Tener fiebre y dormir todo el día pareciera una propuesta de juego macabro. Por una parte, lo de dormir sí se antoja. Por la otra, lo de la fiebre mejor no. Pero fue lo que me tocó hoy y le saco la parte buena.
Estar enfermos nos demuestra lo vulnerables que somos y cómo el cuerpo es susceptible de desmoronarse en un ratito. También se puede aprovechar para sobreponerse a las molestias y seguir adelante con la vida, en la medida de lo posible.
Yo combiné las dos, porque el ejercicio y el trabajo y el súper no perdonan. La vida sigue, con o sin uno y a mí me cae mal tener que hacer carreras para ponerme al día. Dormir estuvo rico, conste.
