La mentira de los absolutos

Todas las mentiras que jamás debemos creer siempre son absolutas y nunca tienen matices. Porque comenzamos a fijarnos en “todas” las veces que hicimos algo malo. Que “jamás” nos han apreciado. Cómo “siempre” quedamos cortos. Y “nunca” somos suficientes.

El problema con las cosas que no tienen matices es que parecen ciertas porque nos fijamos en ellas. El sesgo de confirmación lo llaman, como cuando uno tiene un carro rojo y sólo mira carros rojos en la calle. O piensa que su pareja no la quiere porque lo voltea a ver del lado izquierdo y sólo se fija en las veces que lo hace.

Hacer un recuento de las cosas como realmente suceden ayuda a liberarse de la prisión sin salida. Somos muchas cosas todo el tiempo como para sólo ponerle atención a una. Además, todo está en transición y cambia siempre. (Imposible zafarse de totalizar, supongo.)

Quiero pensar que alguna vez podré verme y no tratarme como si no tuviera espacio para cambiar. Las peores mentiras son en las que nos decimos todo lo malo y yo sé mentir muy bien. Quiero dejar de hacerlo.

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