Hoy fuimos a ver The Batman y es una cosa bien hecha que lo tira a uno en medio de una historia que ya viene comenzada y que no tiene resolución. Un poco como cuando uno nace en una familia que lleva tantos años con un nudo que nadie (ni Alejando Magno) puede deshacer.
La verdad es que todos somos una mezcla de historias, entre la que nos arrastra y la que hilamos para nosotros mismos y nadie se salva de ambas. Las familias en las que caemos ya llevan una trayectoria. Nuestras propias inclinaciones nos llevan hacia puertos que pueden parecerse o no. Y allí es donde estriba la dificultad de entendernos. Cada uno ya tenemos una maleta que hemos llenado de lo propio y lo ajeno, pero siempre es única.
Comienzo a tener hijos adolescentes y tengo que estar abierta a volver a conocerlos como personas. Porque no se parecen a lo que crié hasta ahora. Y está bien. Es el momento de separarse. Aunque duela, aunque me sienta rota, aunque pase ese minuto de incomodidad. Porque mi función en esta vida es que se alejen y hagan la propia. Pero… llega el momento en que se reúnan los argumentos de todas las tramas y allí, en ese cauce común, volvemos a encontrarnos y entendernos.
