De pequeña ansiaba maquillarme. Era un tema recurrente en mi casa. Y no tenía permiso de hacerlo hasta tener 15 años. Todas mis compañeras de clase eran un año mayores que yo, así que yo me sentía en franca desventaja.
Uno tiene metidas cosas en la cabeza que cree que quiere. Parrandear, salir del país, tener pareja, vivir solo. Vemos situaciones desde fuera con el brillo que les otorga la distancia. Todo el mundo se mira bonito de lejos.
Ya cuando uno está en el ideal esperado, le encuentra todos los defectos: parrandear mucho es agotador y caro y uno ya tiene responsabilidades. Vivir solo, pues… llega el domingo por la tarde y no hay un hombro donde dejar el suspiro de la semana.
Decimos muchas veces que «no es lo mismo verla venir que bailar con ella». Y es cierto. Pero también he visto que la gente más feliz es la que, aún apreciando los defectos de sus sueños hechos realidad, aprecian tenerlos. Algo así como un homenaje al niño que los soñó.
Cuando cumplí 15, recibí una bolsa enorme de maquillaje. Que usé tan poco que primero se vencieron la mayoría de cosas que llevaba dentro. Resulta que no me gusta maquillarme todos los días. Pero cuando lo hago, saco a mi yo de 5 años para que se entusiasme.
