Las percepciones de nuestra vida

Siempre me he preguntado si el rojo que yo miro es el mismo rojo que mira otra persona o si a lo que yo le digo rojo él lo mira como a lo que llamo azul. También siempre he llegado a la conclusión que importa poco, mientras ambos le digamos de la misma forma a lo mismo, aunque lo percibamos diferente.

El problema con el lenguaje humano es que no es un simple sistema de símbolos. Es un entramado complejo de cosas, sensaciones, sentimientos, representados por palabras que pesan mucho más que las letras que las conforman. Así, para mí una flor puede ser una flor, pero para alguien más puede representar la última vez que vio a su perro que se comió una flor venenosa y se murió. Qué sé yo.

Y allí va uno por la vida, cargando toda esa maleta de percepciones propias acerca de la realidad que nos rodea y que tenemos que lograr compaginar con las percepciones de todo el resto del mundo. La forma en la que nos afectan ciertas palabras tiene más qué ver con lo que llevamos dentro que con los hechos concretos que nos suceden. Caminamos un filo delgado entre lo que debemos entender que sólo pasa en nuestra cabeza y lo que realmente nos afecta y no podemos tolerar.

Llamarle a las cosas con el mismo nombre y darles un significado diferente, es el principio del rompimiento de cualquier relación. Así se han comenzado muchas guerras. Al final del día, ¿qué más da? Yo puedo llevar mi percepción conmigo y seguir funcionando en el mundo de afuera. O, por lo menos, eso trato.

La verdad a lo bruto

Mi mamá me enseño a nunca preguntar si a alguien le gustaba lo que hacía. Sacaba el vestido recién bordado, el pastel recién horneado, el nuevo corte de pelo y decía «¡qué lindo está, ¿verdad?!» Me explicó alguna vez que no era porque quisiera sólo adulación, sino que porque ella, en ese momento, no estaba buscando una crítica constructiva sino sólo compartir su felicidad por haber participado en algo que la había dejado satisfecha.

Decir mentiras es malo. Mucho. Mina la confianza, ese animalito frágil y delicado que no se recupera fácil de las heridas y que sostiene las relaciones. Pero, decir la verdad sin filtros, hiere los sentimientos y la autoestima de la persona que recibe un «qué mal te queda ese vestido». O de un «la verdad, es que no sé si te quiero». Las opiniones de los demás nos van importando en la medida en que vienen de alguien que nos importa. Obvio. También es obvio que la persona cuya opinión más nos debe importar es la nuestra. Pero, pero, uno entrega pedazos de corazón y se muestra vulnerable, precisamente para compartirse en lo bueno y en lo malo y allí es en donde el limón de la crítica sin barniz cae en la herida abierta.

Uno es dueño de sus sentimientos y ese proceso de filtrar las emociones es una de las metas del crecimiento emocional. Cosa que se va felizmente al carajo cuando la pareja le contesta a uno: «Pues sí, creo que te engordaste, deberías dejar de comer un poco.» Aunque sea cierto. Tal vez todos deberíamos aprender a no hacer preguntas para las que no queremos respuestas. Y a salir al mundo diciendo que uno esta bonito. O al menos, bonito-ish.

Cuando no escribo

Me pasé desde el jueves sin escribir. Tengo como un poquito de vacío de palabras, tal vez porque me tardé desde noviembre en escribir un «libro» que se lee en tres horas (si se lee lento y uno se levanta a prepararse un café). Es extraño cómo se llena tan poco tiempo efectivo con tantas letras. Así que, he estado leyendo. Rayuela (Cortázar me va a convencer que, ni escribo bien, ni entiendo lo que leo), a Bolaño, a Borges, a Martínez, a Restrepo, a Montano… La vida no alcanza para lo que uno «debería» leer, menos aún para lo que uno «quisiera» leer.

Uno tiene ocupaciones favoritas a las que regresa en momentos de más necesidad. O de felicidad. O de tristeza. O de vivir. Generalmente es eso que nos hacían hacer de pequeños y en donde más seguros nos sentimos. Costumbres como cocinar y comer rico para celebrar un triunfo. Hábitos como despertarse temprano y tratar de estar felices, aunque después el día nos arruine el buen humor. Deportes, juegos de mesa, lecturas, música. Todos encontramos lugares y actividades en dónde retomar nuestro centro.

Resulta que ahora tengo que revisar todo lo que escribí. Ya voy por una tercera parte y, en vez de escribir más, estoy quitando palabras que me parece que estorban. Así que probablemente se lea en 2 horas cortas. Eso, o me disparo capítulos intercalados con una historia completamente diferente. Pero, para mientras, leo. Porque necesito volver a llenarme de palabras.

La medida de la importancia

Tengo examen de karate hoy en tres horas. Siempre me pongo nerviosa. No sólo porque ya me rompieron una mano una vez, sino porque es algo importante para mí. Y, obvio, así pasa con todo. Con la gente, con las cosas, hasta con la comida. Me afectan las cosas que me son cercanas.

Tenemos una capacidad limitada para brindarle atención a las cosas que nos rodean. Inclusive cuando hacemos algo que queremos, perdemos el enfoque durante algunos segundos. Nos volveríamos locos con tanta información que tenemos a nuestro alrededor. Lo mismo con nuestros afectos y cuánto nos volcamos en las cosas.

Mientras más distantes nos mantenemos de lo que tenemos a nuestro alrededor, menos ocasiones de estresarnos. Pero, ¿cuándo hemos podido lograr nada importante sin involucrarnos emocionalmente?

La vida se vive sintiéndola. Preocupándonos por lo que hacemos. Queriendo dar lo mejor de nosotros. Alegrándonos cuando podemos, frustrándonos cuando no. Tal vez lo más importante es aprender que el entusiasmo lo ponemos nosotros y que siempre podemos sentirnos emocionados.

O nerviosos. Como si nos hubiéramos comido un animal con uñas y dientes y aún siguiera vivo dentro de nosotros. Así como me siento. Ya veremos cómo salgo.

No todo se puede al mismo tiempo

Soy fan empedernida de Mafalda. Desde pequeña, era de mis premios preferidos. Mi mamá no la aguantaba mucho, pero entendía el mérito de entender humor para una niña. Una de las tiras que más se me quedó grabada es cuando uno de los personajes le dice a otro que se imagine que todo estuviera «aquí». Así, todo. Sin espacio. Sin tiempo. Todo. Por supuesto, el otro se desmaya y el que hace la pregunta dice: «Sí, entendiste», o algo por el estilo.

La teoría unificadora de la física, esa que trata de explicar la contradicción entre un mundo newtoniano y uno einsteineano, pareciera querer decir eso. O por lo menos así la entiendo. Que todo lo que puede suceder, efectivamente ha sucedido o está sucediendo en universos paralelos y que lo único que tenemos qué hacer es poder navegar entre esas dimensiones. O sea, el argumento de muchas historias de ciencia ficción.

Es la mejor expresión de uno de los anhelos fundamentales de los humanos: lo queremos tener todo. Aunque sea mutuamente excluyente. Queremos estar en forma y comer lo que se nos ponga enfrente. Queremos los beneficios de la experiencia sin las cicatrices de las vivencias. Y, lamentablemente, así no se puede. Nos toca escoger entre dos cosas buenas todo el tiempo y eso es lo que nos desgarra, nos llena de conflictos, nos hace humanos empáticos. Porque el caminar entre la justicia y la misericordia es poder ponerse en los zapatos de la persona que tenemos al lado y tratar de entender sus circunstancias. Y las nuestras.

Yo siempre lo quiero todo. Pero en forma absoluta, no necesariamente inmediata. Estar presente en cada momento. Sentir con fuerza, aunque duela. Darlo todo. Si bien no es un todo al mismo tiempo, sí es un todo poco a poco. Hasta que no quede nada.

¿Y ahora para dónde?

Mi vida se vuelve a regir por las vacaciones de los colegios. Esa interrupción a una rutina bien establecida con días llenos de actividades que no se pueden eludir. Y los horarios ya no son míos. Aunque sí. Recuerdo que mis últimas vacaciones del colegio, antes de entrar a la universidad, se sintieron como nadar en un río calmado y tibio, con la corriente lo justo de rápido como para llevarme apaciblemente a una parte a la que quería llegar. De allí en adelante, he tenido muy pocos momentos así de reflexivos y tranquilos.

Vivimos tan preocupados del día a día, que se nos olvida cuestionarnos a dónde vamos con tanta prisa. Es muy fácil cuando uno está estudiando, porque la meta es muy fácil de identificar. Pero el diploma que uno recibe cuando termina la vida es el certificado de defunción y, pues, pocos tenemos mucha prisa por llegar allí. Tenemos momentos de crisis, fechas de cumpleaños con números redondos y fatales, pérdidas de seres queridos, que nos hacen cuestionarnos la dirección que le estamos dando al barco que navegamos. Está bien. Parte de crecer es precisamente no andar como zombie, sin consciencia de lo que hacemos.

El problema es no saber. No saber a dónde ir. No saber qué se quiere. No saber cómo obtenerlo. No saber si podemos. No saber si nos lo merecemos. Hace 15 años decía con toda certeza que el fin de la vida es ser feliz. Y eso se escucha precioso. Pero no me pregunten, por lo que más quieran, qué es «ser feliz». Cambia.

Hoy, es escribir. Tomar un gin. Escuchar música. Gozarme las vacaciones de los bichos. A veces no sé decir más que eso. Y está bien.

(Abs)Traerse 

De pequeña, mi actividad favorita era leer. Ocupación estimulante, emocionante, llena de aventuras, romances, decepciones, venganzas (todo eso se encuentra en El Conde de Montecristo junto, por ejemplo). Pero eminentemente solitaria. Me podía separar de una realidad que no me era del todo agradable y me metía a la que quisiera. Nunca dejaba un libro sin leer y poco era lo que me sacaba de mi concentración. Es difícil ponerle atención a una adolescencia medio solitaria (bastante) si en la mano se llevan mundos enteros.

Pareciera que, como humanos, necesitamos esas actividades que nos sacan de nuestro día a día. Algunas personas pintan, otras toman fotos, otras arman rompecabezas. Actividades sin muchos réditos económicos en su mayoría, pero que redondean vidas que, de otra forma serían grises como los días de junio. Uno sabe que está el sol detrás de las nubes, pero las últimas ganan la partida y llueve todo el día.

Lo interesante es que, bien llevadas, esas cosas que nos dan un respiro de nuestras vidas, muchas veces nos ayudan a continuar con esas realidades de mejor forma. Uno encuentra respuestas a problemas emocionales en una novela. O recuerda que le gusta la pareja cuando la retrata. O regresa la calma al cuerpo en vez de descargarla con los hijos. Un irse para volver. Un salirse para entrar. Un perderse para encontrarse.

Me sigue encantando leer, pero ya no lo hago con esa avidez de escapismo. Es una necesidad de rebotar las ideas que me rondan en la cabeza contra seres abstractos que me dicen cosas que necesito escuchar. Porque, al final del día, uno lleva el interior a cualquier parte que va y se fija en lo que lo refleja mejor. Y, si no lo han leído aún, vayan ahora mismo a agarrar El Conde de Montecristo.

Poseer el universo

El color de la noche que llevas en los ojos

absorbe la luz que sale de los míos.

Nos envolvemos en un olvido voluntario,

fuera de nosotros no hay nada más.

Juntos, tenemos al universo, porque nos tenemos.

Desperdiciar la genialidad

Me paso buena parte de mi día pensando en lo que voy a escribir, lo que estoy escribiendo, lo que quiero editar, lo que se me ocurre tuitear… Las ideas no siempre son lo suficientemente largas como para desarrollarlas en un artículo. A veces no dan ni para un tuit. Pero allí están y hay que atraparlas en el momento en que aparecen.

Se supone que Dalí pedía que lo despertaran cuando tuviera movimiento rápido de ojos (R.E.M.), para poder acordarse de sus sueños y pintarlos. Si es cierto, explica muchas de sus marcianadas geniales. Hay muchos artistas que se dejan llevar por algún tipo de estado alterado para crear. Los atletas de alto rendimiento hablan de estar en la «zona».

Creo que la inspiración sólo se aprovecha cuando tenemos costumbre de hacerle un espacio. Yo escribo siempre. Todos los días. No siempre es bueno. No todos los días. Pero siempre estoy preparada para que alguna buena idea caiga en la red de mi cotidianidad y la pueda plasmar. Algo así como aprenderse las tablas de multiplicar para poder hacer ecuaciones de tercer grado.

Los mejores resultados no siempre los obtienen las personas más talentosas, sino las más constantes. Cosa difícil de aprender, porque uno sólo mira el resultado final de años de entrenamiento. Como ver la punta de un iceberg. Por eso trato de escribir. Alguna vez mi persistencia estará a la altura de un pensamiento genial. Y yo estaré preparada.