo que sí hay que tener en cuenta es que todo lo que hacemos es la última vez que lo hacemos. Por el simple hecho que nosotros jamás somos iguales.

Mañana martes cumplo años y, aunque cambia el numerito que digo cuando preguntan mi edad, el cambio es constante y tiene poco qué ver con la fecha. Y, si hoy es el último día de 45, igual mañana será el último primer día de 46. No hay fatalidad en aceptar el cambio, sino una claridad suave. Ante lo inevitable, lo mejor es volver a editar la historia hasta que quede como nos guste.

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