Los días libres

Domingo llega y yo quiero una cerveza. Quien me lee y no me conoce puede pensar que es porque el sábado salí de parranda y el domingo estoy de goma. Pero no. Es mi cerveza de la semana, la que me doy permiso. Y allí está el núcleo del asunto: me doy permiso. Una vez a la semana me tomo una cerveza, porque me gusta, pero no tomo seguido y porque me recuerda a que eso hacía mi papá.

Tal vez tenemos cosas qué hacer todos los días que no son los libres y caminamos en carreteras estrechas y transitadas que no podemos sortear más que en la dirección que hemos tomado todos los otros días. Allí vamos. Porque la rutina hasta cierto punto lo libera a uno para tomar decisiones más importantes. Pero también nos hace caer en un ir y venir conocido y restringido, cómodo. Salirnos de allí también requiere de un esfuerzo, una pausa en el río que nos lleva hacia el mar al que nos enfilamos.

Tengo días libres los domingos y como shecas, tomo cerveza y a veces me sirvo un helado. También dejo de tener horarios, me levanto tarde y abrazo un poco más fuerte. Mañana lunes vuelvo al cauce de mi rutina.

Para más tarde

Me guardé el sol en el bolsillo

Calentando los besos que me mandas

Escapados de entre tus dedos

Y que voy juntando para pedírtelos.

Disipamos el aire a carcajadas

y recogí el sonido

para otro día que no fuera ese

pero sí cualquiera diferente.

Tengo muchas próximas veces

esperando turno de estrenarse,

luego las reúno entre papeles

y te las devuelvo escritas.

A veces los días hacen puente

entre un ya pasó

y un más tarde

mientras te espero.

No me lo esperaba

Me citó la maestra de la niña, una nota lacónica y sin mayores indicaciones del porqué. La recibí el lunes y tuve dos días para elucubrar. Malo, malo. No hay cosa peor que tener tiempo para imaginarse cosas que pueden suceder. Ese momento pequeño entre una llamada y su devolución me encuentra haciendo planes de funerarias y búsquedas de testamentos. Yo sé, qué fatalista.

Pero no es mi culpa. Nuestro cerebro está hecho para fijarse en todo lo malo y prepararse para los peores de los escenarios. Total, no era muy recomendable creer que el verano siempre estaría y no guardar para el invierno. Ni dejarle de hacer caso a la sombra que se deslizaba por la jungla, confiando en que no fuera más que el viento moviendo los árboles.

Todo tiene dos explicaciones, cuando menos y todo puede tener varias conclusiones más o menos buenas. Las expectativas son casi siempre nefastas, tanto si nos hacíamos ilusiones de cosas buenas como si pasamos días con la ansiedad anticipada.

La niña está haciendo protesta contra una maestra y la directora quería conocer la postura de ella. Nada grave, todo muy civilizado y no fue ni cerca lo que me esperaba.

Comparaciones

Ayer me vieron mejor que hace unos meses, lo cual definitivamente no es difícil, hace unos meses estaba hecha una piltrafa. Aún me siento así por dentro, sobre todo en los círculos nuevos que están debajo de mis ojos y en el cansancio que se quedó a vivir entre mis huesos, la angustia perenne que asoma debajo del cansancio y que de vez en cuando la siento en la garganta.

Pero estoy mejor. Que yo misma hace ratos. Que hace tres años. Que hace tres meses, que hace tres días. Definitivamente mejor que hace tres años.

Las únicas comparaciones que podemos hacer es con nosotros mismos y sólo con un poco de perspectiva y cariñito. Yo me quiero, al menos en este momento y me gusta sentirme menos ansiosa. Eso es hoy, no tengo ni idea de cómo esté mañana, porque ya no tengo ninguna expectativa fija de mis días futuros.

Supongo que, al final, todas las comparaciones son odiosas y me tocará seguir andando en vivo, olvidando lo que fue y no haciéndome ideas de lo que viene.

Nadie se fija

Algo me pasó y pareciera que hubiera recibido un buen golpe en la cara, debajo del ojo derecho. Al menos así se miraba ayer domingo y hasta lo sentía cuando cerraba los ojos. Hace unos años, eso me hubiera hecho salir con lentes oscuros. Ahora fue una simple molestia, porque sí me ardía. Hoy salí a la calle con mucha crema antialérgica, una ojera en negativo sólo debajo de un ojo. Cero vergüenza, máximo alivio.

Con la misma desfachatez hago súper en traje de karate y uso Keds porque son cómodos. O salgo en shorts cuando hace calor. Y nadie se fija. A nadie le importa.

Creemos que somos el centro del universo y es cierto en alguna medida. Somos el centro de nuestro pedazo de existencia, necesariamente, porque todo lo percibimos desde nosotros mismos. Es más, no hay otro punto de vista igual al nuestro, ni en todos los multiversos. Pero se nos escapa el que eso implica necesariamente que nadie más nos tiene en el mismo lugar en su vida. Cada uno vivimos primero adentro y luego nos mezclamos con el mundo exterior.

Darnos cuenta de esa clave de existencia libera. Porque nos deja tomar decisiones que nos competen sólo a nosotros con la liviandad de la indiferencia de los demás. A nadie le importa si voy en fachas a hacer mandados, si tengo el pelo verde (ya lo tuve morado) y si tengo tatuajes. Y si les importa, no son mi problema.

Admitir la derrota

En algún momento escuché que la costumbre de ponerle velo a las novias cuando se van a casar era para confundir a los dioses envidiosos y que no la pudieran reconocer en su día feliz. Pocas personas se alegran verdaderamente de nuestros triunfos y muchas veces nos quedamos para nosotros las cosas que nos hacen felices, porque no queremos invitar a que alguien nos pinche el globo. Por otra parte, las redes sociales están llenas de fotos de personas felices, parejas perfectas, niños genios y mujeres sin estrías que demuestran la total felicidad en la que viven.

Posteé hace unos días un pequeño recuento de lo difícil que me han sido estos últimos tres años y del proceso de reconstrucción que supusieron en mi vida y recibí una avalancha de muestras de cariño aunque sea a la distancia de las redes sociales que me hace pensar que en el camino de lo difícil vamos todos y que nos falta empatía para reconocer las dificultades por las que pasa el vecino. Nos deslumbramos por lo que muestran, pero rara vez es esa toda la realidad. Admitir la derrota en cualquier momento es como asegurar que se tiene lepra: pareciera que sólo atrae a los que quieren alimentarse de nuestra desgracia.

No entiendo. En ningún momento es normal estar alardeando de vidas perfectas cuando no son ciertas, pero tampoco está bien no poder compartir las alegrías que uno tiene porque van a ser criticadas. Y contestar un «estoy pasándola mal» cuando le preguntan a un cómo está tampoco debería ser visto como algo inaceptable. Tal vez lo que nos hace falta es saber exactamente cómo describir nuestros sentimientos y ser sinceros con nosotros y los demás. Y contenerse con las apariencias.

Un para siempre

Al tiempo se le roban los momentos

porque es un tacaño que sólo quiere seguir corriendo

como si no tuviera él también principio

y olvidara que va a tener un fin.

Ese fin que llega a morir en mi cama

cuando la comparto contigo

y tiene que detenerse, parar,

nada hay sagrado que no se despenique en tu boca.

La piel no conoce de los minutos

sólo siente una mano que le da sustancia

y si cierro mis ojos contra los tuyos

dejo de ver cómo se nos acaba.

Los para siempres llegan hasta el final

o hasta que. me quieras.

La nostalgia por cosas que no existen

Todo lo que está en el pasado, ya pasó. Y todo lo que viene, no existe. Al menos eso me repite la voz que guía mis meditaciones de madrugada, las que logro escuchar antes de comenzar el día. El paso del tiempo es la idea que nos obsesiona como humanos, desde crear mitos de mujeres hilando y cortando, hasta teorías astrofísicas y cuánticas de su principio. ¿Cómo puede tener principio el tiempo más que como un invento? La eternidad no puede medirse en tiempo, porque éste es finito.

Pero logramos atraparlo en nuestra mente hasta el punto de echar de menos cosas que no hemos vivido. El hecho que mi hija use un vestido que me hizo mi madre y que me duela que no pueda ver a su nieta, es del todo una pena inventada. Me hace falta algo que no está.

Nos proyectamos sobre lo incierto con deseos y miedos, cuando lo único que podríamos hacer de forma productiva es sentir lo que estamos viviendo ahora. Mañana tengo la oportunidad de hacer algo que me hacía falta. Y eso es a lo más que debería aspirar.

Estoy tratando

Tengo trabada una historia, la de mi bisabuela francesa y la he manoseado tantas veces que ya no sé qué recuerdo que me contaron y qué me he inventado yo. La mujer me parece fascinante, más grande que su propia realidad y no le hago justicia.

Nuestra historia personal está contada por muchas voces, desde que los recuerdos que nos evoca una fotografía de pequeños no son los propios sino los de nuestros padres. Yo no creo que tenga memoria del caballito de resortes pero sí tengo presente la foto y con eso, creo que algo recuerdo de haber jugado con él.

Somos en gran medida nuestros recuerdos, pero estos son fluidos, cambian todo el tiempo y eso me deja a la deriva de mi propia existencia. Hasta que pienso que yo no sólo soy el barco que va navegando, también soy el mar y el puerto y el faro. Simplemente es cuestión de punto de vista.

Así que estoy tratando de encontrarme en la historia de una mujer a la que no conocí, pero con la que he convivido, para hacerla mía.

Vértigo

La primera vez que me pasó, estaba sentada dándole de comer al niño que tendría un poco más de un año. Sentí que el piso era líquido y a mí me ponían en diagonal. Tuve que tirarme al suelo y arrastrarme al baño. No sabía qué me estaba pasando. Luego de muchos exámenes, resultó ser una reacción de mi cuerpo al cansancio.

Cuando algo nos sucede por primera vez, que no estábamos esperando, lo sentimos agrandado. Un primer dolor de parto, esa vez que rompieron nuestro corazón, una primera enfermedad… Nos saca de nuestra zona y no sabemos qué pasa. Las siguientes veces pierden filo, aunque no intensidad, por el simple hecho que ya sabemos qué va a suceder. O así debería de ser.

La siguiente vez que me dio vértigo, le pedí a alguien que me ayudara a pararme y caminar. Ya sabía qué hacer. No lo hizo menos desagradable, pero sí dejé de tener miedo.