Un pasado en común

Hace poco volví a darme cuenta que el no tener a mis papás me deja sin pasado en común. Hay un lugar especial para las cosas vividas en la infancia, hasta los sabores son especiales. Nadie puede hacerme las empanadas de ciruela de mi mamá, por ejemplo. Hay una pérdida de identidad. A mis hijos no hay quién les cuente cómo era yo a sus edades y tampoco lo recuerdo.

Aunque tengo una relación de 25 años y pico, ese pasado no es el remoto en mi historia, el asentamiento de mi leyenda personal. Ése está perdido. No es grave, no lo necesito para vivir, pero sí me siento a veces sin familia, desarraigada, libre como un barrilete fugado, más que un pájaro.

El compartir una historia nos hace comunidad. Por algo los mitos fundacionales perduran más allá de la creencia en ellos. Nos hacen ser parte de una familia que tiene antepasados en común y que se los transmite a los que vienen.

Algo así será con mis hijos. Les haré el mito, contaré la historia y les haré empanadas.

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