Aceptar otras normalidades

Mis hijos cenan a las seis de la tarde, se duermen antes de las siete y media de la noche, no comen chucherías seguido, se bañan por la mañana y sólo miran media hora de tele al día. Esa es nuestra normalidad. También nos parece normal con mi marido tener momentos juntos de noche, solos. Tomarnos fotos. Buscar un cambio de rutina, aunque sea irnos a enmotelar. O sea, tenemos casi diez años de casados, qué de malo tiene irnos a meter a un lugar de ésos, al fin y al cabo, mis hijos no nacieron por ósmosis.

Como uno vive en su normalidad, se le olvida a veces que hay otras. Es más, que hay tantas como personas, porque ni los que viven en una misma casa tienen la misma vida. Es una habilidad que se aprende el poder sentarse a escuchar con tranquilidad lo que hacen otras personas y aceptar que, si no lo afecta a uno, es muy rollo de ellas. En general, cuando alguien se siente escuchado, se destapa. Y nos permite conocer su mundo. Es instructivo aprender cómo vive su realidad al quien tenemos al lado.

Que lo que hacemos sea normal, no quiere decir que sea lo mejor. Pero si nunca nos enteramos que hay formas diferentes de hacer las cosas, tampoco podemos cambiarlas. Quién sabe, a lo mejor mis hijos pueden dormirse un poco más tarde y no padecer de por vida.

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