Tomarse vacaciones

En algún momento estuve en una mala relación, culpa de ambos, obvio. Lo divertido era que, si estábamos de viaje, la cosa no iba tan mal. Claro que cuando regresábamos a la normalidad, todo se iba rápido y en bajada al carajo.

Las vacaciones sirven para despejar la mente del trajín del día a día, no para escapar de la realidad. Porque la realidad es jodida y lo recibe a uno de vuelta, aún más en pelota de lo que la dejamos. Todas las relaciones se benefician de un período concentrado de atención, que sirve para afianzar lo que ya está. Pero algo tiene que haber antes. No es precisamente al lado de una piscina que se arreglan problemas de pareja de esos gruesos.

El convivir de cerca acentúa todo lo que uno tiene. Es muy difícil esconder el carácter con la persona con la que se comparte el baño. Por eso es que si existe algo que arreglar, se hace en el diario vivir.

A mí, ahora, me sigue encantando viajar. Dejar de escuchar los «mama, mama, mama» de vocecitas persistentes, ordenar casa, arreglar comidas… Pero siempre quiero regresar. Y eso vale más que cualquier vacación.

¿Seré así?

Hablando con una amiga hace poco, le comenté que tal vez no me estaba «dejando llevar por el momento.» A lo que ella me contestó con todo el cariño del mundo: «claro, como eres perfeccionista.» Al rato le pregunté a mi marido si él creía que yo era así. Ni les cuento la cara de «¿en serio me lo estás preguntando?» que me hizo.

Realmente no lo había considerado. No es necesariamente la perfección lo que busco, porque sé que eso no existe. Es que me gusta prepararme y esperar que las cosas sucedan de la manera que me las imaginé y me cae mal que no salgan así y entonces no puedo delegar porque no las dejan como quiero y… Está bien. «Buenas tardes, mi nombre es Luisa Fernanda y soy una perfeccionista en recuperación.»

Meh. Lo divertido es que yo nunca hubiera dicho que soy así. ¿Qué tantas cosas más haré que no me doy cuenta? No es malo ser algo, o no. El problema es no saberlo. Porque a mí no me molesta serlo, sólo me perturbó no haberme percatado.

Cuando tenemos gente a nuestro alrededor a los que les caemos bien como somos y nos tienen genuino aprecio, es fácil abrirse para dejarnos ser observados. Por eso es tan importante tener una pareja que respetemos, amigos que nos quieran.

El «dejarme llevar» va en contra de mi naturaleza, pero lo estoy aprendiendo. Lo perfeccionista ya me sale por los poros. Mis amigas aprovechan que sea así para comer lo que les hago.

Claridad

Una de las personas más brillantes que conozco suele decir que «el riesgo del insulto es el precio de la claridad». Lo aplico seguido no preguntando acerca de cosas que no quiero saber. Para qué arriesgarme a sentirme ofendida. 

Sin embargo, la falta de transparencia en cualquier relación es uno de los factores que más erosionan el trato diario. Las mentiras, por muy pequeñas que sean, son como tumores que van creciendo hasta matar. Si comienzo a decirte que me gusta cómo se te mira el pantalón de payaso que no le favorecería ni a Bozo, lo siguiente es decirte que no me cae mal que seas grosero, no contarte en dónde y con quién estuve porque qué pereza y, al final, ya no queda nada real.

No hay que confundir claridad con grosería. No hay necesidad de ofender para compartir un sentimiento con sinceridad. Tampoco hay que decir todo lo todo que se nos atraviesa por la mente.

El justo medio casi siempre es una buena guía, aunque sea difícil de mantener. Y también por eso mismo es que rara vez pregunto si me miro bien. No necesito tanta claridad.

Perder el control

Estoy pintando de colores bonitos unos escritorios baratieris de melanina blanca. El azul con celeste para el niño y el lila con morado para la niña. No me están quedando perfectos, pero me están gustando. Viene la niña y me quiere ayudar. Y yo le digo, de primer impulso, que no.

Vivir con más gente se supone que hace más eficiente cualquier proceso. En un mundo ideal, cada uno se dedicaría a lo que mejor le sale y así todos se benefician. Por ejemplo: hablando mi marido y yo igual de bien el alemán, la que le habla en inglés a los niños soy yo, porque lo hago mejor que él (lo hace muy correcto, pero con un acento a lo Schwarzeneger que recuerda los mejores momentos del Governator). Pero eso es en un mundo ideal.

En la realidad, cada quien hace lo que se le da la gana y delegar sale a veces como tiro por la culata. Peor si se tiene una idea fija de cómo quiere uno que salgan las cosas. Vivir así es cansado. Tanto para el que se echa toda la responsabilidad de todo a tuto, como para el que no lo dejan ayudar.

Dejarse ir, confiar en la gente que lo rodea a uno, delegar. Todo eso me aterra. Pero entiendo que si quiero que los peques hagan sus cosas solos, irónicamente me tengo que dejar que me ayuden.

Las partes que pintó la niña efectivamente quedaron sheretas. Pero fue feliz y tiene el orgullo de haber hecho parte de su escritorio. Y, he de confesar, terminé más rápido.

Aprendí

A tratarme como trato a mis amigas.

A tomarme el mundo menos en serio.

A comer mejor y moverme más.

A vestirme para gustarme.

A escuchar con más atención.

Pero, lo más importante, es que aprendí a aceptar que merezco que me ame.

Retroceder

Hoy me fue como en feria en el entreno de karate. No entendí las instrucciones, subo el trasero en las posiciones de las katas, me dieron un zuki en la boca por tarada y me sentí más tiesa que un palo. Llevo casi dos años entrenando por lo menos tres veces a la semana, más lo que practico en casa y aún no me sale lo que me dice la cabeza que tengo que hacer.

He escuchado varias veces que «la ignorancia es atrevida» y tiene toda la razón. No saber a veces nos alienta a hacer cosas de las que no tenemos ni la más panda idea. Hasta nos podemos creer que las hacemos bien (para muestra un montón de audiciones de American Idol que seguro rompían los tímpanos de todos).

La realidad es que, si sólo hiciéramos lo que nos sale bien, no haríamos nada. Todo proceso de aprendizaje conlleva un cierto espacio de retroceso, porque no siempre hacemos todo igual. Si han tratado de cortar una tela, sabrán que uno puede poner el patrón bien de un lado y halarlo del otro y terminar más torcido que un banano.

Igual es con cualquier cosa que hacemos: corregimos una posición y arruinamos el resto. Así me recuerdo que ya me sé «sentar» en mi nekodashi, que por lo menos ya me aprendí las katas que me tocan y que llevo casi dos años. Me falta el resto de la vida para seguir haciéndolo mal, pero cada vez menos peor.

Felices para siempre-ish

Ya casi llevo lo mismo de casada que lo que nos tardó casarnos con Mario. Pasaron casi 12 años entre la primera vez que yo me acuerdo de haberlo visto y ese feliz 29 de abril del 2006. Y, menos mal, no todo ha sido como en los cuentos de hadas, en donde todo termina con un «se casaron y fueron felices para siempre». Meh.

Se habla de matrimonios para toda la vida con algún sarcasmo y se dice que funcionaban así cuando la gente vivía 40 años, lo más. Tal vez los cambios que todos tenemos no se sentían tanto en lo que le quedaba a la gente de juventud. Lo dudo. Siempre han habido rompimientos de relaciones, infidelidades, problemas y malos matrimonios, por mucho que duraran 15 segundos.

Esperar vivir siempre feliz, es querer no vivir. El dolor, la pena, los problemas, las luchas, las lágrimas, todo eso, son las notas contrastantes de un sabor complejo y rico. La comida que sólo tiene una nota es sosa, insípida.

Yo no quiero una vida plana. Me gustan los picos y los barrancos. Las montañas rusas son emocionantes, porque tienen bajadas y subidas. Hemos pasado muertes, enfermedades, penurias, peleas, cambios. Y por cada túnel oscuro que hemos atravesado, hemos logrado salir al otro lado a un mejor lugar. Así hacemos nuestro «para siempre», una década a la vez.

El espacio en medio

Yo no sabía que me gustaba estar ocupada. Hasta que comenté que creía que había estado sobreentrenando y la reacción de toda la gente a mi alrededor fue «¡Tna!» Ahora mismo tengo tres proyectos de remodelación de muebles, lámparas y paredes, tres columnas, karate, ejercicio, ser mamá de grado, pintarme las uñas, una casa, dos niños, tres gatos y un marido que colaboran para mantenerme entretenida. Normal. Para haber crecido con mi mamá diciéndome que yo era una rehuevona, me parece que he logrado superar traumas de la infancia.

El tiempo le abunda a la gente que lo llena. Mientras más actividades tenemos qué organizar, pareciera que más cosas logramos hacer. Sino por qué del dicho de «si quieres lograr algo, encárgaselo a alguien ocupado.» El problema es que la pelota rueda hacia abajo y luego cuesta pararla. A veces no hacer nada, también es hacer algo, sólo que hay que aprender a meterlo como un «pendiente» en la agenda.

Si no aprendo a hacerlo, estoy como ahorita que tengo al enano con la costilla fisurada (nada grave) en casa, me quiere al lado suyo viendo tele y yo siento que tengo hormigas en el pantalón de todas las cosas que quiero/tengo qué hacer. El tiempo también se llena con las cosas importantes que tienen que estar encima de las cosas pequeñas que nos distraen.

Las obras de arte tienen espacios en blanco, la música tiene momentos de silencio, los edificios tienen ventanas. También la vida tiene que tener un momento que quede libre. Ya la próxima les enseñaré cómo me quedaron los sillones.

Aceptar otras normalidades

Mis hijos cenan a las seis de la tarde, se duermen antes de las siete y media de la noche, no comen chucherías seguido, se bañan por la mañana y sólo miran media hora de tele al día. Esa es nuestra normalidad. También nos parece normal con mi marido tener momentos juntos de noche, solos. Tomarnos fotos. Buscar un cambio de rutina, aunque sea irnos a enmotelar. O sea, tenemos casi diez años de casados, qué de malo tiene irnos a meter a un lugar de ésos, al fin y al cabo, mis hijos no nacieron por ósmosis.

Como uno vive en su normalidad, se le olvida a veces que hay otras. Es más, que hay tantas como personas, porque ni los que viven en una misma casa tienen la misma vida. Es una habilidad que se aprende el poder sentarse a escuchar con tranquilidad lo que hacen otras personas y aceptar que, si no lo afecta a uno, es muy rollo de ellas. En general, cuando alguien se siente escuchado, se destapa. Y nos permite conocer su mundo. Es instructivo aprender cómo vive su realidad al quien tenemos al lado.

Que lo que hacemos sea normal, no quiere decir que sea lo mejor. Pero si nunca nos enteramos que hay formas diferentes de hacer las cosas, tampoco podemos cambiarlas. Quién sabe, a lo mejor mis hijos pueden dormirse un poco más tarde y no padecer de por vida.

Fluir

También ser fluido ayuda a permanecer

Amoldarse a la forma que tenemos disponible

Mantener el contenido intacto en otro recipiente

Escurrirse, rebalsarse, evaporarse

Y al final regresar al lugar donde nos gusta cómo somos