Lo que más me gusta

Me encantan los shows de cocina en donde enseñan cosas imposibles. Esas formas antinaturales que les dan a ingredientes desconocidos, metidos en un solo bocado, listos para abrir un mundo entre la boca.

Me gusta verlos. No me dan ganas de comer lo que enseñan. Pero hay momentos, aún en los más sofisticados de estos programas, en los que muestran a la gente comiendo en su casa, con sus amigos, cosas sencillas, preparadas a veces a la intemperie. Y eso sí se me antoja. Puedo ver a qué sabe lo que comen y todo me parece delicioso.

Las cosas sencillas, que se pueden reconocer desde un principio, tienen su propia sofisticación. Sólo porque no estamos contorsionando su significado, no quiere decir que no haya un propósito detrás de la presentación simple. De un dibujo bien trazado, de un cuarto limpio y sin adornos, de un conjunto de palabras conocidas, dichas con la claridad del sentimiento sin esconderse. Hasta los adjetivos superfluos se pueden dejar del lado y decir «te quiero» sin calificación.

Lo que más me gusta es el momento callado antes del la complicación y el disfraz.

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