Querer lo mismo, pero no siempre

Mi mamá tuvo una infancia extraña. Huérfana de padre a los 8 años, la menor de muchos hermanos, con una mamá que tuvo que salir a trabajar… Visto ahora, creo que ella se crió relativamente sola, en esa mezcla de consentimiento, medio abandono y sobrecompensación que les toca a los niños en circunstancias especiales. Entre todo eso, cuando ella me contaba de cómo la había pasado, nunca hubo una queja. Al contrario. A ella le gustaba la libertad que tenía. Y cómo la chineaban. Con todo, hoy recordaba que alguna vez me confesó que se pasó más de tres años comiendo sólo tres cosas: salchichas, huevos o bistec. Y yo preocupada si repito comida en tres semanas…

Hay una familiaridad reconfortante en saber cómo sabe la comida de la casa. Y tan bonito que era lo predecible del cocido los lunes, carne miércoles y pescado viernes. Pero se vuelve aburrido y llega el adolescente a no querer comer nunca lo mismo (salvo que sea su pollo frito favorito, o el cereal).

No sé qué me pone en más problemas mentales. Que siempre quieran lo mismo o que nunca quieran repetir. Pero también pienso que son pocos los años que me quedan haciendo esto y me doy permiso de quitarle importancia.

La insuperable calma de la lavandería

Tengo la lavandería en el segundo piso de la casa. Es un lugar poco común, que ocupa espacio de primera, pero que hace todo el sentido del mundo: la mayor parte de la ropa sucia sale de los cuartos, que están arriba. Y como soy yo la que lava y plancha, el arreglo me queda ideal. Es como la entrada a un lugar secreto, limpio, oloroso a detergente. Donde entran cosas sucias y arrugadas y salen camisas planchadas, camisetas dobladas, calcetines con pareja. Se hace magia con la ropa, sobre todo la de dos niños/adolescentes que juegan y se ensucian aún. Lejos está de mi lavandería la obsesión de la ropa inmaculada. Yo la saco limpia, pero hasta allí. Prefiero que se la gocen y no estar regañando (más).

Creo que hay un secreto mágico en encontrarle el placer a los oficios que se tienen que hacer de todas formas. Es mejor encontrarle lo simpático. Además, es otra forma de fijarme en cómo van creciendo los niños y preocuparme un poco más por el bienestar de los míos. Me gusta. Es algo sencillo, que tengo que hacer todas las semanas. Y que por lo mismo me da paz.

Me gusta creer que todos encontramos algo semejante en la vida. Que le jugamos la vuelta a lo inevitable y lo convertimos en algo esperado. Tiene toda la belleza del mundo verle lo bueno. Aunque a veces canse un poco.

Uno hace lo que tiene que hacer

Ser mamá en estos tiempos es un poco siempre quedar corta. Porque antes era suficiente cuidar casa y niños. Las mamás que trabajaban eran la excepción. Y claro que no les hacían la cosa fácil. Pero ahora ya no es suficiente quedarse en casa. Ni trabajar y pedir apoyo de familiares o contratarlo. Ahora hay que hacer las dos cosas. Y bien.

Sinceramente dan ganas de mandar todas esas expectativas sociales al caño. Lo que uno debería querer es hacer lo mejor que puede con lo que tiene. Y listo.

Me falta muchísimo para ser una mamá medianamente adecuada. Tengo tantos defectos que aún no supero, que mis hijos seguro necesitarán hablarles de mí a extraños. Pero he logrado poner todo lo que tengo en lo que se requiere de mí. Es todo lo que puedo hacer.

Mi parte favorita

Tengo dos semanas de desorden y lo que más ansío es escuchar la alarma y despertar a la hora de siempre. Algo debe haber de mágico en la rutina que hace que me sienta segura.

Un buen descanso incluye apartarse de lo usual. Las interrupciones a los horarios se pueden tomar como un alivio, aún las más dramáticas. Uno hace una pausa, reevalúa qué sirve y continúa, tal vez con uno o dos cambios.

Esta semana retomo la normalidad, se siente como avanzar, continuar. Y de eso tengo ganas.

Una traducción

A diferencia de no entender

porque no quiero

me hablas y no comprendo las palabras

caen de arriba y pierden sentido en el aire

las recojo, los pedazos

y la frases que armo al final

sólo se parecen a lo que dijiste

pero no son iguales

tal vez mejor así

porque puedo hacer que me digas

cualquier cosa que quiera.

Me cambió el clima

En nuestras latitudes, el clima no aburre nunca. Lo mantiene a uno adivinando, preparado para todo. Y, salvo en situaciones catastróficas, no pasa de un poco de lluvia.

Tal vez lo importante es eso, esperar que puede pasar cualquier cosa y hacerle ganas. De mojarse uno no pasa.

Todo sirve de metáfora para la vida. Pero no me quiero poner aún más filosófica. Mejor me preparo para mojarme.

Vamos a trasladarnos

Toca cambio de teléfono y viene con su consecuente ansiedad. Nunca se pasa toda, toda la información y termino buscando las notas escondidas en las que guardé las contraseñas. Y, como están escondidas, rara vez las encuentro. «Ponga su contraseña» «Ésa no es su contraseña», «Saque una nueva contraseña», «Esa contraseña es igual a su contraseña anterior»… Y así.

Los cambios que no se sienten como imperativos, son difíciles de hacer. Pero es mejor comenzar a hacer cosas pequeñas para avanzar que saltar el precipicio que se abre ante una serie de decisiones pequeñas no tomadas. El problema es que, si no duele, uno no se cura. Tenemos muy mala costumbre de sólo hacernos reparaciones, no mantenimientos. Pero todo necesita revisión constante. Todo. Y si lo hacemos con los carros, ¿por qué no hacerlo con el resto de cosas que somos y tenemos?

Ya estoy haciendo todos los pasos engorrosos del cambio de aparato. Pero no voy a dar el viejo aún. Tengo que revisar demasiadas cosas antes de dejarlo ir.

Sociablemente arisca

Me encanta estar sola. Camino a mi ritmo (rápido), miro lo que me interesa, me voy cuando quiero. Es una deformación de ser hija única, supongo. Me extraña que a muchos les cueste sentarse en un restaurante a comer solos. Siempre se puede leer.

Los seres humanos sólo podemos sobrevivir, emocional y prácticamente, en sociedad. No hay forma de llenarse uno todas sus necesidades. Hasta hablar con alguien más es esencial y el ser visto se siente glorioso. Además ¿cómo nos enteramos que tenemos un perejil trabado entre los dientes si alguien más no nos lo dice? Hay lugares en la espalda que pican y uno no alcanza rascarse. No necesito más prueba de la necesidad de estar acompañado.

Me encanta salir, ver gente, platicar. Pero a mi ritmo. Por eso escojo a dónde ir. Sobre todo si no llevo mi carro y me puedo largar desapercibida. Una especie de arisca social. Y está bien. Puedo con eso.

Escribir en futuro

Uno escribe y cree que alguien, en otro momento, lo va a leer. Ese alguien puede ser uno mismo más adelante, que igual es una persona distinta de quien escribió el texto. Las palabras no cambian, sólo su forma de ser entendidas. Me gusta proyectarme hacia un futuro incierto. Es mi manera de lanzar un anzuelo y que haya vida después de hoy. Cosa que nadie está seguro.

Tal vez eso es lo que hacemos los humanos de siempre: tirar piedras en el pozo del tiempo, deseando que las ondas permanezcan aún cuando nosotros ya no estemos. En ese sentido, existimos rodeados de la musica que se quedó vibrando desde siglos atrás, aunque no la podamos escuchar conscientemente.

Cada mano plasmada en una pared oscura, cada verso aprendido de memoria y transmitido de generación en generación, cada frase escrita, aún la más mala, nos lleva a un viaje en el tiempo. La única forma de hacerlo.