Muebles en todas partes

Me he mudado de casa las veces suficientes como para tenerle respeto. Desarmé la casa de mis papás en la que encontré hasta recibos de mi colegio cuando iba al Kinder. No puedo asegurar que no acumulo cosas, porque hay una bodega llena de telas que compró mi mamá y que no me decido limpiar. Veo los muebles que me rodean, una mezcla de míos y antiguos, cada uno en el lugar que me gusta. Cuesta moverlos de su sitio, porque me cuesta el cambio. Siento que me voy a equivocar de forma irremediable, que le voy a quitar un apoyo al universo. Como si no fuera tan fácil volverlos a cambiar. Tal vez es porque me siento completa, aunque me haya roto tantas veces.

Encontrar el lugar donde uno pertenece y poder llevarlo dentro, creo que allí está todo lo que se debe aprender. La habilidad de respirar y ver todo, sentirse parte de algo. En mi caso, es cerca de la risa de mis niños, frente a una página que lleno de palabras, la música que colecciono y lo que pasa detrás de mis párpados cuando duermo. La vida, como escribí ayer, definitivamente no me ha sido fácil, pero hoy, sentada en un sillón que me gusta, con el gato al lado y un libro a medias, es bella.

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