Un pasado en común

Hace poco volví a darme cuenta que el no tener a mis papás me deja sin pasado en común. Hay un lugar especial para las cosas vividas en la infancia, hasta los sabores son especiales. Nadie puede hacerme las empanadas de ciruela de mi mamá, por ejemplo. Hay una pérdida de identidad. A mis hijos no hay quién les cuente cómo era yo a sus edades y tampoco lo recuerdo.

Aunque tengo una relación de 25 años y pico, ese pasado no es el remoto en mi historia, el asentamiento de mi leyenda personal. Ése está perdido. No es grave, no lo necesito para vivir, pero sí me siento a veces sin familia, desarraigada, libre como un barrilete fugado, más que un pájaro.

El compartir una historia nos hace comunidad. Por algo los mitos fundacionales perduran más allá de la creencia en ellos. Nos hacen ser parte de una familia que tiene antepasados en común y que se los transmite a los que vienen.

Algo así será con mis hijos. Les haré el mito, contaré la historia y les haré empanadas.

El incentivo correcto

A la niña le está costando sentarse a hacer sus tareas. Pajarea y termina tres horas después, igual que como comenzó. Ni las amenazas ni los regaños han funcionado.

Todos tenemos una bolsa de incentivos para hacer lo que debemos. Cuando ya somos adultos, se supone que nos la agenciamos nosotros mismos. Me gusta decir que la mía está llena de vanidad y que es mi castigo y mi recompensa todo junto. Hoy me preguntaba la niña qué pasaba si no escribía y simplemente entiendo que es algo que me he propuesto hacer. No con todo la intención es suficiente, como el pensar en no enojarme que me doy cuenta hasta después cómo y qué tanto fallé.

Los sistemas que funcionan, alientan a las personas que los habitan a comportarse de una manera deseada, proveyéndolos con las motivaciones correctas. Los que no, pues… hasta las calles se inundan.

Con la niña hoy me funcionó la promesa de un café. La que ganó con la compañía fui yo.

La mentira de los absolutos

Todas las mentiras que jamás debemos creer siempre son absolutas y nunca tienen matices. Porque comenzamos a fijarnos en “todas” las veces que hicimos algo malo. Que “jamás” nos han apreciado. Cómo “siempre” quedamos cortos. Y “nunca” somos suficientes.

El problema con las cosas que no tienen matices es que parecen ciertas porque nos fijamos en ellas. El sesgo de confirmación lo llaman, como cuando uno tiene un carro rojo y sólo mira carros rojos en la calle. O piensa que su pareja no la quiere porque lo voltea a ver del lado izquierdo y sólo se fija en las veces que lo hace.

Hacer un recuento de las cosas como realmente suceden ayuda a liberarse de la prisión sin salida. Somos muchas cosas todo el tiempo como para sólo ponerle atención a una. Además, todo está en transición y cambia siempre. (Imposible zafarse de totalizar, supongo.)

Quiero pensar que alguna vez podré verme y no tratarme como si no tuviera espacio para cambiar. Las peores mentiras son en las que nos decimos todo lo malo y yo sé mentir muy bien. Quiero dejar de hacerlo.

El límite

Venimos escuchando canciones que conocemos en un carro sin muchas ganas de manejar. Pasamos calles conocidas por las que nunca hemos caminado, sólo visto. Hay una separación entre lo vivido y lo observado. Una vida de diferentes conocimientos.

Existimos en el límite entre conocernos y reconocernos. Todos tenemos la oportunidad de cambiar, salvo ante las personas con las que interactuamos todos los días. Allí el misterio está oculto en la cotidianidad. Quiero conocerte ahora, como eres, y saber si la persona de ahora tiene algo qué ver con la de hace veinte años. Si te ha pasado lo mismo que a mí, el espejo devuelve un reflejo completamente diferente que poco tiene que ver con las arrugas y las canas.

Las diferencias se han ido marcando en las caricias y en las fórmulas de saludo. Ojalá nos encontremos en el límite de nuestras vidas y aún podamos borrar las fronteras.

Ver arder

Nos sentamos a la orilla de la tierra

donde el mar la llega a tocar

el calor del fuego pegado a nuestro rostro

la espalda un muro contra el viento.

Vimos las naves arder.

Quien contempla las llamas

no es quien enciende el fuego.

No da tiempo de saltar

de un barco encendido.

Un bar y una rockola

Ayer bebí en El Olvido y si ese no es el mejor nombre para un bar, no sé cuál pueda serlo. Hay lugares que son portales y hasta el olor conjura a una complicidad especial. Sentimos lo mismo al entrar a la casa de nuestras abuelas, a iglesias viejas y el colegio a donde fuimos.

Vivir en el pasado es un acto de camuflaje. Por eso vemos personas peinadas de la misma forma que cuando tenían 20 años. Nosotros, los de afuera, reconocemos que eso ya no se usa, que sitúa al otro en una época que ya pasó y la envejece. El otro, el que se mira desde adentro, sólo reconoce que está igual que antes.

Me gusta visitar el pasado. Y salir de allí. Huele un poco feo, los pósters de la pared ya no tienen color y estoy muy grande para las sillas.

Cosas que no cuento

A veces me quedo dormida haciendo meditación.

No logro ver un capítulo entero de Mindhunter por la noche.

No me gusta el brócoli.

Escribo sin editar.

Abro los ojos un momento cuando beso.

Me río mucho, lloro poco, pero no es que siempre esté feliz.

Prefiero enojarme a sentirme triste.

Todas las cosas que no contamos también son nuestras o somos de ellas, porque nos forman desde lo más profundo. Son las vigas de nuestra estructura subconsciente. Ese dolor de corazón roto que tapamos con la ropa y la sonrisa nos puede impulsar a ser más empáticos o a escondernos.

Lo que nos quedamos nos atrapa. Hay que aprender a soltarlo.

Alguien que te conozca

Tan divertido el «quien no te conoce, que te compre», para recordarle a alguien que uno sí le sabe las mañas. Hay relaciones así, en las que uno se conoce todo del otro. Y es mentira.

Nadie puede suponer conocer del todo a la otra persona, por la sencilla razón que ninguno somos iguales todo el tiempo. Es cuestión de lógica, no podemos comportarnos igual con todos, porque nuestras relaciones son diferentes. Así que mostramos una cara distinta según con quien estemos. No es doblez, es la simple realidad.

Quedarse estancado en la creencia de conocer a alguien nos veda la oportunidad de acompañarlo en su crecimiento. Nos pasa muy seguido a los papás, que volvemos a ver a nuestros hijos pequeños, aún mucho tiempo después de no vivir juntos. O nos comportamos como cuando éramos adolescentes en el colegio con nuestros compañeros de clase en las reuniones de veinticinco años de graduados.

El estancamiento es la muerte. De las relaciones, del crecimiento personal, de la curiosidad. Creer que ya sabemos todo y no aprender cosas nuevas son caras de la misma moneda.

Así que, aunque no estemos dispuestos a comprar a nuestros cuates, porque le hemos sabido algunas mañas, guardemos un espacio de duda acerca de si sí pueden cambiar. Es lo que nos gusta que hagan con nosotros.

La herida sana a su tiempo

El gato tonto, luego de dos operaciones, dos diferentes conos de la vergüenza, un traje para gatos postoperatorio (que tuve que acomodar para que no se llenara de pipí), una sacada de puntos casera y dos meses de cuidados, al fin sanó. Coserlo fue menos complicado que curarlo y parece que su piel tarda en cerrar. Creí varias veces que se moría y ya estaba buscando caja para enterrarlo en el jardín.

Las heridas sanan a su tiempo. Claro que requieren cuidados especiales, no puede uno pretender dejarlas estar así sin curarlas, porque se infectan. Y tampoco se pueden ignorar porque matan. Las cosas que nos duelen hay que ventilarlas, darles la medicina necesaria y ayudar a que cicatricen. Pero tampoco podemos pretender que se desaparezcan sólo porque ya no queremos que nos duelan.

El tiempo no es una cura en sí misma, sólo el ritmo al que nos movemos. Tanto para lo bueno como para sanar.

En pedazos

Desmadejo mis venas

Te entrego un hilo

Mi sangre la dirección

Para que llegues a donde estoy.

Allano con palabras

El camino

Las formo del aire

Que dejo de respirar.

Hago yesos de mis manos

Las gastas en paredes

De esquinas confusas,

Pasillos oscuros.

Me deshago entera

Haciéndome camino.