Busqué la última conversación con un amigo, tenía su receta de paella y él ya no está para pedírsela. Tampoco está el chat, lo debo haber borrado entre mis limpias cibernéticas y no lo puedo ni siquiera replicar. Igual con la última vez que nos escribimos con Jorge Mario. O que escuché la voz de mi mamá.
Y es que nunca sabemos cuándo es la última vez de algo. Porque de todo lo que hacemos, tenemos fines. No hay una más, pasamos a lo siguiente y ya. Simplemente no sabemos que ya no hay más hasta que no hay. En ese sentido, cada cosa que hacemos es única, finita y se le puede tratar como que ya no habrá otra.
Creo que eso, en vez de darnos angustia, podría servir para liberarnos. Todo se queda atrás, sólo seguimos nosotros, hasta que nos toque dejar de ser. Y le ponemos la importancia de lo efímero a todo, y lo dejamos ir. Voy a buscar otra receta de paella y se la voy a dedicar a Carlitos. Estoy segura que no tendría ninguna objeción.
