Los fines de semana son especiales, porque no están sujetos a los horarios de entre semana. Nos movemos entre renglones un poco más rígidos y se nos van las horas. Hasta que nos topamos con un día sin hora de despertar. Sin compromisos. Sin comidas establecidas. El tiempo se detiene o, por lo menos, nos envuelve en una melcocha que se desliza lenta y chiclosa.
El tema del paso del tiempo es tratado hasta por la ciencia. Que si la relatividad, que si las dimensiones, que si la aceleración. Y todo termina en una conclusión poco entendible: el tiempo es un constructo de nuestras mentes que sólo sirve para entender el mundo en el que vivimos. La realidad, tal y como la podemos procesar en nuestros limitados cerebros, no existe. O existe en forma parcial.
A mí me cuesta no ser absoluta. Me gustan las cosas en los extremos de la experiencia y no sirvo mucho para contemporizar mis opiniones. Algo que tengo que aprender a hacer si no quiero irme a vivir sola a una isla desierta. Igual con el tiempo. También es bueno experimentar el tiempo vacío, lento, para poder ver hacia adentro. Aunque duela.
Allí es en donde está el verdadero crecimiento. Y allí es también en donde se encuentran todos nuestros fantasmas. Sólo hay que entender que los recuerdos nos hacen daño hasta donde los dejamos. Y que el tiempo, aunque no exista, pasa.
