Aprender a poner límites

Acabo de escuchar que el ser siempre conciliador no es necesariamente señal de ser buena persona. Es más de ser débil. Y eso me ha trastornado mucho mi forma de revisar mis relaciones.

Ser fuete, peligroso inclusive, y optar por no ser violento, tiene todo el mérito. Saber que uno puede lastimar a alguien y escoger no hacerlo. Es mejor tener esa capacidad. El contrario es no poder defenderse ni de un mosquito y revestirse de buena persona simplemente porque uno es incapaz.

Me gusta cómo he aprendido a poner límites. Y sigo aprendiendo. Pero me gusta aún más que les doy la opción de hacerlo a mis hijos, incluyendo conmigo. Porque lo más difícil es construir las barreras del respeto con la gente cercana. Eso, allí, es en donde se mide la fuerza, no la violencia. Y yo quiero ser fuerte.

El valor de las cosas

Tiendo a ser muy sentimental con mis cosas. Les adscribo un significado especial y las conservo por mucho tiempo. Es algo que hacemos los humanos de manera inconsciente.

El desarrollo del lenguaje tiende a lo mismo. Le adjuntamos valor a las palabras, aunque objetivamente no lo tengan. Y cada persona le da un sabor ligeramente distinto, dependiendo de qué ha vivido alrededor de esos conceptos.

Tal vez lo más importante es entender que cualquier valor que le pongo a lo que me rodea, viene de mí, no necesariamente del objeto. O la persona. O la relación. Porque soy yo la que le aporto mi vida a lo que me importa. Es bueno saber que lo importante está adentro.

Conocer

Tengo una amiga que dice, no sin razón, que la confianza apesta. Y es que confunde tener confianza con la falta de respeto, tanto propio como del otro. La convivencia constante no debe borrar los límites de la educación. Por eso detesto esa familiaridad excesiva que permite groserías. Simplemente no es lo mismo.

Para una verdadera intimidad se necesita conocimiento y apertura. Si no se es vulnerable, poco se puede sembrar sentimentalmente, porque no hay profundidad. Pero una cosa es la apertura y otra muy distinta es una falsa desnudez en la que la gente se despoja de la amabilidad. El ser sincero sin groserías es la medida justa de una amistad que perdure.

Me gusta conocer a la gente que tengo cerca. Eso no implica ni que me tengan que decir absolutamente todo, ni que tengan que perder la educación cuando me tratan.

Vivir con más gente

Nada pone tanto a prueba una relación como compartir baño. En el caso concreto de dos mujeres, la cocina. O que una use las cosas de la otra. Me está siendo patente con la niña adolescente con la que comparto espacio y que de repente se lleva mis cosas. Para una hija única como yo, es complicado.

La vida en sociedad requiere muchas adaptaciones. Para que sea exitosa todas las partes deben sentirse en ventaja, con negociaciones donde todos ganen. Lo demás no sirve.

Así que, a veces, me toca ir a buscar mis esmaltes a otro cuarto. Y me encanta que haya otro cuarto, con otra persona con la que comparto espacio. Porque es un privilegio tener familia, vivir con ellos y verlos crecer. Así todos ganamos.

Decisiones

Las opciones más difíciles son entre dos cosas similares. Por eso cuesta tanto escoger yogur en el súper. Aunque buscamos nuestra máxima conveniencia, tomar decisiones siempre supone excluir todo un universo de posibilidades a favor de una única vía. Y eso nos causa conflicto.

Sólo tenemos certeza de la bondad de lo escogido hasta mucho tiempo después. Y hasta eso es con un poco de engaño, porque no podemos saber qué hubiera sido en el otro camino. Simplemente no hay manera de regresar en el tiempo, tomar la otra decisión, y compararlas años más tarde.

Así que, antes cosas que se parecen, no me detengo a pensarlo demasiado y no me arrepiento. No tengo tiempo.

Todo se resuelve

Mi mentira favorita sigue siendo “todo va a estar bien”. Porque es una de esas mentiras que, con suficiente tiempo, se convierte en realidad. La mayor parte de cosas tienden a estar bien o a desaparecer o a morir. Y, al final de cuentas, eso lo arregla todo.

No soy particularmente nihilista, al contrario, me gusta la vida y creo que tenemos trascendencia. Pero sí soy pragmática y tiendo a estar satisfecha con lo que tengo en el momento. Al final del día, lo que hay es lo que hay.

Así que, cuando algo me duele, me molesta, me agobia, me miento y espero. Al final, llega a ser verdad.

Las verdades sentidas

Cuando alguien lo quiere a uno, se siente. Cuando no, se siente más. Las palabras son medios maravillosos para apuntalar las acciones, pero sin las segundas, no sirven de nada.

Tal vez por eso tenemos un radar de mentiras incorporado y por eso nos molesta tanto que nos quieran decir que las cosas son de una forma, cuando las estamos viviendo de otra. Hay que fijarse en el contexto de lo que dice la gente, sobre todo cuando contradice sus acciones.

A mí me encanta que me digan que me quieren. Soy feliz con palabras de cariño. Pero prefiero que me lo demuestren.

Estar enferma

Tener fiebre y dormir todo el día pareciera una propuesta de juego macabro. Por una parte, lo de dormir sí se antoja. Por la otra, lo de la fiebre mejor no. Pero fue lo que me tocó hoy y le saco la parte buena.

Estar enfermos nos demuestra lo vulnerables que somos y cómo el cuerpo es susceptible de desmoronarse en un ratito. También se puede aprovechar para sobreponerse a las molestias y seguir adelante con la vida, en la medida de lo posible.

Yo combiné las dos, porque el ejercicio y el trabajo y el súper no perdonan. La vida sigue, con o sin uno y a mí me cae mal tener que hacer carreras para ponerme al día. Dormir estuvo rico, conste.