La Humildad Desafiante

Como virtud, la humildad es la menos deseada de todas. No he encontrado a nadie que le guste que lo califiquen de “humilde”. La equiparamos a “pobre”, “sumiso”, “apachurrado”. Eso de poner la otra mejilla no es precisamente una propuesta seductora (bueno, ahora con eso de 50 Shades, quién sabe). Roy H. Williams, un genio del mercadeo, considera que el acto de ofrecer la otra mejilla no es una demostración de debilidad, menos de miedo.
La persona a la que más admiro en el mundo es sin duda el hombre más seguro de sí mismo. Jamás lo he escuchado tratando de llamar la atención, ni de demostrar que es el más inteligente en un grupo, aún cuando eso es así el 99% de las veces. Escucha con interés el punto de vista de los demás y concede la razón cuando lo amerita. Callado, observador, humilde.
Ahora me doy cuenta que cuando yo más he querido sobresalir es en las situaciones en las que menos cómoda me he sentido. Antes, entre un grupo nuevo de gente, era yo la más gritona, la primera que decía algo inapropiado para hacer reír a los demás. En una clase, hacía las preguntas más interesantes para que el profesor se diera cuenta de lo lista que soy. Con los años, con una mejor medida de mi propio valor, no siento esa necesidad de reconocimiento externo.
Encontrar eso, la fuente de saber cuánte vale uno y que sea completamente independiente de validaciones de fuera, ésa es la humildad. Una persona verdaderamente humilde no necesita que nadie lo suba a un pedestal. Tampoco necesita tirar al suelo a nadie. Escucha y acepta ideas nuevas, aún si contradicen las propias. Admira los logros de los demás, porque sabe que no son en detrimento de los suyos.
Por eso, el desafío implícito en poner la otra mejilla. Aquí está. El golpe anterior no me quitó a mí nada. A ver si te atreves a darme otro. Así sí me gusta esa virtud.

El Petate y la Bola de Jabón de Coche

Recién divorciada (casada a los 20, divorciada a los 27, no hijos por supuesto, material de otros muchos posts que me guardo para tener qué escribirles en otras ocasiones), regresé a vivir con mis papás. Preocupada por mi posible conducta, mi mamá le preguntó a una amiga: “Ay chula, ¿y si le da por putear?”, a lo que su amiga plácidamente contestó: “Pues que putee Chita, sólo que tenga cuidado de lavarse con jabón de coche.” Otro día, me topé con otra amiga suya entrando a mi casa y ella saliendo. Me miró de pies a cabeza y exclamó: “¡M´hija! ¡Yo con tu cuerpo y tu cara y lo que ya sé, andaría con el petate bajo el brazo!” Mejor no elucubremos acerca del grado de relajación de la moral de las amigas de mi santa madre.
Mi relación con mi mamá siempre fue inmensamente cercana, complicada, amorosa, tormentosa, codependiente, feliz… Yo soy hija única y eso distorciona aún más la dinámica padre/hijo. Recuerdo haberle preguntado muchas veces: “¿Cúando vas a dejar de decir que sólo tengo XX años?”. La respuesta era la misma: “Nunca, porque siempre te voy a llevar la misma edad.” Ahora que tengo hijos, me cuesta separar su realidad del recuerdo del bebé indefenso que me necesitaba para todo. Y es que la relación que tenemos con ellos nunca puede ser de igualdad, porque está predicada precisamente en que sabemos más que ellos y por eso tenemos la “administración” de su vida.
El fenómeno también funciona a la inversa. ¿Quién de nosotros ve a sus padres como adultos? ¿Como personas en sí mismas, con anhelos, experiencias propias? Es difícil imaginarnos a nuestros padres existiendo antes que nosotros naciéramos.
Yo ya no tengo la oportunidad de indagar en la mente de mis padres para sacar a esa persona de mi edad que se esconde en sus recuerdos.
Por lo menos me queda la satisfacción de haber sentido que mi mamá me trató como adulto con derecho de tomar malas decisiones: esa Navidad, bajo el árbol, encontré un petate y una bola de jabón de coche.

Tres Palabras Para Encabronarme

No son “Te ves gorda”, para eso hay espejos. Son: “No te enojes.” Si quieren verme ensatanada, no hay forma más fácil.
Durante nuestra infancia y mucho del resto de nuestras vidas, se nos pide que estemos felices. Contentos. Todo. El. Tiempo. Eso no sólo es imposible, sino que no es sano. Sentir sentimientos es natural (por lo menos eso me han contado) y no todos son positivos. El hábito de identificar el estado emocional que se tiene y poder ponerle un nombre es uno de los pilares de la inteligencia emocional. Y es ésta, no el cociente intelectual, lo que determina de mejor forma nuestro éxito en la vida.
Ahora, una cosa es estar encachimbado y otra cosa es que se le salga a uno el chamuco. Yo muy en mi derecho de enojarme podré estar, pero jamás hay excusa para rematar contra un tercero. El mejor mandamiento en una negociación es: “El que se enoja, pierde.” Podría estar mejor redactado: “El que demuestra que se enoja, pierde”, pero eso es muy largo.
A mis hijos trato que expresen sus frustraciones, si están tristes, decepcionados, enojados, etc. Les acepto que me digan si esas emociones van dirigidas hacia mí. Lo que no es permitido es que actúen sobre eso: está bien que te enojes, pero no que me tires todo en el cuarto.
Es una señal de respeto dejar que alguien se enoje y no pretender negarle el sentimiento. Si recibimos de mil amores las felicidades, aguantémonos compartir los ratos colorados. Y si me miran echando chispas por allí, por favor, por el bien de nuestra cordial convivencia, no me pidan que no me enoje.

Todavía Soy Hechicera, Pero No Adivina

Me queda un año de matrimonio para convertirme en bruja (jeje). Lo de adivina, mi marido diría que sí le leo la mente y mis hijos están convencidos que lo hago. En realidad, aunque muchas veces tengo una buena idea de lo que están pensando, prefiero preguntar directamente. Nada cae peor que alguien pretenda saber lo que uno quiere, piensa, espera, sin tomarse la molestia de averiguarlo primero.
Por eso yo sí aconsejo la extraña costumbre de poner en forma clara y expresa las expectativas de las partes en cualquier relación. Eso de “a ver qué sale”, es poner en el Waze como destino “Fracaso” y tomar la ruta más directa. Además, que es un ejercicio que hay que realizar frecuentemente, porque las relaciones, como los seres humanos que las llevamos, no son estáticas. La fluidez obliga a cambiar los roles. Recién casados, yo trabajaba y pagaba las cuentas de la casa de mis papás enfermos, viajaba, me levantaba tarde los fines de semana… Ahora tengo dos jefecitos de tiempo completo, sin vacaciones ni remuneración en efectivo y mis tiempos libres son contados en los minutos que cierro la puerta del baño con llave. Así es la vida. Pero yo sé cuáles son las expectativas (de nuevo esa palabra clave) que tenemos en nuestra familia y aquí saben también qué espero de todos. Así se trabaja más fácil.
Esto aplica para todos. Desde dos personas que están empezando a conocerse, un trabajo, amistades de años, relaciones casuales, hasta lecturas del tl. No importa si lo que se quiere es simplemente una enmotelada rápida y no volver a ver al fulano, mientras se tenga claro.
Un genio de quien aprendí cómo escribir dice: “El riesgo del insulto es el precio de la claridad”. Prefiero sentirme insultada, pero saber bien sobre qué estoy parada.
Para mientras, seguiré disfrutando de mi estatus de “hechicera” y escuchando los pensamientos de mi marido furtivamente.

Mi Traida Exigente

Prefiero los gatos. No me gustan los perros. Apestan, babean y todo el tiempo requieren de atención. Los gatos huelen bien, jamás sueltan baba y sólo se acercan de vez en cuando. Si un perro no se ejercita, destroza la casa entera. Un gato encuentra entretenimiento solito, aunque sea con una bolsa de papel. En pocas palabras, los perros son chiclosos, melcochosos, “needy”. Guácala.
A nadie le gustan esas relaciones. Tampoco estoy aconsejando la distancia y frialdad como modus operandi, pero un poco de espacio personal siempre es saludable.
Yo no soy el mejor ejemplo del término medio, tiendo más hacia las áreas gélidas, miau. Pero aprecio a la gente que me quiere y me busca aún con mis carencias emotivas. He aprendido a ser cariñosa con mis hijos, pero sí tengo que recordarme conscientemente de darles un abrazo todos los días. Mi esposo recibe mis demostraciones a través del estómago: yo cocino para agradar, es un milagro que no rodemos en esta casa.
Cada uno tenemos la medida de lo que nos agrada. Más importante, de lo que no nos agrada. Por eso es tan difícil hacer juicios de valor sobre la forma en la que vive la demás gente, porque no estamos en sus zapatos, no sentimos con su corazón y definitivamente no pensamos con su cabeza.
De nuevo, las relaciones melcochosas y dependientes me ahogan y por eso siempre he tenido gatos. Hasta ahora todo me había funcionado bien. Hasta ahora. La gata que habita en mi casa me sigue por todos lados, maúlla constantemente, siempre quiere estar sobre mí y (horror de horrores) babea. Peor que traida exigente. Prefiero al hámster.

La Privacidad en Vitrina

“¡Espérense! Hay que tomarle foto a la comida para subirla.” “¡Estamos celebrando x o y cosa! ¡Hay que avisarle al mundo!” “¡Me corté el pelo, miren cómo quedé!” “Estoy a dieta y lo detesto.” “Me siento feliz.” “Me siento triste.”
Les podría seguir dando ejemplos, pero es más fácil que se vayan a mi tl y miren mis tuits. Y los de todo el resto de usuarios. Las cosas nos dejan de parecer “reales” si no las compartimos en alguna red social. Y está bien. Como humanos, necesitamos sentir que pertenecemos a una tribu y nuestra vida moderna nos permite hacer comunidades virtuales. Los que entramos tarde en ese juego (o sea, los que estamos más cerca de los 40s que de los 20s), todavía buscamos llevar a rl (real life) las interacciones que sostenemos con avatares. La suerte inmensa que he tenido al llenar mi vida de las personas que descubrí en Tuiter, no sé si sea común.
Aún así, no me siento cómoda soltando detalles personales al aire. Leer intimidades me shoquea. Tal vez es por eso que el pobre chato de la valla me pareció tan valiente. Ni siquiera en estos tiempos de transparencia el poner el corazoncito a disposición del escrutinio y ridículo del mundo se mira tan seguido. Lo mismo con las personas que tienen exposición pública en medios. Eso de ponerse de blanco de cualquiera con una opinión, es difícil.
La línea entre lo que se comparte y no, la determina uno mismo. Es igual que un escote, uno decide cuánto enseña y se atiene a las consecuencias. No voy a pretender destapar hasta el esternón y que no me miren con hambre (por lo menos, sería peor si fuera con lástima).
Y ahora, si me disculpan, tengo que compartir es post en mi tuiter para que me lean.

“La Vida Es Dolor…”

“… cualquier que te diga algo diferente, te está tratando de vender algo.” “Mi nombre es Iñigo Montoya, mataste a mi padre, prepárate para morir.” “- Hasta la muerte. – ¡No! ¡Hasta el dolor! – Me temo que no estoy familiarizado con esa frase…” Sí, me sé casi toda “The Prince´s Bride” de memoria. Por mucho es mi película favorita, aunque ahora que la miro detesto el papel de babosa que hace la tal “Buttercup”, pero eso es harina de otro costal.
Y sí, hay un tema interesante durante la película: el dolor. Físico, emocional, sentimental. No es aquí el único lugar en donde se toca, tampoco. Se puede decir que es el tema universal de nuestra existencia en este “valle de lágrimas”.
Mi papá decía que el dolor está en la mente. Mi mamá sufrió de dolor crónico durante veinte años que le amargaba la existencia. Cada parto conlleva una medida más o menos enorme de dolor. Hacer ejercicio tiene como consecuencia dolor muscular. No hay escapatoria.
Tampoco la quiero. Gracias al dolor podemos identificar que algo nos lastima y protegernos (tanto física, como emocionalmente). Por el dolor medimos nuestras fuerzas. Y sólo tenemos orgasmos, porque los receptores de dolor se activan (y eso que no estoy hablando de 50 Shades).
No me gusta el dolor. Lo soporto, a veces lo acepto como parte inevitable de algo que me gusta, como hacerme un tatuaje. Pero nunca le huyo. Porque si se niega el dolor, no se aprende de él y uno vuelve a encontrarse en la misma situación que lo llevó a él.
Por el momento, sin dolor, vuelvo a repasar las frases que le dice “Wesley” al príncipe “Humperdink”, después de describir cómo le va a ir cercenando cada uno de sus miembros, menos las orejas: “Hasta el dolor es que resuene en tus orejas perfectas el sonido de cada grito al verte.” Y después se levanta, e Iñigo logra su venganza y el gigante encuentra los caballos y se van. Si no la han visto, véanla.

“Ese” Jefe

El que lo trata a uno como ganado, completamente reemplazable. Indiferente a los problemas personales, sólo le importa el resultado. Directo para las críticas, severo, distante, jamás trata de ser amigable. ¿Pastel para el cumpleaños? Ni de chiste. Uno sabe en dónde está parado.
También está el otro jefe. El buena gente, casaquero, que pregunta hasta por el chucho de la casa. Comprensivo, cuenta chistes, que igual se voltea con SU jefe y se lleva todo el crédito por el trabajo que uno hizo. Que en vez de ayudarte a avanzar, te tiene bajo su pie, de una manera tan agradable que ni te das cuenta. El que aconseja como el “mejor amigo” que no te vayas a estudiar una maestría porque hay que aprender a trabajar, pero a su hermano lo beca. Arenas movedizas son más estables.
He conocido de los dos tipos. Mil veces prefiero al primero. Es como tener un perro que uno sabe que es enojado y que mejor no se le acerca uno. No como esos engendros del demonio que se acercan moviendo la cola y, cuando uno menos se lo espera, ¡zas! que le zampan a uno la mordida en la nalga (#TrueStory).
Así también prefiero rodearme de gente clara. En general me siento atraída por las personas cortantes y directas, ésas que no son las más populares. Pero son íntegras. La integridad entendida como la unidad entre lo que se piensa, se habla y se hace es la cualidad que más admiro y busco. ¿De qué me sirven halagos vacíos, sonrisas falsas y cariños sin sustancia? No estoy diciendo que no me guste que me echen flores, sólo que prefiero unas chatías reales a unas orquídeas de plástico.
Y sí, prefiero al jefe hijuelascienmilseñoritasdelavidaalegre. Siempre. Ya me han mordido demasiados chuchos.

“No Me Gusta Tu Pelo”

“Ese vestido no te queda bien.” “Ahora sí te estás engordando.” “Me parecía mejor el otro color.” Éstas y otras opiniones nos asaltan en varios momentos de nuestras vidas, generalmente de la boca de la gente que más nos quiere. Yo creo que es por una mezcla de cariño que no sabe expresarse y un sentido inflado de nuestra importancia en la vida de los demás. ¿Por qué otra razón se dispararía alguien un comentario sobre otra persona, sin que sea solicitado previamente?
A mis amigas les doy una oportunidad (las amenazo): “¿De verdad quieres saber mi opinión?” Ya les he compartido a ustedes mi carencia de empatía, lo que me hace tener pocas delicadezas en el momento de expresarme. Por lo mismo, prefiero verme bonita (o sea, mantenerme callada), porque: 1. Si lo que están haciendo, tienen puesto, dicen, piensan o creen no me afecta a mí de forma directa, no tengo ningún derecho de pronunciarme al respecto; y, 2. Les tengo el suficiente respeto como para creer que ya están grandecitas y saben lo que hacen.
Claro que esto no aplica para los hijos. Bueno, no siempre. Se ponen las reglas de cada casa y se refuerza su cumplimiento (sí, suena a estado militar, qué les puedo decir). Pero si la niña se quiere poner una blusa morada con el pantalón rojo y las calcetas verdes, pues… que salga en fachas. Prefiero que encuentre su estilo. Todavía llevo quemado el recuerdo de los vestidos de panalito que mi santa madre me zambutía hasta los 10 años. Y yo era una niña grande, que parecía como de a 12. Con colitas y listones y calcetas caladas y toda la cosa. Fatal.
Tal vez si nos liberamos de la idea que la conducta y apariencia personal de los demás nos impacta directamente a nosotros, somos más felices. Es una carga adicional que no tenemos por qué llevar. El lema “me pela tu vida” es casi un acto de amor. Aprendiendo a querer a los demás como son, no importándonos qué hagan ni cómo se miren, somos mejores amigos. Y siempre tenemos la opción de alejarnos de las personas que nos hagan daño.
Claro, de casi todas esas personas. Mi tía viejita, la que hace los comentarios de arriba, a ella no la puedo dejar de ver. Todas las semanas. Le abro el carro, me siento, suspiro y espero el saludo de turno. Lo mejor que me ha dicho últimamente es: “Mija, te veo algo delgadona.” Me daré por dichosa.

El Centro del Universo

Soy yo. Por supuesto. Como dice una sabia amiga mía, “Cómo no me voy a querer, si he estado conmigo desde que nací.” Soy la primera persona de la que estoy consciente cuando despierto y con la última que convivo cuando me duermo. Aún en mis sueños, allí estoy yo, siempre. La dichosa objetividad es un mito, porque sólo puedo observar, procesar, pensar, experimentar, desde los confines de mi cerebro. Me asalta la duda si lo que yo percibo como el color “rojo” es el mismo que alguien más, o yo interpreto la frecuencia de luz que emite el “rojo” como alguien más mira el “azul”. No hay forma de saberlo.
Aprender a quererse uno mismo es una de las luchas de la vida, porque de tantas etiquetas que usamos para describirnos, muy pocas son cariñosas. Si le habláramos a otra persona como muchas veces nos tratamos a nosotros, pocas personas tendrían amigos. Los adjetivos a veces han germinado de las semillas plantadas por nuestros padres, quienes, aún con la mejor de las intenciones, a veces la cagaron. Decirle a un niño que es tal o cual cosa es armarles el corral dentro del que se moverán por mucho de su vida si no aprenden a saltarse la barda.
Pocas veces miro al espejo y no busco el defecto, cuando podría enfocarme en cualquier otra cosa. El barro en la punta de la nariz pesa más que el resto de la cara. Y así, somos nuestros compañeros de vida más cargosos. Si el centro de nuestro universo está dañado, todo lo demás sale de su gravedad. Dichos como “La caridad empieza en casa” también aplican para la propia persona. Incluso, el mandato toral de la religión de muchas personas es “Ama a tu prójimo, como a ti mismo.” Si no me amo yo, cómo se lo voy a pasar a los demás.
Carecer de empatía es un reflejo de la necesidad de control, de perfección, de rigidez. Lo sé muy bien, empática no soy. Estoy aprendiendo. Porque tengo hijos a quienes amar y hacer sentirse amados. Por eso estoy siendo más compasiva conmigo misma. Más paciente. Más autoempática. Más cariñosa.
Y, también por eso, no se asusten si alguna vez, frente a un espejo, me escuchan cantar bajito: “¡Qué bonita soy, qué linda soy, cómo me quiero!” Los invito a unirse al coro. Su universo se los agradecerá.