Hay cierto tipo de actividades que me hacen creer que tengo control sobre mi entorno. Nado y siento que vuelo sobre el agua. Hago una kata y me imagino que mi cuerpo obedece la orden que le estoy dando para quedar en la posición correcta. Levanto pesas y me satisface el numerito cada vez mayor que logro mover. En todo eso tengo resultados concretos de mis esfuerzos personales. Es maravilloso. Hasta que llega el día que no hay sol, llueve, no me puedo meter a la piscina, o, peor aún, me canso antes de la tercera vuelta. O no se me queda ni con trampa qué pie tengo que mover hacia dónde en la kata nueva. O, simplemente no me da el músculo para levantar ni una sola repetición más.
Nuestros cuerpos nos hacen creer que los controlamos. También nuestras mentes. A veces no hay nada más alejado de la realidad. Para mejor muestra el estribillo de la canción que apenas nos sabemos que se nos queda trabado en el circuito auditivo y no hay forma de sacar. O la tristeza que se anida en nuestro corazón cuando revisamos fotos de niña y vemos a una mamá ausente. O un antojo de donas que nada tiene que ver con la vida sana que llevamos.
Tenemos una ligera y vana ilusión del control que ejercemos a nuestro alrededor. Creo que no podríamos vivir sin ella. Pero, si pretendemos que podemos guiar todo lo todo que nos rodea, podemos caer en enfermedades mentales graves. Tal vez, y es lo que estoy tratando de aprender, se trata simplemente de tomar lo que tenemos a nuestro alcance y hacer con ello lo que creemos más conveniente.
