El tiempo fuera del tiempo

La niña, luego de un fin de semana de no comer más que cosas de caja, amaneció con dolor de estómago. De esperarse, comprensible y completamente perturbador del lunes y sus vueltas. Porque, cuando uno de los dos está enfermo, me toca quedarme con ellos, viendo caricaturas o acostada con ellos, dependiendo de la gravedad.

Así que he pasado en mi cuarto, viendo salir el sol, viendo pasar varios programas de niños y viendo cómo me duermo y despierto como si la enferma fuera yo.

El tiempo que pasamos haciendo cosas que no están dentro de nuestras actividades normales se siente elástico. Como irse de vacaciones, entrar a un curso especial, hasta estar en cama con alguna enfermedad. Tal vez dan ganas de no haberlo «desperdiciado». Piensa uno en tantas cosas que pudiera estar haciendo. Pero la pausas también sirven, aunque sean involuntarias. No siempre se puede hacer todo lo que uno quiere. Ni aún cuando se está con algún impedimento. Y está bien.

Aproveché para reconectar con lo que está viendo la niña, para escribir, para leer y para dormir. Y dormir. No es tiempo perdido, es tiempo metido en el frasco que contiene ese líquido viscoso y brillante de los momentos vacíos invertidos en no hacer nada.

La niña se curó a la media hora de haber pasado el bus. Normal.

No queremos todo lo que queremos

De pequeña ansiaba maquillarme. Era un tema recurrente en mi casa. Y no tenía permiso de hacerlo hasta tener 15 años. Todas mis compañeras de clase eran un año mayores que yo, así que yo me sentía en franca desventaja.
Uno tiene metidas cosas en la cabeza que cree que quiere. Parrandear, salir del país, tener pareja, vivir solo. Vemos situaciones desde fuera con el brillo que les otorga la distancia. Todo el mundo se mira bonito de lejos.
Ya cuando uno está en el ideal esperado, le encuentra todos los defectos: parrandear mucho es agotador y caro y uno ya tiene responsabilidades. Vivir solo, pues… llega el domingo por la tarde y no hay un hombro donde dejar el suspiro de la semana.
Decimos muchas veces que «no es lo mismo verla venir que bailar con ella». Y es cierto. Pero también he visto que la gente más feliz es la que, aún apreciando los defectos de sus sueños hechos realidad, aprecian tenerlos. Algo así como un homenaje al niño que los soñó.
Cuando cumplí 15, recibí una bolsa enorme de maquillaje. Que usé tan poco que primero se vencieron la mayoría de cosas que llevaba dentro. Resulta que no me gusta maquillarme todos los días. Pero cuando lo hago, saco a mi yo de 5 años para que se entusiasme.

El ser esponja

Somos esponjas que absorben la felicidad,

nos ensanchamos, crecemos

para regresar a nuestro tamaño

cuando pasa el momento.

Lo único que nos cambia,

es la tristeza,

que llega con un par de tijeras

y nos quita pedazos,

nos transforma, nos rearma.

Para luego volvernos a llenar,

cuando llega otra vez la felicidad.

Diferentes.

Abrazarnos

La mayor parte de mi día la paso sola. En el carro, en el súper, en mi casa… luego entran los niños y ya no estoy sola, pero tampoco estoy «acompañada».

Las redes sociales nos sirven para darnos un sentimiento de comunidad. Buscamos grupos de personas con intereses en común. Nos sentimos bien cuando recibimos un «like» en una de nuestras fotos. Nos reímos de los chatuiteos interminables. Y está bien.

Pero que eso sea la parte prioritaria de la conexión que necesitamos como personas… Con nuestras necesidades básicas cubiertas, ansiamos otro tipo de recompensas por estar vivos. Un sabernos «conocidos» y apreciados, que sólo se obtiene en compañía. Claro que primero tenemos que aprender a ser buena compañía para nosotros mismos.

Pero, al final de mi día, yo sí quiero un momento de intimidad. De cariño dado y recibido. De compartir vida. Tal vez es cuando uno se da cuenta de esto que cuestiona relaciones insatisfactorias, que sólo aportan un cuerpo tibio al lado, pero no un humano que camine con uno.

Es precisamente porque sé lo que quiero, que no me conformo con menos. Y por eso mismo sé que se puede tener.

No hacer nada tampoco es malo

A mí me es mucho más fácil manejar el enojo que cualquier otra emoción negativa. Enojada, me siento con energía para cambiar las cosas que no me gustan, para poner límites, para gritar, para salir corriendo, para algo y para todo. No es la mejor emoción para tomar decisiones mesuradas, seguro, pero sí la que más me ayuda a salirme de situaciones desagradables.

Hay una serie de emociones que nos ayudan a navegar en nuestras vidas, que nos ayudan a conectar con los otros seres humanos, a crecer interiormente, a formarnos, a madurar. La vida es una serie de saltos de emoción en emoción, debiendo ser la más constante de ellas un sentimiento de paz y contento (no euforia), para no morir de estrés. Buscamos también las emociones fuertes que nos hacen sentir algo más que sólo sobrevivientes del día a día. Pero rara vez buscamos la tristeza como opción.

Pero resulta que en la tristeza nos damos cuenta qué cosas ya no regresan y nos damos tiempo de sentir el dolor que nos causa su ausencia. La tristeza nos hace quedarnos quietos un momento, aceptar que no hay nada que podamos hacer y seguir.

El enojo es rico. Pero no siempre ayuda. La tristeza es dolorosa, pero no siempre es mala. Lo malo es no querer sentir. Porque nos deshumaniza, nos quita una parte de nuestra experiencia de vida. Y porque lo que se esconde, tiene la tendencia a crecer en la oscuridad como un monstruo que luego nos devora. Y eso sí es malo.

Me falta dormir

Mi vida entera parece hecha alrededor de cuándo tengo que ir a dormir y cuántas horas voy a poder hacerlo. No es así de sencillo. Como si supiera que no hay tanto tiempo para hacer todo lo que quiero hacer y quisiera estirar las horas a mi disposición. «Duermo cuando esté muerta», he dicho varias veces.

Hasta que, en días como hoy, efectivamente me siento muerta. Ando lenta, se me extravían cosas que tengo en la mano, juego a dar mil vueltas por la casa. El sueño es como la cámara de regeneración de nuestro cerebro. Pero cuesta dejar tanto control. Aún a nosotros mismos. No sabemos qué es lo que se supone que nos va a enseñar el subconsciente.

Pero, lo cierto es que si no dormimos, estamos más propensos a enfermar, a engordar y a encachimbarnos. Y a no ser nada humanos.

Yo necesito dormir. Y mi adultez interfiere.

Ojalá lo logre hoy. Si no, no puedo ni escribir.

El tiempo que no pasa

Los fines de semana son especiales, porque no están sujetos a los horarios de entre semana. Nos movemos entre renglones un poco más rígidos y se nos van las horas. Hasta que nos topamos con un día sin hora de despertar. Sin compromisos. Sin comidas establecidas. El tiempo se detiene o, por lo menos, nos envuelve en una melcocha que se desliza lenta y chiclosa.

El tema del paso del tiempo es tratado hasta por la ciencia. Que si la relatividad, que si las dimensiones, que si la aceleración. Y todo termina en una conclusión poco entendible: el tiempo es un constructo de nuestras mentes que sólo sirve para entender el mundo en el que vivimos. La realidad, tal y como la podemos procesar en nuestros limitados cerebros, no existe. O existe en forma parcial.

A mí me cuesta no ser absoluta. Me gustan las cosas en los extremos de la experiencia y no sirvo mucho para contemporizar mis opiniones. Algo que tengo que aprender a hacer si no quiero irme a vivir sola a una isla desierta. Igual con el tiempo. También es bueno experimentar el tiempo vacío, lento, para poder ver hacia adentro. Aunque duela.

Allí es en donde está el verdadero crecimiento. Y allí es también en donde se encuentran todos nuestros fantasmas. Sólo hay que entender que los recuerdos nos hacen daño hasta donde los dejamos. Y que el tiempo, aunque no exista, pasa.

Los cambios que nos definen

Estoy en mi etapa de no pintarme el pelo. Jamás me lo he peinado, pero sí lo he tenido de casi todos los colores, desde el rubio platinado hasta el rojo bombero, pasando hasta por una etapa de morado. Cambios insustanciales a mi persona, pero que me complementaban en cierta forma la etapa de la vida por la que pasaba.

La imagen, eso que vemos ante un espejo, es la parte más demostrable de qué es lo que somos. La ropa que vestimos le dice a la gente en qué humor/actividad estamos, el estado físico en el que nos encontramos demuestra nuestro nivel de ejercicio y clase de comida, qué tan arreglados vamos habla del tiempo que le dedicamos a esas cosas. Es fácil, cómodo juzgar a la gente por su apariencia física. Es la solución rápida, la que le permite a nuestro cerebro clasificar lo que nos sucede y con quién hablamos. Pero es demasiado superficial.

No podemos hablar de cambios en nuestras vidas con un simple corte de pelo. No somos más o menos felices de verdad por tener un pantalón nuevo (aunque sí es bonito comprarse ropa). Lo externo le habla en lenguaje simplificado al mundo, de lo que puede estar sucediendo en nuestro interior. El tomar un rumbo diferente en la vida, cambiar de trabajo, comenzar una nueva actividad, dejar algo dañino, mejorar hábitos… Todo eso sólo se hace por adentro y a veces no se refleja afuera hasta que el cambio está asentado.

El pelo, las arrugas, la ropa… Nos quedamos clavados en lo que nos vemos. Inconsecuente para lo que se vive, o, cuando más, un simple complemento. Ojalá lo aprenda antes de tener que entregar el empaque.