El gato quiere salir

Estoy trabajando en la mesa del jardín. Es una buena forma de estar en el centro de la casa, viendo qué hacen los niños y no estar encima de ellos, suficiente lo hacen ya las paredes. Realmente es uno de los lugares más bonitos de la casa y estos días sin carros, parece uno de esos pedazos de mundo olvidados.

En la ventana, tratando de abrirla, está el gato queriendo salir. Antes lo dejábamos pasear un rato, pero un pájaro muerto y una panza abierta y operada dos veces después, desistimos de darle esa pequeña libertad. No contento con su destino, aprendió a abrir la puerta del cuarto de juegos, pasando noches enteras afuera, maullando y en un estado absoluto de felicidad. Ahora tenemos más cuidado, porque queremos al gato tonto y no queremos que se pierda o se lastime.

Supongo que los niños están un poco igual, queriendo salir. Puedo escuchar la voz pequeña de Fátima volverse cada vez más aguda e insistente, al niño dar vueltas por la casa sin terminar e sacar toda la energía que guarda su cuerpo en crecimiento.

Pero ellos tampoco pueden salir (ni yo, ni nadie), porque a ellos también los estamos cuidando. Espero que el mundo que nos reciba tenga espacio para todos.

Lo más lindo del mundo

Estamos acostados en la misma hamaca con el niño que ya casi es de mi tamaño. Cabemos hechos un nudo, él recitando los componentes de una computadora gamer que quiere con todas las fuerzas de su corazón, yo leyendo. Me maravilla que aún esté contento haciendo nada conmigo, sus ojos tan parecidos a los míos, pero en perfecto. Ayer hablábamos de lo que ellos recuerdan. Las caras de mis hijos convertidas de pronto en lo que fueron hace años. No miro diferencia. Sólo están más grandes. Han logrado que me crezca el corazón y que mi ogro egoísta interior salga debajo de su puente para colgar la hamaca y compartirla con otra persona.

Podría tener una vida feliz sin ellos. Claro. Pero no sería ésta. Y así como es, me gusta mucho.

Planificar

Nunca he sido buena con las plantas. Hasta ahora. Pude comprar hierbas el lunes pasado y me tomó el resto de la semana plantarlas. Hay algo parecido a rezar cuando uno pone una plantita en la tierra y tiene fe que crezca.

En la casa de mis papás, el jardín era algo secundario, escondido detrás de paredes. Yo las boté y ahora lo miro, pero he pasado los últimos tres años sin decidirme qué hacer con él. Hasta ahora. Supongo que me siento más dueña del lugar donde vivo.

No sé nada de jardinizar, pero sí de cómo quiero tener flores y arbustos, desordenados y verdes, grama, tal vez un lugar para koi. Planificar lugares que me van a sobrevivir. Tan parecido a escribir cuentos que lean cuando ya no esté.

El coleccionista

El coleccionista que vive en el espejo, al fondo del armario sin edad, es un avaro que no comparte sus tesoros. La superficie de su lado del cristal está separada en piezas de rompecabezas. Recolecta las que más le gustan y las almacena en orden cronológico para sacarlas y examinarlas a su gusto en sus momentos libres. El resto del tiempo se dedica a cazar las próximas adiciones a su colección. Ha pensado catalogarlas por expresiones; sonrisas, enojos, llantos. O por anatomía: ojos, bocas, manos, pies. Pero regresa a ordenarlas por fecha. Es la única forma que tiene de saber cuánto ha pasado haciendo lo mismo. No recuerda nada antes y no puede pensar en algo después. 

La cacería involucra mucha paciencia, lo aprendió luego de precipitarse a agarrar algo que le llamó la atención al principio de su estadía dentro del espejo. Vio la punta de un pie de niña calzado en zapatilla roja asomándose debajo de un vestido blanco y la agarró de inmediato. El pedazo de espejo que quitó para quedársela lo tiene guardado en un lugar especial. El resto del cristal, desperdigado por el suelo, por poco daña a la niña de la zapatilla roja y su madre se preocupó tanto, que no reparó el mueble por temor a que su hija volviera a romperlo. 

Pasaron muchos años entre un espejo y otro, el hombre casi se desvanece de aburrimiento. Los sonidos no se pueden guardar, los pensamientos tampoco. Las piezas que ya tenía en ese entonces no alcanzaron para armar un cuadro completo; demasiadas narices, pocas orejas, muchos pies izquierdos, pocas manos derechas. 

Repararon el espejo y volvió a atrapar los mejores pedazos de la gente que llegaba a asomarse a su ventana. Si una mujer, por ejemplo, se miraba en ese mueble, podía irse de allí con la impresión de haber perdido algo. Tal vez nunca pudo volver a sonreír de la misma forma. O se destiñó el verde de su blusa favorita. Un hombre dejó de percibir las formas redondas con el ojo izquierdo y un niño, cosa extraña y trágica, perdió la habilidad de escuchar la nota Do en el oído derecho. 

Poco a poco, el coleccionista fue acumulando suficientes partes para armar diseños completos, seres fantásticos construidos de pedazos perfectos que, en conjunto, sin la armonía que aportan los defectos, no satisfacen del todo al hombre que los reúne.

El día que el hombre de adentro vio al de afuera contemplándose con expresión de pregunta no supo cómo reaccionar. Lo quiso todo, desde ese cabello suelto hasta los zapatos gastados. No hablemos de amor, pero sí de obsesión. Abarcó al hombre del otro lado del espejo con las manos y quiso recoger todos sus pedazos. Se rompió y no le dejó nada qué guardar. Sentado entre los retazos de su anhelo, se puso a llorar, no supo si por primera vez o si nunca había dejado de hacerlo. Esperó en silencio, desconectado de su realidad, a que repararan su pedazo de mundo. Esa vez fue rápido, tal vez una semana en el exterior. 

El hombre perfecto se contempló de nuevo, con curiosidad, y extendió su mano para tocarse a través del espejo. Todas las superficies que nos reflejan mienten, esconden un mundo al que entramos cuando le damos la espalda y que no podemos ver al darnos la vuelta. Creyó entender un movimiento retardado de otra mano siguiendo la suya y todo se hizo pedazos de nuevo. 

El coleccionista se maldijo. De nuevo traicionado por su avaricia. Tenía que atrapar esa imagen por pedazos, no entera, para que no se despenicara. Pero su deseo siempre lo arrastró y así se rompieron veinte espejos y repararon otro tanto. Ni uno puede dejar de verse y buscar lo que lo desea, ni el otro se puede contener. 

La última vez que el hombre perfecto se vio en ese mueble, ya con canas y cansancio, el coleccionista se sentó a verlo. No trató de quedárselo, le entregó el recuerdo de la primera vez que lo deseó. Uno entendió por qué siempre se entregó al espejo y el otro por qué nunca pudo quedárselo. 

Para quedarte

Si para que te quedes

tengo que recordarte las noches que te fuiste

las mañanas en soledad

las bocas sin besos.

Si tengo que enumerar

las canciones sin oídos

el espacio sobre la piel

que no tiene mano encima.

Sacar a bailar

las veces que no lo hicimos

los deseos puestos sobre el suelo

que nadie recogió.

Si fuera todo eso necesario

para quedarte

dejaría que te fueras

y lo recordaras solo.

Estoy cocinando

Creo que, de no ser por no poder salir, porque el súper lo vienen a dejar no sé cuando y la carne después, porque tengo que entretener a los niños y no es cosa sencilla, porque no puedo ir a comprar una botella de vino, porque no miro gente, porque hay una enfermedad horrible haciendo fiesta con el mundo, puedo ser muy feliz encerrada en la casa.

Lavo ropa, cocino, planto lavanda, escucho música. Tengo menos tiempo para mí, lo que es contradictorio. Podría leer más y no. Casi no he visto tele. Se me junta una levantada de la cama con la ida a dormir. Se me han ido los días y aún no hago todo lo todo que debo hacer, no sé cómo meto el karate y la natación en mis días normales, si no he podido hacer ni media hora de yoga.

La autocontención es una cosa maravillosa y ahora la estamos aprendiendo todos, no sólo nosotros los hijos únicos. No es una mala herramienta en la caja de la salud mental. Ayuda meditar, tener un poco de tiempo a solas, un hobby. Y ayuda escribir. Aunque no me den ahora mismo el espacio para la ficción, este lugar, el de ahorita, siempre lo tengo disponible. Y, en quien me lea, una conversación a la distancia. Gracias por la compañía.

Reorganización

El primer día de cualquier cosa es un caos. Y entendamos caos como ese orden desordenado cósmico en el que de todas formas todo funciona. Al menos así quiero creer que fue hoy, entre impresiones de tareas, enviados de comunicados, esperas de entregas y todo lo que implica no salir de casa. Ya vamos por medio día del martes y mis hijos siguen vivos. Todo bien.

Pero no se puede vivir en caos y para eso están listos los fólders de colores, los horarios de actividades, mis videos de ejercicio y una tomada de pulso de mi abastecimiento de vino. Me tiene que alcanzar.

Luego del año pasado, nos tocó incorporar un elemento completamente nuevo y disruptivo a nuestra rutina: la diabetes de Fátima. Todo nuestro esfuerzo en estos doce meses ha sido que nuestra vida vuelva a su normalidad, con ese pequeño detalle extra incorporado. Ahora es al revés: un cambio total de rutina para poder tener los mismos resultados.

No tenemos un año para lograr hacerlo, apenas un día, porque si no encuentro la forma de mantener a los engendros ocupados, productivos, sanos y felices, el coronavirus va a ser una pantufla al lado de cómo me voy a poner. Así que, invocaré todas mis habilidades para poner el caos en cajitas. Y el resto, que salga como pueda.

Sin dormir

Anoche fue una de esas ocasiones en las que la tecnología me hizo no dormir. El sensor nuevo de la niña loqueó (por cierto tengo qué reclamarlo) y me dejó esperando que se normalizara toda la noche. No sucedió jamás.

Despertar después de no haber dormido suficiente me hace ver más tenebrosa la vida, tener menos opciones, multiplica mi mal humor. Hasta que llega la noche y, espero, pueda recuperar todo lo que no hice.

Darnos un momento de descanso, apagar el cerebro consciente, es fundamental para nuestra salud mental, para nuestras emociones, para nuestro cuerpo y hasta para estar delgados… Lo viví muy de cerca el año pasado, ese deterioro de mi integridad por no poder dormir bien.

En estos días de cambios de rutina, mantenerse lo más pegado posible a los horarios va a ser la clave para no volverme loca. Hacer que los enanos se duerman a sus horas me va a ayudar a no volverlos locos a ellos. Todo sea por un aislamiento en paz.

Los que lo saben todo

Trato de explicarle algo al casi adolescente y me dice «ya sé», cuando yo sé perfectamente bien que no, no sabe. Recuerdo esa confianza infundada, la tengo aún para ciertas cosas en las que creo sin discutirlo.

Hace poco escuché un podcast haciendo el punto de los adolescentes que lo saben todo y me quedó clarísimo el punto: sólo los tontos creen que lo saben todo. Porque parte de la inteligencia es aceptar que uno no sabe y la otra parte es aceptar que uno ni siquiera sabe lo que uno no sabe.

Reglas fundamentales y básicas… que no tienen nada qué ver con lo que uno hace todos los días. Como en el caso de estos días que deberemos segregarnos de la sociedad, hacer planes dentro de casa, hacerle ganas a los niños. No sé qué va a pasar en el futuro. Pero qué bueno que entiendo hasta dónde no lo sé.

Un vacío

Escucho lo que me cuentan

En lo que no me dicen

espacios en blanco

como agujeros vacíos

que succionan las palabras

los recuerdos, las emociones

saltamos esas partes de la memoria

para no cortarnos con su filo.

Yo lo miro todo.

Dejo entrar el aire en ese espacio

agarro lo oculto y lo encierro

sobre papel.