Tal vez no pueda decir con sinceridad que me fascina lavar ropa, pero tampoco me disgusta. Clasifico, limpio, lavo, seco, doblo y hasta plancho, en un ritmo predecible de rutina y eso me da paz. Es clasificar, después de todo y cómo no va a gustarme hacer eso.
Las tareas domésticas que son aparentemente tan idiotizantes por su monotonía, si uno de verdad les pone atención, ayudan a estar cerca de lo que pasa en una familia. Cocinar permite complacer, limpiar y ordenar ayudan a ver si todo funciona y lavar la ropa me alerta de las pequeñas cosas que suceden a los niños y cómo van creciendo y cambiando sus gustos. Es como tener un mapa de sus días.
Lo que hacemos se imprime en lo que usamos. Y a mí me conviene enterarme sin interrogar. Es bonito. Y la lavandería huele rico.
