La Privacidad en Vitrina

“¡Espérense! Hay que tomarle foto a la comida para subirla.” “¡Estamos celebrando x o y cosa! ¡Hay que avisarle al mundo!” “¡Me corté el pelo, miren cómo quedé!” “Estoy a dieta y lo detesto.” “Me siento feliz.” “Me siento triste.”
Les podría seguir dando ejemplos, pero es más fácil que se vayan a mi tl y miren mis tuits. Y los de todo el resto de usuarios. Las cosas nos dejan de parecer “reales” si no las compartimos en alguna red social. Y está bien. Como humanos, necesitamos sentir que pertenecemos a una tribu y nuestra vida moderna nos permite hacer comunidades virtuales. Los que entramos tarde en ese juego (o sea, los que estamos más cerca de los 40s que de los 20s), todavía buscamos llevar a rl (real life) las interacciones que sostenemos con avatares. La suerte inmensa que he tenido al llenar mi vida de las personas que descubrí en Tuiter, no sé si sea común.
Aún así, no me siento cómoda soltando detalles personales al aire. Leer intimidades me shoquea. Tal vez es por eso que el pobre chato de la valla me pareció tan valiente. Ni siquiera en estos tiempos de transparencia el poner el corazoncito a disposición del escrutinio y ridículo del mundo se mira tan seguido. Lo mismo con las personas que tienen exposición pública en medios. Eso de ponerse de blanco de cualquiera con una opinión, es difícil.
La línea entre lo que se comparte y no, la determina uno mismo. Es igual que un escote, uno decide cuánto enseña y se atiene a las consecuencias. No voy a pretender destapar hasta el esternón y que no me miren con hambre (por lo menos, sería peor si fuera con lástima).
Y ahora, si me disculpan, tengo que compartir es post en mi tuiter para que me lean.

“La Vida Es Dolor…”

“… cualquier que te diga algo diferente, te está tratando de vender algo.” “Mi nombre es Iñigo Montoya, mataste a mi padre, prepárate para morir.” “- Hasta la muerte. – ¡No! ¡Hasta el dolor! – Me temo que no estoy familiarizado con esa frase…” Sí, me sé casi toda “The Prince´s Bride” de memoria. Por mucho es mi película favorita, aunque ahora que la miro detesto el papel de babosa que hace la tal “Buttercup”, pero eso es harina de otro costal.
Y sí, hay un tema interesante durante la película: el dolor. Físico, emocional, sentimental. No es aquí el único lugar en donde se toca, tampoco. Se puede decir que es el tema universal de nuestra existencia en este “valle de lágrimas”.
Mi papá decía que el dolor está en la mente. Mi mamá sufrió de dolor crónico durante veinte años que le amargaba la existencia. Cada parto conlleva una medida más o menos enorme de dolor. Hacer ejercicio tiene como consecuencia dolor muscular. No hay escapatoria.
Tampoco la quiero. Gracias al dolor podemos identificar que algo nos lastima y protegernos (tanto física, como emocionalmente). Por el dolor medimos nuestras fuerzas. Y sólo tenemos orgasmos, porque los receptores de dolor se activan (y eso que no estoy hablando de 50 Shades).
No me gusta el dolor. Lo soporto, a veces lo acepto como parte inevitable de algo que me gusta, como hacerme un tatuaje. Pero nunca le huyo. Porque si se niega el dolor, no se aprende de él y uno vuelve a encontrarse en la misma situación que lo llevó a él.
Por el momento, sin dolor, vuelvo a repasar las frases que le dice “Wesley” al príncipe “Humperdink”, después de describir cómo le va a ir cercenando cada uno de sus miembros, menos las orejas: “Hasta el dolor es que resuene en tus orejas perfectas el sonido de cada grito al verte.” Y después se levanta, e Iñigo logra su venganza y el gigante encuentra los caballos y se van. Si no la han visto, véanla.

“Ese” Jefe

El que lo trata a uno como ganado, completamente reemplazable. Indiferente a los problemas personales, sólo le importa el resultado. Directo para las críticas, severo, distante, jamás trata de ser amigable. ¿Pastel para el cumpleaños? Ni de chiste. Uno sabe en dónde está parado.
También está el otro jefe. El buena gente, casaquero, que pregunta hasta por el chucho de la casa. Comprensivo, cuenta chistes, que igual se voltea con SU jefe y se lleva todo el crédito por el trabajo que uno hizo. Que en vez de ayudarte a avanzar, te tiene bajo su pie, de una manera tan agradable que ni te das cuenta. El que aconseja como el “mejor amigo” que no te vayas a estudiar una maestría porque hay que aprender a trabajar, pero a su hermano lo beca. Arenas movedizas son más estables.
He conocido de los dos tipos. Mil veces prefiero al primero. Es como tener un perro que uno sabe que es enojado y que mejor no se le acerca uno. No como esos engendros del demonio que se acercan moviendo la cola y, cuando uno menos se lo espera, ¡zas! que le zampan a uno la mordida en la nalga (#TrueStory).
Así también prefiero rodearme de gente clara. En general me siento atraída por las personas cortantes y directas, ésas que no son las más populares. Pero son íntegras. La integridad entendida como la unidad entre lo que se piensa, se habla y se hace es la cualidad que más admiro y busco. ¿De qué me sirven halagos vacíos, sonrisas falsas y cariños sin sustancia? No estoy diciendo que no me guste que me echen flores, sólo que prefiero unas chatías reales a unas orquídeas de plástico.
Y sí, prefiero al jefe hijuelascienmilseñoritasdelavidaalegre. Siempre. Ya me han mordido demasiados chuchos.

“No Me Gusta Tu Pelo”

“Ese vestido no te queda bien.” “Ahora sí te estás engordando.” “Me parecía mejor el otro color.” Éstas y otras opiniones nos asaltan en varios momentos de nuestras vidas, generalmente de la boca de la gente que más nos quiere. Yo creo que es por una mezcla de cariño que no sabe expresarse y un sentido inflado de nuestra importancia en la vida de los demás. ¿Por qué otra razón se dispararía alguien un comentario sobre otra persona, sin que sea solicitado previamente?
A mis amigas les doy una oportunidad (las amenazo): “¿De verdad quieres saber mi opinión?” Ya les he compartido a ustedes mi carencia de empatía, lo que me hace tener pocas delicadezas en el momento de expresarme. Por lo mismo, prefiero verme bonita (o sea, mantenerme callada), porque: 1. Si lo que están haciendo, tienen puesto, dicen, piensan o creen no me afecta a mí de forma directa, no tengo ningún derecho de pronunciarme al respecto; y, 2. Les tengo el suficiente respeto como para creer que ya están grandecitas y saben lo que hacen.
Claro que esto no aplica para los hijos. Bueno, no siempre. Se ponen las reglas de cada casa y se refuerza su cumplimiento (sí, suena a estado militar, qué les puedo decir). Pero si la niña se quiere poner una blusa morada con el pantalón rojo y las calcetas verdes, pues… que salga en fachas. Prefiero que encuentre su estilo. Todavía llevo quemado el recuerdo de los vestidos de panalito que mi santa madre me zambutía hasta los 10 años. Y yo era una niña grande, que parecía como de a 12. Con colitas y listones y calcetas caladas y toda la cosa. Fatal.
Tal vez si nos liberamos de la idea que la conducta y apariencia personal de los demás nos impacta directamente a nosotros, somos más felices. Es una carga adicional que no tenemos por qué llevar. El lema “me pela tu vida” es casi un acto de amor. Aprendiendo a querer a los demás como son, no importándonos qué hagan ni cómo se miren, somos mejores amigos. Y siempre tenemos la opción de alejarnos de las personas que nos hagan daño.
Claro, de casi todas esas personas. Mi tía viejita, la que hace los comentarios de arriba, a ella no la puedo dejar de ver. Todas las semanas. Le abro el carro, me siento, suspiro y espero el saludo de turno. Lo mejor que me ha dicho últimamente es: “Mija, te veo algo delgadona.” Me daré por dichosa.

El Centro del Universo

Soy yo. Por supuesto. Como dice una sabia amiga mía, “Cómo no me voy a querer, si he estado conmigo desde que nací.” Soy la primera persona de la que estoy consciente cuando despierto y con la última que convivo cuando me duermo. Aún en mis sueños, allí estoy yo, siempre. La dichosa objetividad es un mito, porque sólo puedo observar, procesar, pensar, experimentar, desde los confines de mi cerebro. Me asalta la duda si lo que yo percibo como el color “rojo” es el mismo que alguien más, o yo interpreto la frecuencia de luz que emite el “rojo” como alguien más mira el “azul”. No hay forma de saberlo.
Aprender a quererse uno mismo es una de las luchas de la vida, porque de tantas etiquetas que usamos para describirnos, muy pocas son cariñosas. Si le habláramos a otra persona como muchas veces nos tratamos a nosotros, pocas personas tendrían amigos. Los adjetivos a veces han germinado de las semillas plantadas por nuestros padres, quienes, aún con la mejor de las intenciones, a veces la cagaron. Decirle a un niño que es tal o cual cosa es armarles el corral dentro del que se moverán por mucho de su vida si no aprenden a saltarse la barda.
Pocas veces miro al espejo y no busco el defecto, cuando podría enfocarme en cualquier otra cosa. El barro en la punta de la nariz pesa más que el resto de la cara. Y así, somos nuestros compañeros de vida más cargosos. Si el centro de nuestro universo está dañado, todo lo demás sale de su gravedad. Dichos como “La caridad empieza en casa” también aplican para la propia persona. Incluso, el mandato toral de la religión de muchas personas es “Ama a tu prójimo, como a ti mismo.” Si no me amo yo, cómo se lo voy a pasar a los demás.
Carecer de empatía es un reflejo de la necesidad de control, de perfección, de rigidez. Lo sé muy bien, empática no soy. Estoy aprendiendo. Porque tengo hijos a quienes amar y hacer sentirse amados. Por eso estoy siendo más compasiva conmigo misma. Más paciente. Más autoempática. Más cariñosa.
Y, también por eso, no se asusten si alguna vez, frente a un espejo, me escuchan cantar bajito: “¡Qué bonita soy, qué linda soy, cómo me quiero!” Los invito a unirse al coro. Su universo se los agradecerá.

Mi Papá Decía…

…”Todo tiene modo y se hace suavecito” … “No hay nada peor que un tonto con iniciativa” … “No hay enano bueno (refiriéndose al cócker de mi mamá que salía a pelearse con el rotweiller de la cuadra, para bienestar económico del veterinario)” … Pero de todos sus dichos, el que más problemas me causaba y lo sigue haciendo, es “Lo perfecto es enemigo de lo bueno.”
Nunca lo he entendido. ¿No se supone que hay que hacer siempre las cosas lo mejor posible? ¿Que el ser humano está llamado a alcanzar la perfección?
Hay cosas que simplemente he dejado de hacer, porque no me salen bien. Bueno. Sí me salen bien, no me salen perfectas. ¿Para qué hacer algo si no se hace perfecto? Me molesta mucho que me corrijan, no por falta de humildad, sino por frustración.
Y así nos quedamos muchas veces, paralizados por el temor de que algo no nos salga perfecto, aunque lo hagamos bien. Lo jodido es que la perfección es una pared que se escala sin fin, porque nunca deja de crecer. Sencillamente siempre se pueden hacer mejor las cosas. La clave está en hacerlas e irlas mejorando.
Si sólo existieran las cosas con errores, no tendríamos ningún app. Los desarrolladores sacan un modelo que funciona y le arreglan los bichos en el camino, para eso están las actualizaciones. No podríamos estudiar, porque nunca lo aprenderíamos todo. Jamás hablaríamos otro idioma, aunque podamos comunicarnos. Yo jamás me hubiera metido a hacer karate hace menos de un año. Me sale torcido, me confundo entre derecha e izquierda, doy las vueltas para donde no son y los niños de 8 años tienen más coordinación que yo. Pero siempre quise hacerlo y, en vez de aplastarme con las otras mamás a esperar que los peques entrenen, allí me pueden ver, haciendo vueltegatos con pulgas que me llegan a la cintura. Haciendo payasitos. Haciendo ruedas. Haciendo katas cheretas. Haciendo el ridículo porque no me sale perfecto. Nunca me va a salir perfecto. Pero alguna vez me va a salir bien.
Para mientras, cada vez que el perro enano de mi suegra me muerde los zapatos cuando me mira y me ruptura el tímpano con sus dulces ladridos, me recuerdo de mi padre y concedo que no hay enano bueno.

Las Relaciones Enfermizas

No lo puedo dejar. Me incomoda, me lastima,  me tortura, pero siempre regreso a él. Lo valoro por sobre los demás que me tratan mucho mejor. Es mi fiel compañero desde hace muchos años y siempre le he tenido un cierto resentimiento. Veo a otras por la calle que pueden darse el lujo de no necesitarlo. Yo, en cambio, no pongo un pie fuera de mi casa sin él. Imposible presentarme ante el mundo sin brassiere. Detestable artefacto de tortura, difícil de conseguir, costoso de comprar. Si uno encuentra uno bonito, no es funcional y los funcionales, pues… no son como para concurso de sensualidad. Pocas relaciones así de tormentosas y dependientes.
Todos tenemos algo o alguien que nos hace sentir así. Una piedra al cuello es más fácil de soportar que algunas reuniones familiares a las que se está “obligado” a asistir. Los comentarios afilados de la gente que nos quiere, parten el espíritu con una presición de láser de oculista. Unos zapatos que nos encantan, pero que nos dejan los pies como que hubiéramos caminado sobre brasas. Una cuenta de Tuiter que nos revuelve el hígado cada vez que la leemos.
Lo pesado en todos esos casos es una pura ilusión. Nadie está obligado a tener contacto con cosas o personas que le molesten. Con ninguna. Por supuesto que el cortar el hilo conductor tiene consecuencias, sólo es cuestión de medirlas y ver en dónde se encuentra el mayor bienestar. ¿Le cae mal cómo escribe alguien en su tl? Deje de seguirlo. ¿No le gusta una religión? No la profese. ¿Le parece que cierta conducta sexual está mal? No la practique. ¿Los zapatos le sacan ampollas? No se los ponga. ¿Una persona lo lastima? Deje de verlo. Por lo menos podemos tener el consuelo de la posibilidad de tomar decisiones como éstas.
En teoría, yo podría salir de la casa con las comadres sueltas y ser feliz. En la práctica, ayer se me olvidó empacar el bra en el maletín del gimnasio y pasé la mañana más incómoda de mi vida. Lo primero que hice cuando regresé a casa fue ponerme un sostén. Lo maldije a la media hora.

Limitantes Naturales

Hasta ayer, en mi casa sólo había una planta: una maceta de violetas puesta en la ventana de la cocina. La bendita planta florea constantemente, un revuelo de morado que alegra la vista de cualquiera que entra al lugar. Yo procuro ni siquiera verla demasiado. Tengo tan mala “mano” para las cosas verdes, que se me muere hasta la mala hierba. Alguna vez intenté darle una compañera. La violeta nueva murió y la que quedó se resintió tanto, que dejó de dar flores durante tres meses. Delicada la infeliz.
Simplemente, la horticultura, orquideología (no se dice así, pero así se entiende), plantación de hortalizas, sembrado de rosas, cuidado de macetas, ni regado de cactus son mis fuertes. Tampoco pararme de manos, montar en bicicleta, distinguir fácilmente entre izquierda y derecha, atrapar una pelota, bailar con ritmo, la geografía y el recordarme del nombre de las personas (aunque me las hayan presentado mil veces), entre muchas otras. Tengo, como todo el mundo, límites naturales impuestos por mi estructura corporal (jamás hubiera podido ser gimnasta olímpica, ni baletista), mi (falta de) destreza física, la poca atención mental que ocupo para ciertas cosas y mi carencia de empatía.
En general, las personas que más se esfuerzan en desarrollar una destreza, la que sea, que no tienen en abundancia natural, son las que terminan dominando de mejor forma el tema que les interesa, aún más que alguien para quien se le hace fácil y no le pone atención. Por eso se nos dice a los nuevos padres que no se deben felicitar cualidades innatas de los niños como ser “inteligentes”. Se les recalca lo orgullosos que podemos estar de su esfuerzo. Porque los humanos poco podemos cambiar de las cosas con las que nacemos. Pero definitivamente tenemos dominio de qué hacemos con ellas.
Nuestras limitantes son las fronteras que podemos traspasar para encontrar nuevos mundos, mejores experiencias, más autoconfianza. Después de más de 35 años, aprendí a hacer una rueda, lo que me dio más satisfacción que cualquier otra cosa que, tal vez haya podido desempeñar mejor, pero que no me costó el mismo esfuerzo.
Por eso, ayer, adquirí un precioso tulipán en maceta. Hay que regarlo una vez a la semana, secar los bulbos cuando deje de florecer, meterlos tres meses a la refri y replantarlos dentro de un año. Por el momento, ya pasó 24 horas vivo bajo mi cuidado.

Los Benditos Pecados Capitales

“Ah, Vanidad, mi pecado favorito”, concluye el personaje de Al Pacino en El Abogado del Diablo (si no ha visto la película, deje de leer esto de inmediato, consígala, mírela y luego puede regresar conmigo). No sólo esta lica habla de los pecados “capitales”, que son 7, como el título de la película con Brad Pitt. Tampoco la literatura se salva de nombrarlos, como podrán atestiguar Dante y Virgilio en su famoso paseo por el Infierno (de los tres libros, el Infierno es, por mucho el más entretenido. Allí, Dante rostiza, cuelga, desholla, ahoga en excrementos, etc., a sus enemigos. Simpático.)
Todos caemos en uno, dos, o varios de ellos en algún momento de nuestras vidas. Somos más vulnerables a uno en particular, que es al que regresamos como mujeres maltratadas.
El mío es la vanidad. Por mucho. La gula y la pereza se pelean el segundo lugar, pero cada vez que me quiero meter dentro del bote de Nutella, la vanidad me susurra en su verde voz y me aleja de las garras gorditas de la gula. Mi cama se convierte en un vientre vaporoso que me incita a visitarlo, pero allí va de nuevo la vanidad a sacarme del letargo y hacerme partirme la madre.
Bendita vanidad. Porque todas las cosas “malas”, aún los clasificados pecados capitales tienen algo bueno qué sacárles. Los humanos sólo somos tan fuertes como la más fuerte de nuestras debilidades, esas cualidades que llamamos “defectos”. Pero todos podemos aprender a tomar ventaja de esas carencias.
Una persona con deficiencias de veracidad puede utilizar toda esa energía en inventar cuentos, fantasías y enriquecer el mundo con historias épicas. Nadie calificaría a Tolkien de “mentiroso”, al contrario, se le tiene en la cima de las épicas fantásticas.
¿Qué sería del arte culinario sin personas que padezcan de debilidad por la comida? Terminaríamos comiendo un menjurge pastoso con todos los nutrientes necesarios para subsistencia, pero sin nada del placer.
La pereza es la madre de todos los inventos que utilizamos para facilitarnos la vida. ¿O qué? ¿Mejor seguir lavando la ropa en el río sobre una piedra, en vez de apachar un botoncito en la lavadora? No. Gracias.
El chiste es conocernos a nosotros mismos, saber en dónde flaqueamos y utilizar esas debilidades a nuestro favor. Lo más difícil es el primer paso, porque estamos acostumbrados a ver nuestros defectos únicamente como eso: defectos. Todo tiene dos caras, hasta las virtudes. Y, así como la mejor forma de vencer una tentación no es enfrentarla, sino salir huyéndole lo más rápido que se pueda, lo ideal para superar un defecto no es luchar contra él, sino utilizar su fuerza para ser mejor.
Por eso, yo también prefiero la vanidad sobre los demás, porque me empuja a vencer mi gula y mi pereza. Y también soy abogada, tal vez por eso me gusta tanto esa película.

El “No” en Positivo

“No me quiero ir a dormir.” *Lo mandan a dormirse. “No me quiero comer el brócoli.” *Lo hacen tragarse el arbolito. “No quiero hacer deberes.” *Termina sentado haciendo lo que tiene que hacer. Y así, la infancia y mucha de la adolecencia se pasa uno diciendo que no quiere hacer algo, sólo para hacerlo de todas formas y, encima de todo, sin poder alegar.
El “no” es una palabra poderosa. Tanto así, que si usted le da una instrucción en negativo a una persona, como: “No me traiga papaya”, diez a uno que la fruta más prominente en el plato va a ser la que más le ofende. Porque nuestro cerebro tiende a borrarla cuando la escucha. Por eso se dan instrucciones en positivo a los niños: “Ven. Siéntate. Suelta. Deja. Respira.”
Cuando uno es padre, son contadas las veces que permitimos a los niños ejercer el “no”. Es en aras de la convivencia social dentro de la casa. Pruebe usted soltar a sus hijos a que hagan lo que les venga en gana y después me cuenta qué tan rápido va a buscar el palito con el que algunas personas disciplinan a sus hijos (en serio, hasta los venden. Sin comentarios.) Pero existen áreas de ejercicio de opciones, sobre todo las más personales, en las cuáles es casi obligatorio: si el niño no le quiere dar un beso al extraño que lo está saludando, déjelo; si ya no quiere comer, que se levante de la mesa, eso sí, que se espere hasta el siguiente tiempo de comida.
Poder decir que no implica que uno sabe decir que no. Si nos enseñaran cómo desde temprano, probablemente no nos juntaríamos con dos compromisos sociales a la vez, no hubiéramos salido con el monstruo de la laguna negra que todos tenemos en nuestro pasado y podríamos establecer mejores límites en nuestras relaciones. “No (inserte el nombre del(a) jefe aquí), no voy a trabajar el sábado. Le termino todo en el tiempo acordado, pero mi tiempo personal no se lo doy, si no me lo paga.” ¡Ja! Suena difícil, ¿verdad? Pues así debería ser con todo. “No gracias, no quiero salir contigo.” “No gracias, no puedo ir a tu fiesta.” “No gracias, no quiero drogas.” Etc., etc.
El sólo hecho de poder decir que no, libera tiempo, energía, emociones y posibilidades para hacer otras cosas. Pero, como dijo el Tío Ben, con un gran poder viene una gran responsabilidad. El no es simplemente un director de opciones conscientes, que nos hace darnos mejor cuenta de lo que hacemos. Y sí, el riesgo es caerle mal a la gente, pero el premio es más libertad. Hay que pesar qué prefiere uno.
Para mientras, tengo que ir a ejercer mi obligación de decirle a mi hija enferma, que no puede salir de la cama. En fin.