Las palabras como semillas

Es rara la vez que me quedo con ganas de decir algo. Para bien o para mal, si tengo algo qué compartir, lo hago. No es que diga todo lo que me pasa por la mente, es que, si creo que vale la pena, lo saco y ya.

Las palabras que nos quedamos adentro crecen. Son ideas que toman vida propia y ocupan nuestros espacios vacíos. El amor que no se demuestra, la tristeza que no se purga, el enojo que no se escupe, todo, nos acapara y tiende a destruirnos por dentro. Nuestro ser se fisura por la presión y todo sale por algún hoyo. Si no es por la boca, es por otro lado. Así nos enfermamos, nos duele la cabeza, se nos traba la espalda, nos quedamos afónicos.

Los humanos somos mejores cuando nos compartimos. Las palabras son los puentes que nos unen. No siempre decimos cosas bonitas, pero el ácido y el fuego, de manera controlada, también construyen.

Una semilla germina y rompe. Hecha raíces y brota. Igual lo que nos quedamos.

 

Usar máscara

Estoy dándome gusto arreglando los muebles viejos que tenía mal usados. Lo primero que me compré para lijar y pintar y barnizar fueron guantes, lentes y máscara. No quiero dejar los pulmones de premio por remozar una librera. Es incómodo usar algo encima de la nariz y boca. Mientras uno se acostumbra, se siente como si se estuviera ahogando, pero luego recuerda que es para no morir más rápido, le hace ganas y ya ni se entera que está.

Hay situaciones y personas (sobre todo personas), que dan el mismo nivel de toxicidad. Esa pobre gente que despide gases emocionales tan nocivos, como los de cualquier deshecho químico. Lo cual no es un problema generalmente, pues la solución es tan sencilla como largarse en la dirección contraria lo más rápido posible. La cosa se complica cuando se trata de gente a la que uno quiere, con la que se trata de llevar una relación. Peor aún si esa persona es encantadora con uno y perra con la demás gente. ¿Qué hacer?

No siempre podemos alejarnos por completo. Si se trata de un jefe, un profesor o un pariente al que vamos a tener que ver con cierta frecuencia, querramos o no, hay que idear mecanismos de defensa. Como una máscara. Cualquier cosa con la que nos podamos proteger del contacto dañino, pero que nos permita disfrutar con ciertas precauciones de la compañía.

Al fin y al cabo, uno determina hasta dónde se quiere exponer.

La bendita rutina

Al día siguiente del que estoy sentada escribiendo esto, es lunes. Y a mí los lunes (y los jueves, pero eso es otro post), me encantan. Saber que me voy a levantar a cierta hora y que sé más o menos qué va a pasar el resto de mi día, me da paz. Me encanta planificar mi vida en pequeños hitos y que lo «mágico» se desarrolle en los espacios en medio.

La rutina ha adquirido una muy mala reputación y muchos agarran de excusa para sus veleidades, el no querer caer en ella. Cuando es precisamente una rutina tomada como perseverancia, la que nos lleva a la excelencia. No hay músico famoso que no se sangre los dedos practicando las escalas más repetitivas. Desconozco de algún atleta de alto rendimiento que no le meta a sus músculos esa «memoria» que le permite ganar. Ningún idioma fue aprendido sin repetición.

Así también la costumbre de tratarse bien, de saludarse con un beso, de pedir las cosas con una sonrisa, de decir un «te amo» todos los días y de tomarse un tiempo especial como parte de algo constante, sienta las bases sobre las que se construyen las relaciones más formidables.

La rutina nos sirve de puente entre los momentos de despegue loco. Nos mantiene sobre el rumbo que queremos seguir. Hasta nos invita a dejarla de vez en cuando para apreciarla mejor. Este fin de semana (y la semana entera) fue diferente. ¡Qué alegre que mañana vuelvo a mi normalidad!

Competir por gusto

Me gusta probar hacer cosas nuevas. Rara vez tengo el pelo del mismo largo o color (aunque ahora en mi etapa hippie, ya no me lo estoy pintando). Ahora, por ejemplo, estoy con la onda de remodelar los muebles de la casa. Es una mezcla de codencia, seguridad de poder hacerlo y una buena medida de entusiasmo. También me gusta compartir los resultados de la sudada, mis pobres amigas tienen sus teléfonos inundados de fotos mías enseñándoles mi nueva ocupación. Se requiere tener una personalidad muy especial para estar tan cerca mío. Ya me ha pasado que la gente que no me conoce, cree que le estoy presumiendo de mis cosas. Y no. La competencia es conmigo misma, la demás gente está en su propia carrera.

Generalmente, hacemos cosas, compramos cosas, nos ponemos cosas, para hacerles ver a otras personas que nosotros sí lo tenemos y ellos no. Lo cuál se convierte en un ejercicio de nunca acabar. Midiéndonos contra los demás, siempre vamos a perder, porque siempre está la posibilidad que el otro consiga algo mejor. ¿Tú tienes esa marca de bolsa? Pues yo tengo dos. ¿Vives en una casa de tantos metros? Pues yo tengo el doble. Y así, la montaña de cuestiones inútiles por las que nos amargamos que no son nuestras, nos llena la casa de estupideces que no necesitamos.

Yo no enseño las cosas que hago para hacer sentir mal a la gente que tengo a mi alrededor. Lo hago por compartir una victoria. Porque yo compito, todo el tiempo, pero contra mí misma. Así, cuando me gano, de todos modos gano.

Estabilidad para volar

Es difícil despegar los pies del suelo, si primero no están plantados firmemente.

O correr como el viento, sin pisar con decisión, empujando con fuerza.

Ningún invento nuevo surgió de la nada.

No hay velero que surque el mar y rompa el agua, si la proa no balancea a la popa.

Y no hay aventura que sirva si no hay un hogar a dónde regresar.

 

Replantearse la vida

Lamentablemente, soy una persona de «no» fácil. Y hago cosas imbéciles como comprarles helado a los niños y luego decirles que no se lo pueden comer (porque no terminaron el almuerzo, porque se van a enfermar, por cualquier excusa). Luego me tomo un raro minuto para hacer introspección y me quedo completamente confundida de esa actitud.

Es más fácil decir «no». El riesgo es menos aparente. Mantenemos una supuesta estabilidad. Diciendo «no», sentimos que no perdemos, que no nos abrimos, que nos protegemos. No probamos peinados nuevos, porque siempre hemos tenido el mismo y no nos damos cuenta que nuestra cara ya no es la de antes. No vamos a un nuevo restaurante, porque en el otro ya sabemos que nos hacen la comida que nos gusta. No aprendemos cosas nuevas, porque ya tenemos cierta habilidad en lo que hemos hecho desde hace rato.

Y terminamos como mi mamá, que murió negándose a aprender a encender (¡encender!) una computadora. Ni el planeta en el que vivimos se deja de mover. Las células de nuestra piel cambian. ¿Por qué nos negamos a experimentar?

Si bien es cierto que un «no» bien puesto libera (no, no quiero un beso; no, no quiero tomar; no, no voy a aceptar que me trates así), tampoco se puede poner eso de escudo ante el mundo.

Estoy aprendiendo a decir que sí. Mis hijos han comido helado toda la semana.

Qué tesoro guardamos

De pequeña tenía un perro de peluche al que amaba con pasión. El «Co». Terminó como les sucede a todos los consentidos de los niños: inmundo. MI mamá trató de lavarlo y le hice el escándalo más grande del mundo. Puede ser que fuera el olor a shuquito lo que precisamente me haya gustado.

A veces guardamos con un fervor casi religioso ciertas cosas de nuestra vida y no nos damos cuenta del estado real en el que se encuentran. Como aquel atleta de colegio que todavía cuelga sus medallas en la pared más prominente de su casa y no se da cuenta en el espejo de la timba que lo acompaña. O la mujer que guarda el vestido de bodas, pero que lleva como trapo de cocina el matrimonio.

Nuestra vida requiere mantenimiento. Pero sobre todo requiere que la vivamos. No podemos quedarnos enganchados en glorias pasadas que ya ni siquiera influyen en lo que somos ahora. Ese recuerdo del adolescente con acné al que no le aceptaban ni un chicle las niñas bonitas, hay que tirarlo a la basura, no guardarlo como el anillo de Tolkien. A menos que nos queramos convertir en Gollum. También las cosas buenas, mejor si las usamos y las seguimos haciendo nuestras, como las habilidades que teníamos de pequeños. De nada nos sirven las lindas memorias si no nos hacen mejor hoy y ahora.

El «Co» sigue vivo y coleando. Duerme con mi hija. Y continúa gloriosamente apestoso.

Lo eterno que cambia

Tengo un recuerdo tan vívido de la primera (y única) vez que me han asaltado. Puedo ver el parche del ojo del tipo (en serio, tenía un parche en un ojo), el lugar justo en el Trébol por donde iba, cómo quedó sucia mi blusa blanca por la mugre que llevaba el tipo en las manos, la sangre que me sacó cuando me dio manotazos para arrancarme los anteojos. Lo recuerdo todo perfectamente bien.

Uno piensa que las memorias de cosas pasadas se guardan en el cerebro como fotografías y que permanecen inmutables, guardadas detrás de un vidrio protector. Resulta que, si bien se compara nuestro cerebro a una computadora, no necesariamente reunimos archivos y los metemos en neuronas para no cambiarlos jamás. Todo allá adentro es plástico, crece, se mueve de lugar, se alimenta de lo que hacemos. Cada vez que «sacamos» un recuerdo de su caja, lo cambiamos, porque le agregamos las nuevas experiencias que ya poseemos. Es como volver a leer un libro años después. Digamos que tenemos un vocabulario más amplio para entender lo que nos estaba diciendo.

Psicológicamente hablando, esta maleabilidad permite regresar a momentos críticos de nuestras vidas y transformarlos en mejores experiencias. Podemos quitarnos la humillación de la vez que no nos escogieron para un equipo, el dolor del primer corazón roto, la rabia de una injusticia. Si logramos iluminar los rincones oscuros de nuestra vida anterior, podemos meterle una luz de esperanza que alimenta lo que hacemos de aquí en adelante.

El ladrón no pudo quitarme los anteojos, ni la pulsera, ni la cruz. Tan sólo se llevó una cadena. Yo recuerdo que me defendí, que le pegué en la nariz, que no me dejé. Y sacar ese recuerdo me hace sentir poderosa, capaz. Por lo menos esa es la historia que me cuento a mí misma y quién me dice que no es la real.

Entre dos temperaturas

Ir detrás de un carro choyudo es uno de mis venenos principales. De esa gente que va más despacio cuando miran el semáforo en rojo. Y es que, o uno va, o uno no va, pero eso de medio ir es desesperante. Si ustedes no han escuchado lo de «a los tibios los vomitaré», pues es una de mis citas favoritas de la Biblia.

La vida tiene infinitos matices. Rara vez hay cosas enteramente buenas o completamente malas. Si buscamos, encontramos excepciones para todas las reglas. Pero por algo las excepciones confirman lo que se hace generalmente.

Nadar por un océano tibio, a mí, me parece como estar sumergido en pipí. Desagradable. El café tiene que quemar, el fresco tiene que estar helado. Las decisiones tienen que ser firmes. Los valores tienen que ser inamovibles. Las leyes se aplican siempre.

El mundo tiene día y noche. Luz y oscuridad. Los cambios de clima drásticos templan el carácter.

Es cierto que hay pocos accidentes fatales conduciendo a 15kms por hora. Pero tampoco se llega a ningún lado. Así no es vida.

Te conocería

otra vez y varias veces y todas las que sean

cuando cambies de ideas, cuando busques otras pasiones, cuando mudes de habilidades

te conocería de nuevo, para aprenderte, para apreciarte

lo haría mil veces, porque lo hago todos los días

y me doy cuenta que cada vez que cambias, de todos modos allí estás, porque te conozco