Mi vida entera parece hecha alrededor de cuándo tengo que ir a dormir y cuántas horas voy a poder hacerlo. No es así de sencillo. Como si supiera que no hay tanto tiempo para hacer todo lo que quiero hacer y quisiera estirar las horas a mi disposición. «Duermo cuando esté muerta», he dicho varias veces.
Hasta que, en días como hoy, efectivamente me siento muerta. Ando lenta, se me extravían cosas que tengo en la mano, juego a dar mil vueltas por la casa. El sueño es como la cámara de regeneración de nuestro cerebro. Pero cuesta dejar tanto control. Aún a nosotros mismos. No sabemos qué es lo que se supone que nos va a enseñar el subconsciente.
Pero, lo cierto es que si no dormimos, estamos más propensos a enfermar, a engordar y a encachimbarnos. Y a no ser nada humanos.
Yo necesito dormir. Y mi adultez interfiere.
Ojalá lo logre hoy. Si no, no puedo ni escribir.
