El carril de al lado, que es cualquiera en el que no estoy, siempre se mueve más rápido. Y me toca con frecuencia un cliente indeciso y lento antes que yo para pedir helado. O la señora que lleva media carreta de súper quiere pagar con monedas. En donde sea que haya una sola salida, allí ae traba la cosa, invariablemente.
Es una pena cómo nos perdemos de todos esos momentos para tomar un respiro y escucharnos pensar. La paciencia es un hábito aprendible. Justo al lado del dejar de tomarnos todo personal. No, el carro que va lento no lo hace por jodernos la existencia. Si ni siquiera nos ha visto la cara.
Hay muy pocas ocasiones que verdaderamente requieran una exactitud de velocidad para llegar. No, no condono la impuntualidad. Menos yo, que soy puntual como la muerte. Pero si estoy haciendo cola, da tanto lo mismo cinco minutos más o menos. No es que tenga mucha paciencia. Es que es mucho más grande (y creciendo) la esfera de cosas que no me parecen importantes, junto con la cantidad decreciente de mi capital emocional como para gastarlo enojándome con gente a quien no le sé ni el nombre que después olvidaría. Que pasen los carros.
