No quiero más que nada

Mentira. Quiero todo, siempre. Tal vez, como tuiteé hace poco, lo que quisiera es no querer. No querer tener otro cuerpo, menos años, más cosas. O no querer hacer cosas que igual no haría si pudiera.

Manejamos un nivel de frustración por las cosas que no tenemos, que poco puedo entender. Es como que nos hace falta tener un helicóptero, cuando ni siquiera nos hemos subido a uno. No se puede tener nostalgia por las cosas que nunca se han tenido. O no deberíamos hacerlo.

Ansiar lo que no está a nuestro lado, nos ciega. Y no es malo querer otras cosas, nos quedaríamos estancados. Pero sí es pésimo no apreciar el momento en el que estamos. El cuerpo que tenemos y nos lleva a todas partes. El cariño que nos dan y damos.

Quiero todo. Y quiero cada vez menos.

La Tierra es plana

Alguna vez creímos que la Tierra era plana

Que el sol giraba a nuestro alrededor

Que los demonios existían

Y que les importábamos a los dioses.

Alguna vez creímos en dragones,

En bosques poblados de hadas

En portentos escritos por las estrellas

Y que teníamos un destino.

Ahora ya no creemos en la magia

Ni el destino, ni los dioses, ni dragones.

Pero nos seguimos ilusionando con el amor.

Lo que más me gusta

Me encantan los shows de cocina en donde enseñan cosas imposibles. Esas formas antinaturales que les dan a ingredientes desconocidos, metidos en un solo bocado, listos para abrir un mundo entre la boca.

Me gusta verlos. No me dan ganas de comer lo que enseñan. Pero hay momentos, aún en los más sofisticados de estos programas, en los que muestran a la gente comiendo en su casa, con sus amigos, cosas sencillas, preparadas a veces a la intemperie. Y eso sí se me antoja. Puedo ver a qué sabe lo que comen y todo me parece delicioso.

Las cosas sencillas, que se pueden reconocer desde un principio, tienen su propia sofisticación. Sólo porque no estamos contorsionando su significado, no quiere decir que no haya un propósito detrás de la presentación simple. De un dibujo bien trazado, de un cuarto limpio y sin adornos, de un conjunto de palabras conocidas, dichas con la claridad del sentimiento sin esconderse. Hasta los adjetivos superfluos se pueden dejar del lado y decir «te quiero» sin calificación.

Lo que más me gusta es el momento callado antes del la complicación y el disfraz.

Quiero comer un pastel

De chocolate, pegajoso, lleno de caramelo y masa húmeda. Estoy ansiosa porque el niño tiene una citación por conducta que me cayó de la nada y me siento culpable como si yo pudiera estar con él en la maldita clase de ciencias sociales que, según él, no hace más que hablar. No puedo conjugar mi idea de lo que él hace y lo que me puede decir la maestra que hace y no sé cómo lo vamos a solucionar y qué implica eso para mí. Porque ellos son mi trabajo, el cuál aparentemente estoy haciendo mal. Entonces quiero comer pastel. No quiero tomar tequila. El gin ya no me gusta. Pero quiero un pastel. Tal vez de fresas con crema.

No puedo saber qué hacen mis hijos todo el tiempo y ni siquiera han comenzado la adolescencia. Tal vez no me sale bien el asunto de ser mamá y preferiría cambiar de ocupación. ¿Será que encuentro trabajo de lectora en alguna parte en donde no tenga mucha relación con más humanos y menos con los que no pueda tener influencia y pasearme en ellos?

En fin. Tal vez quiero brownies.

Lo que pasa antes

Las sorpresas sólo funcionan si uno no se las está esperando. Y sólo funcionan una vez, precisamente porque hay un elemento desconocido que incide en que lo agarren a uno desprevenido, o no. Eso aplica para las cosas que dan risa y las que asustan. No se puede contar el mismo chiste dos veces a la misma persona y pretender que se ría igual.

Pero para que no sepamos qué viene, necesariamente tuvimos que tener expectativas de un futuro (mediano o corto) y que las cosas no salgan como lo esperábamos. Generalmente nos fijamos mucho más en lo que nos disgusta, porque queríamos algo que según nosotros era mejor. Muy frecuentemente eso pasa en las relaciones, a las que entramos con ideas más o menos fijas y a las que medimos tiempo después contra las mismas, aún cuando nosotros no somos iguales. Y eso no tiene gracia.

Debemos tener una base de cosas que funcionen sin que estemos pendientes para poder funcionar en niveles más elevados. La gente que no sabe si va a tener comida la próxima vez que tenga hambre, poco puede estar preocupados por otras cosas. Pero lo malo es que los que tenemos la dicha de no tener este tipo de condiciones, vamos complicándonos más y más la vida esperando cosas que no son esenciales para sobrevivir.

Aprender a pasar sin expectativas nos abre a dejarnos maravillar por lo que ocurra, no necesariamente sorprender. Dejar ir la ilusión de ser el oráculo de Delfos y saber qué viene nos permite disfrutar lo que venga, porque no nos adelantamos al final y no comparamos la realidad con la fantasía que nos hicimos. Tal vez hasta nos riamos más de los chistes.

Resolver problemas

La niña no quería sentarse donde la pusimos, ni comerse esos poporopos, ni ponerse los tights. Porque no quería. Porque tengo una niña especialista en fijarse en lo que no le gusta, le molesta, le incordia, le exaspera.

Todos somos especialistas en ver lo negativo. Para eso está hecho nuestro cerebro: identificar las amenazas y no ser comido por el tigre. Por eso es que diferenciamos tantos matices del verde. Y por eso es que las emociones negativas nos acompañan tanto tiempo, mientras las positivas se esfuman como un beso entre los dedos.

Se puede entrenar al cerebro. Pero para eso primero tenemos que estar conscientes que hay un problema y que, antes de quejarnos, primero deberíamos solucionarlo. Tantas, tantísimas prácticas y religiones se dedican a eso: a entrenar la masa gris para fijarse en cosas que no la deshagan.

El cerebro que tenemos, tan pequeño, es una maravilla de capacidad y complejidad que ni con él mismo hemos podido replicar. Falta de entendimiento por una parte, falta de entrenamiento por la otra.

Lo que sí estoy tratando es que mi hija se comience a fijar primero en lo bueno, en lo que le gusta, la anima, la hace feliz. Tal vez así todo lo demás que sale mal ya no le moleste tanto.

Olvida

Si vas a borrar algo de tu memoria

que sea el recuerdo de mis ojos

para que te vuelvas a sorprender

cuando te miren como yo lo hacía.

Una pequeña ayuda

Las cosas difíciles de alcanzar se ponen allí por una razón: esforzarse más o pedir ayuda. A los niños les quedan muy alto los aparatos que no queremos que usen. Alguna vez escuché que la regla de la casa para leer libros era que se podía agarrar cualquiera que pudieran alcanzar.

Luego está lo que no podemos hacer solos. Como llevar una relación. Tener una amistad. Jugar tenis.

Yo detesto pedir ayuda. Detesto pedir cualquier cosa. Como si pudiera obtener lo que quiero por telepatía. Lo que me da miedo es que me digan que no. Que no me lo quieren dar. Que no me lo merezco. Pero así lo más importante siempre queda fuera de mi alcance.


Tantos libros

La queja de siempre es que hay tantos libros por leer y tan poco tiempo. Yo creo que he leído bastantes y hablo con alguien que ha leído el doble y me da envidia. Tal vez también porque ya no puedo meterme tanto en la lectura como cuando no tenía otras distracciones. O tal vez porque me distraigo y no leo.

Me siento abrumada muchas veces con todo lo que tengo por hacer y me quedo como venado lampareado, estática, sin poder decidir en dónde comenzar. Es como estar parado viendo marcas de papel. Hay tantas, tantas opciones y uno sólo quiere que limpie, pero igual no se decide. Muchas formas y en muchas cosas puede uno perder (invertir) su tiempo, ese que no regresa. Hasta en la nada. Pero bien hecho, con decisión y no simplemente por no poder hacer otra cosa.

Tengo libros por leer en mi librera, cada vez menos, eso sí. Y demasiados libros qué comprar y leer allá afuera. Tal vez pueda convencer a quien corresponda que me regresen un par de vueltas por acá para poder entrarle sólo a la lectura. Y distraerme lo suficiente como para volver a usar esa excusa.

El estado de la mente

Los estímulos vienen de fuera y los procesamos internamente. Eso nos hace una amalgama de cuestiones que nos pasan y que recibimos. El estado de nuestra mente es algo que sólo podemos cambiar nosotros, aunque algunas veces necesitemos terapia o fármacos. Preferiblemente no lo hacemos con sustancias peligrosas. Creo que hay algo enternecedoramente humano en nuestra búsqueda de alterar la percepción de la realidad. Tal vez porque entendemos en un plano muy profundo que eso que llamamos realidad sólo es otra forma de interpretar lo que nos pasa.

En un proceso de terapia, parte del triunfo sobre el problema es identificarlo, estar conscientes del mismo y darle una interpretación que nos permita continuar. Internalizarlo, dejar de tratar de separarlo de nosotros, aceptarlo y ser mejores. El estado de nuestra mente determina la forma en la que vemos la realidad. Y lo que recibimos incide en nuestro estado. Una serpiente mordiéndose la cola. Siempre me ha llamado la atención la imagen de algo devorándose a sí mismo y siempre me ha dado miedo hacerme eso a mí misma. Es tan fácil perderse en divagaciones sin fin en las que recreamos momentos a los que les asignamos importancia. Todo puede tener importancia. O nada.

Hoy tuve un momento sumamente desagradable en mi día y lo he estado procesando desde el lado de la emoción primaria que surgió: el enojo. No le doy mayor importancia al evento, ni trato de buscarle una explicación cósmica. No puedo dejar de sentir las secuelas de la adrenalina, ahora mismo me duele la cabeza. Pero es una cosa más que pasó y ya. Pasó. Al menos ese estoy tratando que sea mi estado.