Complejidades simultáneas

Comenzando con una de mis patéticas historias de cuando era adolescente, a mí no me sacaban a bailar en las fiestas de quince. Era frustrante. Allí estaba yo, toda arreglada, viendo cómo todo el mundo bailaba menos yo. Sinceramente me han dado miles de explicaciones, unas más satisfactorias para mi ego que otras, pero ninguna cambia la realidad del recuerdo. No me sacaban a bailar. Y bien pudo haber sido enteramente mía la culpa.

Yo me sé complicada. La cabeza me da muchas vueltas sobre una misma idea, hasta que, o la desmenuzo o la mareo. Mis entusiasmos son intensos y cortos. La duración de mis emociones no es la más estable. Y, entre todo, prefiero estar guardada de mi corazoncito a sacarlo a pasear.

Y todo eso no sirve de excusa para nada. Todos tenemos pequeñas (o grandes) aristas de nuestras personalidades que hacen que raspemos un poco con el trato. Nuestra responsabilidad como personas que queremos tener relaciones duraderas es limar esas aristas lo más posible, encauzarlas hacia algo positivo, aprender a ser empáticos. Salirnos de nuestras propias mentecitas y abrirnos a las necesidades de los demás, nos hace automáticamente más agradables. También, nuestros defectos nos mantienen centrados: si los podemos reconocer, aceptamos que los demás también los tienen y aprendemos a querer a la gente a nuestro alrededor como es.

Encontrarle lo bueno a cualquiera sólo requiere de un poco de atención e interés. Todos tenemos por lo menos una historia interesante qué contar, un sentimiento genuino qué compartir, una aventura qué planear. Esos momentos «simpáticos» que nos marcan, como el estar sentada en una silla hasta la media noche, nos hacen como somos y nos enseñan a salirnos de nosotros mismos. En mi caso, me enseñó a sacar a bailar a mis amigos. Poco convencional, pero por lo menos no me quedaba frustrada.

Habemus estudio

Año y medio después, aún no tenemos la licencia de construcción de la casa. He aprendido a vivir con esa parte de mi vida en suspenso, como si existiera en una dimensión alterna en la que no pasa el tiempo. Eso me tiene extremadamente feliz, por supuesto. Los pobres niños siguen durmiendo juntos, tengo la biblioteca de manualidades entera en mi cuarto y no hay un espacio de la casa en el que no haya una cosa fuera de lugar.

Entre eso, el estudio mítico de la casa, servía de bodega de fácil acceso para cualquier fauna de cosas, desde bicis, hasta herramientas. Y, para mientras, mi marido haciéndome cara de niño abandonado pidiéndome un espacio propio. Y yo haciéndome la bestia.

Estoy en negación. Total. No quiero mover un dedo más en la casa porque no veo que avance. Hay situaciones que nos sacan por completo de nuestro eje. El mundo deja de girar en la dirección que llevábamos. Da vértigo. Dan ganas de bajarse. De no hacer nada. Y resulta que es imposible. Porque la vida continúa y ni modo que uno se va a ausentar de ella sólo porque las cosas no están saliendo como uno quisiera.

Aprender a sacarle lo mejor a cualquier situación en la que uno esté, es de las lecciones más duras que he tenido que aprender. Pero porque me he resistido. Y no tiene ninguna razón de ser.

Sacamos las repisas, las cajas, carruajes, bicis, pinturas… (Están regadas por toda la casa, ni me pregunten.) Pero el estudio está disponible y el hombre lo ha estado pintando feliz. Es un paso. Pequeño. Que ha hecho una enorme diferencia.

Predictibilidad / Espontaneidad

Mi vida entera se pasa entre mi natural inclinación hacia lo metódico y estructurado y mi anhelo por algo inesperado. O sea, quiero mis horarios y mis planes y mi orden y mi universo girando al compás de mis órdenes. Pero me aburro y me desespero y siento que me ahogo y quiero salir corriendo a donde no tenga yo que tomar una sola decisión.

Roy H. Williams citando a una amalgama de personas, llega a la conclusión que, el contrario de una verdad profunda es otra verdad profunda. Algo así como que la justicia no es lo contrario de la injusticia, porque uno nunca diría que lo segundo es bueno. Es que la justicia es contraria a la misericordia y ambas son buenas y deseables y se queda uno a veces bien jodido sin saber qué elegir.

Los humanos somos lo suficientemente complejos como para movernos entre dos cosas buenas que no son complementarias y vivir. Vivir felices. Porque resulta que es cuando uno sólo se queda de uno de los lados de la balanza, que ésta se desnivela. Yo no puedo siempre ser «justa» con mis hijos, porque ellos necesitan de mi suavidad.

Y tampoco puedo pretender todo el tiempo tener en mis manos los hilos que manejan mi vida, sin cansarme. Tal vez el truco de magia está en crear los espacios que permiten que las cosas grandes funcionen como reloj y pequeñas burbujas aisladas, pero no menos importantes, salgan flotando a donde quieran y me lleven un rato a pasear. Siempre sabiendo que éstas se revientan y hay que regresar a la normalidad. Lo cuál, también está bien.

Vacaciones

Creo que las últimas «vacaciones» que tuve fue ese período mágico entre terminar el colegio y comenzar la universidad. Sin responsabilidades, ya habiendo ganado, con un mundo de posibilidades esperándome en enero.

Para los que ya llegamos a ese estado llamado «adultez», no hay un regreso a momentos de una completa desconexión de la realidad. Porque, como una melodía que acompaña la acción de una película, nuestra vida real, esa que está llena de responsabilidades y trabajos y cuentas y relaciones, siempre nos manda mensajes que nos recuerdan nuestra realidad.

Pero eso no es malo, es un hecho que no podemos olvidarnos por completo de todo. Que todo está interconectado. Y que la vida es una entera. Lo que sí es malo es que no nos permitamos dejar que las preocupaciones descansen un rato y nos dejen disfrutar de otras cosas.

Las verdaderas vacaciones ocurren en nuestras mentes. Surgen de la capacidad que adquiramos en enfocarnos en lo que está sucediendo aquí y ahora, dándole toda la importancia a lo que podemos solucionar en ese momento.

Así como las buenas relaciones se alimentan de la atención que les brindamos, igualito nuestras neurosis y cansancios crecen en la medida que sólo pensamos en ellos. Yo verdaderamente trato de borrar del barullo de mi mente todo el ruido de las cosas que no tengo inmediatas. Me es muy difícil, porque a veces siento que tengo, no uno, sino varios hámsters dándole vueltas a las ruedas de mis preocupaciones. Respirar, escribir, ver a los ojos a mi marido y ya me puedo reconstruir para seguir. Aunque no se me quitan las ganas de agarrar avión e irme a alguna parte.

Verte

Por mucho tiempo

escondí hasta de mí misma

mis rincones más oscuros

pensando que si tú los mirabas

ya no me ibas a querer.

Y ahora que se me escaparon

por alguna puerta que dejamos abierta

y, aterrada, te los tuve que mostrar

tú me miras destilando amor por los ojos

y me dices: «siempre lo supe.»

Abrir las ventanas

Bajo protesta del paciencia-de-santo de mi marido, no tengo cortinas en mi cuarto. Me encanta despertarme con el sol, incluso antes. Cuando vivíamos en el apartamento teníamos una cortina metálica que tapaba la mega ventana de dos pisos que había y la detestaba con toda mi alma. Nada tan feo como despertarse uno y no saber si es de día o de noche.

Los seres vivos tenemos relojes internos que nos indican si debemos estar despiertos o dormidos. Habemos seres diurnos, adaptados especialmente a actividades que impliquen luz y nocturnos, que se desenvuelven mejor en las sombras de la noche. Y luego estamos los humanos que logramos complicarlo todo, como siempre. Resulta que, antes del advenimiento de las luces artificiales, nos teníamos que acostar a puro tubo con el sol y despertarnos igual. No era inusual que la gente incluso se despertara a media noche, hiciera sus «cositas» y volviera a dormirse.

Obviamente estamos hablando de otro ritmo de vida, de otros propósitos y de otras ventajas. Y tampoco estoy nostalgiando por «tiempos pasados mejores», prefiero mil veces la luz eléctrica, nunca hubiera podido leer lo que he hecho sin ella. Pero es innegable que todo este progreso que tenemos encima nos ha atropellado un poco la naturaleza y la preferencia de nuestros cuerpos.

Claro, el que mis hijos sigan mis pasos, tiene como seria desventaja que no existen domingos de despertarse a las 8:00… Pero me abundan los días, duermo cansada y feliz y puedo ver amaneceres espectaculares. Aunque me toque consolar al hombre, quien felizmente se quedaría en la cama hasta las 12…

Ataques de pánico

Mi hijo, el primero, el responsable, el buen estudiante, el estresado, tiene su última clase del año el jueves y le dan sus notas el viernes. Todo el año le ha ido súper bien y no está ni cerca de perder. Al contrario que en cuestión de modales y horarios, yo no lo chingo con las notas, mientras él esté esforzándose y entendiendo, el numerito sobre el papel me tiene sin cuidado. Aún así, está hecho un manojo de nervios. A tal punto que creo que ayer le dio un ataque de pánico, porque le costaba respirar.

Todos tenemos cosas que nos preocupan más que otras. Obviamente son a las que más importancia les damos. Y está bien. El aguijón que nos empuja a ser mejores tiene una punta y duele. Pocas veces nos moveríamos si no fuera porque nos incomoda donde estamos y queremos llegar a un mejor lugar. El problema viene cuando esa espuela no nos empuja, sino que nos destaza.

El esfuerzo que podamos invertir en ser mejores debería de darnos calma en igual proporción y no aumentar la ansiedad que le metemos al resultado. Hacer lo mejor que podamos y dejarlo ir es algo que, yo llevándole 32 años a mi pulgo, aún me cuesta noches de sueño.

Hoy ya estuvo mejor, pero sí necesitamos una tarde de siesta, muchos abrazos y algunas lágrimas para calmarlo. No me parece mala receta para cuando me suceda a mí.

Pertenecer

Toda mi vida he sido una especie de «loba solitaria».  Ser hija única, con escasas habilidades sociales y casi nula inteligencia emocional, no era el set de cualidades que hacen fácil hacer amigas. Lo suplí teniendo novio desde los 14 años, el cuál me duró todo el resto del colegio. Y así. Amigas mujeres fueron pocas o nulas.

Por alguna razón, se tiene un concepto de las relaciones que sostienen las mujeres entre sí como altamente tóxicas. Llenas de pequeñas intrigas, resentimientos y competencias mezquinas, pareciera que somos incapaces de querernos y ser fieles.

Cosa más estúpida. ¿Quién mejor que otra mujer va a poder entender todas esas pequeñas y grandes cosas que le suceden a uno, desde un cólico menstrual, hasta un pezón partido por dar de mamar y tantas otras cosas fisiológicas similares. Ni qué hablar de la forma de sentir, de enamorarnos, de desear.

Tener amigas que lo quieran a uno por ser uno es un tesoro invaluable. Pocas veces hay un apoyo tan incondicional como el que se siente entre un grupo de mujeres que verdaderamente ha hecho amistad. Y si se logra compartir más que un simple «café», esas relaciones son parte de la estructura de la sanidad mental.

Aprender a hacerme una familia de amigas y serles fiel, es de lo mejor que me ha dejado el paso del tiempo. Las llevo en mi corazón y me hacen ser una mejor y más verdadera yo.

Ceder / Romper

Siendo mi papá ingeniero civil, yo crecí pensando en términos de estructuras, líneas rectas y soportes. No era raro que viéramos programas de cómo habían construido un edificio imponente o un puente espectacular. Dentro de eso, me impactó especialmente uno acerca de las técnicas japonesas para contrarrestar los movimientos provocados por los constantes terremotos. Resulta que un edificio vertical rígido es mucho más susceptible de romperse con un temblor, que uno que se mueva y adapte y absorba el meneadito.

Yo creo que hay cosas en las que uno tiene que ser firme e inconmovible: cuestiones de principios, de lealtades, de confiabilidad. Debería uno siempre ser generoso con las personas que tiene a su alrededor, ser más empáticos. Puras cuestiones de carácter hacia adentro, ésas que nos dicen quiénes somos cuando cerramos los ojos por la noche y nos quedamos con nosotros mismos.

Pero cuando trasladamos ese dureza hacia afuera, sobre todo en el trato con la gente que nos quiere, la cosa se comienza a resquebrajar. Peor si en lo que nos enfocamos es en el «cómo» hacer las cosas y no en el resultado que uno quisiera obtener. Hay muchas formas de lograr que un niño haga su tarea en el momento en el que debe, incluso algo que funcionó hoy no funciona mañana Y esos cambios me matan. Porque yo quiero hacer las cosas como yo quiero. Y punto. Y todos los demás se tienen que alinear. Y pues… no mucho me funciona para la paz de mi vida.

Aprender a ceder, a moverse con los cambios que le tira a uno la vida, a adaptarse para salir íntegro. Porque sólo así nos mantenemos enteros. Si queremos seguir rígidos, nos rompemos y a saber si podemos regresar a lo que éramos.