Aprovechar los Talentos

Me gusta mucho cantar. Muchísimo. Tal vez ser cantante sea de las pocas cosas que se me quedaron por hacer en esta vida. Canto lo suficientemente bien como para imaginarme parada ante una multitud de gente. Es un sueño un poco difícil de cumplir, no habiendo recibido ni una sola clase de canto, ni haber tenido grupo (más que uno de casualidad en el colegio).

Las habilidades que no se explotan, practican, perfeccionan, sirven para lo mismo que los diamantes en una mina. Ni siquiera podemos decir que sean evidentes. Necesitan accionarse para reconocerse. Por eso resulta muy poca la diferencia entre alguien con un don natural para algo y otro que se esfuerza para hacerlo. Es más, los talentos dan una sensación falsa de superioridad que nos vuelve arrogantes y dejados.

Pocas cosas tan tristes como gente con dones desperdiciados. No es que uno pueda dedicarle tiempo a todo para lo que se tiene habilidad, no alcanzaría la vida. Pero no esforzarse en nada, ésa es una existencia tirada a la basura.

Entre todo lo que tengo que hacer en el día, veo difícil tomar clases de canto. Pero todas las noches tengo un público cautivo de dos personitas que esperan con ilusión que las acueste con sus canciones favoritas. Definitivamente no siento que ese talento esté desperdiciado.

Segundas Oportunidades

En la casa tenemos una política con la comida: siempre tienen que probar cosas nuevas, aunque no se las coman. Y tienen que probarlas cuantas veces se las pase, porque los gustos cambian y los únicos que pierden con quitarse la posibilidad de disfrutar de más cosas son ellos.

Por eso es que me siento como una completa hipócrita cuando declaro que X o Y persona me cae mal tan sólo de verla/leerla/escucharla. Me sucede lo suficientemente seguido como para tener lista de gente que no quiero ni conocer.

Y luego resulto conociendo por azar al X o a la Y y quedar encantada. En estos tiempos de relaciones impersonales a través de medios sociales anónimos, decir que alguien nos cae mal es humano, pero no deja de ser tonto (salvo en esas ocasiones emblemáticas en las que resultamos insultados por completos extraños, pasa, créanme).

Ahora, nuestras primeras impresiones de alguien no son necesariamente en persona y eso nos arruina la posibilidad de entrar sin prejuicios a conocernos. No quiero decir que quisiera cenar con todos los de mi tl, por ejemplo, pero es gente con la que comparto mucha parte de mi vida diaria y me encantaría por lo menos poder reconocerlos por la calle.

Así como con la comida, cuando digo que alguien me cae mal sin siquiera cruzar palabra, me estoy castigando yo misma, Quién sabe si esa persona pueda ser encantadora.

Las Cosas A Medias

Ser intenso tiene sus marcadas desventajas. A mí las cosas me encantan, o las detesto. Es raro que haya un término medio. El restaurante que te recomiendo es el mejor restaurante del mundo. La película que no me gustó es la peor que han hecho en toda la existencia. Experimento el mundo en tonos de negro y blanco, rara vez veo lo gris.

Por eso no me puedo proponer para puestos diplomáticos. Es una cualidad que admiro en las personas a mi alrededor: poder conservar sus valores, ver lo bueno de la persona que está al otro lado del argumento, validar sus opiniones y salir como un príncipe de una discusión. En el transcurso de mi ejercicio profesional, cuando me tocaba negociar contratos con 15 abogados diferentes, la pasión por mi punto de vista era una gran desventaja. Hay que aprender a no tomarse las cosas personales, para no terminar peleando por una coma o un término. Verdaderamente me ha costado entenderlo.

También hay cosas buenas de tener un bajo punto de ebullición: cuando me cae bien alguien, no hay mejor persona. Cuando algo me gusta, lo promociono a los cuatro vientos. Cuando creo en algo, no hay vocero más ruidoso.

Tal vez sólo se trata de saber escoger las batallas. La pasión es buena, pero no sostiene una relación por mucho tiempo, si ésta no está basada en algo más sólido. Argumentar a favor de los valores es muy bueno, pero no en toda ocasión y no con todo el mundo. No es cuestión de matar zancudos con martillos.

Mientras encuentro cómo no pelearme con las personas con las que tengo que negociar, llevo la intensidad por dentro. Sólo no me empujen mucho.

El Diálogo Interno

El cuál, en mi caso, es frecuentemente externo. Sobre todo cuando tengo la oportunidad de ducharme por más de dos minutos. Si todavía está el hombre en la casa, nos pasa que cree que le estoy hablando a él, pero no. A veces tengo interesantes diálogos con facetas de mi personalidad, otras, recreo alguna escena con la que no estoy del todo satisfecha y reescribo mi papel.

Hablar con uno mismo ayuda a procesar ideas, hacer planes, sacar venenos. A veces. Otras, cuando nuestro interlocutor está de malas, solo sirve para hundirnos. Porque la gente que más daño nos puede hacer es la que mejor nos conoce. ¿Y quién nos conoce mejor que nosotros mismos?

Ese inquilino necesita alimentarse constantemente de información interesante, buenos sentimientos e ideas geniales. Las cosas positivas nos ayudan a tener conversaciones sanas con nosotros mismos. Aún cuando nos autocriticamos, deberíamos hablarnos con la misma compasión que lo hacemos con nuestros amigos.

Después de todo, no siempre vamos a estar rodeados de gente, pero siempre vamos a estar con nosotros.

Cuando Sea Grande…

A los cinco años quería ser pediatra por la mañana y veterinaria por la tarde. Obviamente a esa edad no tenía noción de consideraciones sanitarias. Mi única motivación era ayudar a niños y animales.

Soy abogada. Ni cerca del principio altruista de mi infancia. Aparentemente. Si analizo a profundidad mi deseo, veo que quería ayudar a resolver problemas y eso sí es mi especialidad.

Creo que todos llevamos dentro una afinidad hacia algo que nos ayuda a tener éxito, es sólo cuestión de encontrar su esencia. Como mamá, mi trabajo es cuidar las plantitas de la vocación de mis hijos para que crezcan junto con ellos y los ayuden a ser felices. Es una tarea difícil, porque a este tamaño tan pequeño, todavía se confunden las malas hierbas con la planta. Por eso no les digo nunca que no pueden hacer hasta lo más descabellado que se les pasa por la mente. Hasta el momento he pasado por diseñador de carros, bomberos, peluquera, quarterback de los Colts, diseñadora de modas, veterinarios… Nunca abogados.

Y heme aquí, senda licenciada en ciencias jurídicas, cuidando dos niños, dos gatos y un hámster. Tal vez no estoy tan lejos de mi niña de 5 años.

El Nombre De Las Cosas

«No hay que confundir el/la xxx con el/la xxx», como la mejor forma de ilustrar una diferencia.  Mi favorita es: no hay que confundir el amor con la calentura. Las palabras tienen un poder sobrenatural: definir la esencia de lo que se describe. Esto es especialmente cierto de los nombres, tanto de cosas como de personas.

Me pasa seguido que, después de decir cómo me llamo (Luisa Fernanda), me preguntan cómo me dicen. La respuesta es siempre: Luisa Fernanda. No porque me disguste sólo «Fernanda», es que no voltearía en la calle si alguien me dijera así. Existo como idea abstracta en la cabeza de los que me conocen por mi nombre. Para eso sirve el lenguaje.

Es una herramienta tan complicada que hasta sirve, en forma abstracta, para capturar ideas abstractas en sí mismas. Y allí es en donde me he ganado las peores experiencias de mi vida: cuando utilizo la misma palabra que otra persona, con diferentes significados. ¿Quién no ha confundido la amistad con la conveniencia? ¿O el cariño con el parentesco? ¿El conocimiento con la sabiduría?

Mientras más años pasan, les vamos agregando sentimientos a las palabras hasta darles un significado muy particular. Pero eso no debería impedir que nos pongamos de acuerdo con la gente a nuestro alrededor para llegar a una definición en común.

Es de las cosas más útiles para ahorrarse corazones rotos.

Una Suma De Cifras

38 años y medio de vida +

20 años de conocernos +

7 años de no hablarnos +

11 años de habernos reencontrado +

9 años de casados =

el resto de nuestra vida juntos

 

¡Feliz Aniversario Amor!

No Todo Lo Bueno Me Conviene

Los benditos «skinny jeans». Para alguien como yo, que ni de lejos tengo piernas «skinny», son la moda más ingrata de los últimos tiempos. Igual con los trajes enterizos que miro a otras mujeres usar con éxito. La moda es una herramienta objetivamente buena, pero no toda me queda bien.

Se puede considerar que todo lo que hace el ser humano tiene cosas positivas, buenas. Pero no todo el mundo puede hacer lo mismo, con los mismos resultados. Lo que me queda bien a mí (estudiar matemática, por ejemplo) no le sirve igual al vecino (a quién le puede costar sumar dos más dos, pero que tiene habilidades mecánicas muy por encima de mi inutilidad hasta para cambiar una llanta). Pasar por la vida sin saber en dónde está el punto ideal para probar cosas nuevas y crecer, escogiendo lo que mejor nos queda, es como esas pobres mujeres que se ponen lo último que sacan en las pasarelas, sin verse en un espejo.

Cuando uno cria niños, es más que evidente que no puede hacer lo mismo con dos personitas diferentes. Con JM era suficiente decirle que algo me enojaba para que lo dejara de hacer. A F mi enojo la deja fría y me tengo que idear otro tipo de chantaje.

Como con todo lo importante, es bueno conocerse uno, con cariño, pero con sinceridad. Buscar lo más conveniente implica a veces dejar las cosas buenas del lado, pero para buscar unas mejores. Para mientras, seguiré persiguiendo jeans rectos, porque mis skinny me hacen ver como pera.

Los Mundos Que Chocan

Tengo conocimiento limitado de una cantidad aceptable de cosas. He leído tantos libros de cualquier tipo, que a veces hasta la mitad de uno me doy cuenta que ya lo había leído. Tuve una educación bastante amplia y he cometido suficientes errores como para agarrar algo de experiencia. Y aún así, mi mundo está limitado a las ideas que me sirven de sistema operativo.

El término «sesgo ocupacional» sirve para describir la deformación que sufre nuestra forma de ver el mundo, dependiendo de lo que hagamos. Como abogada, tiendo a buscar las últimas consecuencias de un acto, especialmente las más negativas. Si le doy rienda suelta a esta tendencia cualquier teoría de conspiración se quedaría corta.

También me deforma la mente lo que pienso de la naturaleza humana: yo no creo que seamos seres intrínsecamente buenos y que los malos comportamientos son una excepción. Yo creo que somos seres neutros que actuamos de una u otra forma, según nos dicte la consciencia.

Cuando los fundamentos de una cosmovisión son opuestos y ninguna de las partes está dispuesta a considerar la opinión del otro, es cuando hay colisiones cósmicas. Porque hasta se puede estar diciendo lo mismo, pero desde perspectivas diferentes y no verlo. Somos como caballos, con la vista tapada para restringir el campo visual.

Quisiera creer que con cada nueva experiencia se me quita un poco el glaucoma mental. He de admitir que hay mundos que no tengo la menor intención de explorar. Para mientras, seguiré evitando colisiones.

En Dónde Vivo

Hay recuerdos de ciertas conversaciones que todavía logran encachimbarme. De esos ejercicios en inutilidad, en donde ninguna de las dos partes está dispuesta a ceder. Llevo conmigo imágenes tristes del pasado que podrían todavía hacerme llorar. Sentimientos fantasma de fracasos pasados que salen a espantarme de vez en cuando.

Tenemos la tendencia, como humanos, de guardar y recordar más fácilmente lo negativo. En un modo de supervivencia, se entiende que sea necesario. Lo malo es que ya no vivimos entre tigres dientes de sable, ni mega-lobos, pero nuestro cerebro sigue propenso a hacer conexiones «negativas» entre neuronas. Para cambiar todo ese cableado, es necesario escoger conscientemente qué vamos a guardar en el cofre de nuestro corazón. Minimizar el placer que podemos percibir de algo tan cotidiano como una buena tortilla, por muy trillado que parezca, nos depriva de un momento de satisfacción.

Vivir en los fracasos del pasado nos impide seguir caminando. Creer que lo malo, y lo bueno, de la vida son estados permanentes y no simples paradas en el viaje, le da una importancia exagerada a lo negativo y se la quita a lo positivo.

Es imposible estar feliz todo el tiempo, pero es enfermo no estarlo nunca. Yo tengo una mansión en el país de los malos recuerdos, pero estoy construyéndome un ranchito del lado de los buenos. Poco a poco, espero mudarme a vivir allí.