La mejor ilusión

Hay cierto tipo de actividades que me hacen creer que tengo control sobre mi entorno. Nado y siento que vuelo sobre el agua. Hago una kata y me imagino que mi cuerpo obedece la orden que le estoy dando para quedar en la posición correcta. Levanto pesas y me satisface el numerito cada vez mayor que logro mover. En todo eso tengo resultados concretos de mis esfuerzos personales. Es maravilloso. Hasta que llega el día que no hay sol, llueve, no me puedo meter a la piscina, o, peor aún, me canso antes de la tercera vuelta. O no se me queda ni con trampa qué pie tengo que mover hacia dónde en la kata nueva. O, simplemente no me da el músculo para levantar ni una sola repetición más.

Nuestros cuerpos nos hacen creer que los controlamos. También nuestras mentes. A veces no hay nada más alejado de la realidad. Para mejor muestra el estribillo de la canción que apenas nos sabemos que se nos queda trabado en el circuito auditivo y no hay forma de sacar. O la tristeza que se anida en nuestro corazón cuando revisamos fotos de niña y vemos a una mamá ausente. O un antojo de donas que nada tiene que ver con la vida sana que llevamos.

Tenemos una ligera y vana ilusión del control que ejercemos a nuestro alrededor. Creo que no podríamos vivir sin ella. Pero, si pretendemos que podemos guiar todo lo todo que nos rodea, podemos caer en enfermedades mentales graves. Tal vez, y es lo que estoy tratando de aprender, se trata simplemente de tomar lo que tenemos a nuestro alcance y hacer con ello lo que creemos más conveniente.

Viscoso como ámbar

Mi mamá tenía unos aretes de ámbar con un mosquito atrapado. Igual que el mosquito de Jurassic Park al que le sacaron la sangre del dinosaurio, pero en chiquito. Me encantaban. Se los robaron.

Hay cosas que se quedan así, en suspenso en nuestra memoria: el sabor de una comida especial que nos preparaban de pequeños, la sensación del primer beso con frenos y todo, el dolor del parto de los niños y la dulzura de de sus pieles recién estrenadas. Guardamos esos momentos entre la resina de nuestra memoria y los mantenemos quietecitos para sacarlos cuando los queremos admirar.

Entre muchos de los recientes descubrimientos de cómo funciona realmente nuestro cerebro, resulta que cada vez que «sacamos» un recuerdo y lo examinamos, lo cambiamos efectivamente. Pareciera que somos incapaces de interactuar con nada, ni siquiera algo que ya sucedió, sin manipularlo. Así, tal vez el pastel que siento que me llena la boca con el sabor de los años pasados, no era tan rico como quisiera creer. Ni el parto fue tan traumático. Ni ese beso fue tan malo (aunque eso sí lo dudo, fue fatal).

Nuestra vida entera está hecha para cambiar. Por muy seguramente que nos guardemos, la misma sustancia en la que nos movemos es viscosa, tiene movimiento y, si no nos montamos y la dirigimos un poco, nos arrastra. Hasta los mosquitos de los aretes de mi mamá cambiaron de lugar. Deseo fervientemente que, quien los tenga, no trate de clonar a un T-Rex.

Darse a conocer

Eso de tener hasta diferente idioma para comunicarme con mis hijos, me pone inmediatamente en situación de comportarme de forma distinta con ellos. Y menos mal, dudo que tendría muchos amigos si los estuviera taloneando como hago con los peques. O que tuviera mucho éxito educativo con los niños si los molestara como hago con mis cuates.

Nos comportamos distinto en diferentes situaciones. Eso es un hecho. Lo cuál no es lo mismo que decir que seamos personas diferentes, con diferentes valores. Los modales, el vocabulario, el nivel de relajación y de familiaridad, eso es lo que necesariamente cambia. Y eso hace que no todo el mundo nos conozca hasta lo más profundo. Todavía hay algo más profundo: a veces necesitamos de alguien que nos sepa todas las mañas para poder reconocernos a nosotros mismos, porque hay cosas que nos gusta ocultarnos.

Dejarse conocer no es sencillo. Porque no todo lo propio nos gusta y es mucho más fácil que sólo le miren lo bonito a uno en dosis cortas y superficiales. Pero permitir que alguien se zambulla de cabeza en nosotros y llegue hasta nuestro verdadero fondo y que el resultado sea alguien que regresa con la mirada clara, una sonrisa y ganas de estar con uno, para eso existe la felicidad.

Que lo conozcan a uno y lo quieran así, es de las pocas cosas externas que aportan un verdadero bienestar. A mí me da pánico y el único valiente que lo ha hecho, ha sido lo suficientemente cauteloso como para acercarse de a poquito y sin que me dé mucha cuenta. Y es por eso que caminamos bien juntos.

Estasis/Cambio

Mi corazoncito estresado me pide estabilidad. Me gustan los horarios que no cambian, los planes que se ejecutan, los movimientos repetidos. Mi cerebro inquieto me obliga a buscar variedad, le da curiosidad todo lo nuevo, le cuesta quedarse quiero en una sola idea. Ambos se turnan su imperio y me mantengo entre momentos planificados y emociones nuevas. Todo funciona casi siempre bien. El problema son los momentos álgidos que se salen del «casi». La marea se sale de la línea, el volcán erupciona, el tapete se me mueve.

Nosotros los humanos somos parte de esa danza que tiene la naturaleza: está en constante cambio buscando la estabilidad. Queremos tener segura nuestra supervivencia y nuestro alrededor nos hace adaptarnos todo el tiempo para mantenernos tranquilos.

Las relaciones, sobre todo las de pareja, son en donde mejor se mira esta contradicción: queremos sentirnos siempre bien con alguien que siempre está cambiando. Y nosotros mismos también fluctuamos. Pero, si se logra cabalgar la ola de la crisis, la calma que se obtiene al final es mucho más agradable que la que se tenía antes.

Estar consciente de qué es diferente a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos. Tal vez así se pueden tener esos pequeños momentos de paz que nos llenan de energía para sobrevivir el siguiente terremoto.

Algo así estoy ahora: un poco mareada por la sacudida, pero feliz por todo lo nuevo que me puede dar paz.

El fuego que limpia

Mi emoción básica, esa que se me pone en «default» y a la que apelo con más frecuencia es el enojo. Supongo que para mí es más fácil sentirme enojada, que triste o frustrada o con miedo. Creo que me da alguna sensación de control y me impide quedarme de brazos cruzados esperando que sucedan las cosas.

No creo que sea la más feliz de las circunstancias, pero, en el momento adecuado, un buen enojo es positivo. Así como los grandes bosques necesitan de fuego para purificarse, una buena rabia controlada ayuda a limpiar muchas cosas que ocultan cosas más profundas. Si entendemos la depresión como la ausencia del sentimiento, por lo menos encachimbarse es sentir algo.

Podemos usar la energía de una cólera para combatir una injusticia. Para defendernos de algún atropello. Para cambiar el rumbo de una relación que no nos gusta. Para alejarnos de la gente que nos hace daño. O simplemente para hacer un buen berrinche, quedar exhaustos, llorar a mares y sentirnos más limpios al final del alboroto.

A pesar que es la emoción que más fácilmente identifico, no me considero una persona «enojada». Paso muchísimo más tiempo sonriendo que con el ceño fruncido (mejor las patas de gallo de risas, que los surcos en la frente). Pero, si la ocasión lo amerita, si me disparo unos enojos de campeonato. Lo más simpático es que sonrío cuando estoy más enojada.

Es nuevo, para mí

Nunca había escuchado Led Zeppelin. No sé, entre Beatles y Queen y Stones y Clash, este grupo británico se me escapó. Traté alguna vez, pero seguro no era el momento. La melodía que se esconde detrás de la disonancia aparente no me enganchó.

Hay libros que tienen momentos para leerse. Por lo que no entiendo en absoluto por qué ponen a los pobres adolescentes en el colegio, en la mera edad de las aventuras, a leer estulticias como esa novela romántica tan mala que ni de su nombre me acuerdo en este momento. Lo mismo con la comida. Hasta con las personas.

Todo tiene un momento para hacerse, ya sea que le llega a uno como por atracción cósmica, o porque uno se hace la ocasión. Hasta pareciera que las cosas que más le cuestan a uno que le gusten, son las preferidas más adelante. Algo así como con el sushi. Ése sólo a los marcianitos de mis hijos les pudo haber gustado a la primera.

No siempre es necesario «hacerse el paladar». Pero, últimamente, me he sorprendido con mi cambio y amplitud de gustos musicales. Y, aprovechando, le dí una buena oportunidad a Led Zeppelin. Toda la mañana me acompañó. Tal vez no sea mi banda favorita, pero qué bueno que me dí a esa tarea. Y, yo sé que no es nuevo, pero fue nuevo para mí.

Las reglas que se ignoran

En la casa de mis suegros, los niños son felices y gloriosos porque se despojan de todas las reglas de su casa. Comenzando con que al señorito le compran un muñeco de champurradas, le sirven un guacal de café con leche y le dejan rellenarse frente a la tele en estado cuasi catatónico. Y eso está perfecto. En casa ni hay pan dulce, ni café para los niños.

Hay mucho espacio para hacer las cosas conforme a las reglas externas. La casa desde la forma de bañarse, hasta la hora de acostarse. El colegio. El karate. Hasta algunos juegos tienen lineamientos estrictos que rigen su funcionamiento.

¿Y a qué horas vive uno? ¿En qué momento podemos salirnos a respirar, tal vez boca abajo y en ropa interior?

Salirse un momento del guión, aunque sea para descansar, es tan importante como identificar los límites que estamos dejando atrás. A mí en lo particular me encanta mi horario regimentado y mi predictibilidad diaria. Pero también siento la presión de demasiadas cosas que «tengo qué hacer» y la adolescente que queda dentro a veces pregunta ¿por qué tengo que hacerlo?

Tal vez lo más importante de esos momentos de pequeña rebeldía, sea exactamente el poder cuestionarnos por qué estamos haciendo lo que hacemos. Si tenemos suerte, volveremos a encontrar la motivación necesaria y nos daremos cuenta que siempre sí nos gusta. Pero para eso, tenemos que tener un espacio en donde nos reciban con nuestra propia versión de champurradas y café.

Jugar con uno mismo

Esperar que alguien juegue con uno es una de esas frustraciones de la niñez. Yo fui hija única y era rara la ocasión en la que tenía con quién compartir mis juegos. El resultado es que aprendí a disfrutar de actividades solitarias, como la lectura. Y que tengo comportamientos un poco desesperantes entre un grupo.

Los humanos tenemos necesidad de vivir en sociedad para sobrevivir como especie. Desde siempre hemos existido en grupo de aproximadamente cien personas, dividiéndonos el trabajo y compartiendo penas y alegrías. Hay estudios que demuestran que somos más felices y colaboradores en este tipo de sociedades. Cuando llegamos a la urbes inmensas, nos vemos constantemente rodeados de personas, pero nos sentimos más solos. Es una cuestión de pertenencia y conocimiento. Pocos lazos afectivos puedo pretender establecer con miles y miles de personas a las que apenas vislumbro entre la muchedumbre.

Y allí es donde tenemos que violentar un poco nuestra naturaleza tribal y buscar en nuestro interior la compañía que siempre tenemos: la de nosotros mismos. Estar preparados para pasar satisfechos, aún estando solos, irónicamente nos abre a establecer mejores relaciones con otras personas.

A mí todavía me cuesta esa transición. Me siento cómoda estando sola, me cuestiono constantemente qué tan mal le estoy cayendo a la gente a mi alrededor. Lo bueno es que, poco a poco, he encontrado gente fantástica que está dispuesta a tenerme paciencia. Para todo lo demás, juego sola.

Recordar

No todo ha sido bueno

las cosas a veces son difíciles

hay pérdidas, carencias, alejamientos

mezclado con lo maravilloso

los recuerdos que brillan

las palabras que se guardan.

Si me ofrecieran olvidar

todo lo amargo de mi vida

pero perder también

las cosas dulces,

me quedaría con todo

aún doliéndome algún recuerdo.