La Presa de los Recuerdos

Hace poco recordaba uno de tantos momentos desagradables de mi paso por el colegio. Mis compañeros durante mucho tiempo decían que yo infectaba y se echaban «spray» imaginario si los llegaba a tocar. Por una de esas desafortunadas conjugaciones astrales, una niña mimada y con pocas habilidades sociales -yo- fue a caer a un grupo de niños especialmente crueles.

Puedo asegurar que no recuerdo ni la décima parte de mis años escolares. Tengo lagunas mentales de tamaños oceánicos, muy bien resguardadas detrás de diques que parecen holandeses.

De vez en cuando hay alguna fuga, como la de la «infectada». No es agradable, porque todavía duelen. Pocas heridas son tan profundas como las que nos hacen de niños. Porque las magnificamos con los años. Porque no supimos sanarlas en su momento. Porque nos marcaron y nos hicieron las personas que somos ahora.

Supongo que un psicólogo me alentaría drenar mis recuerdos. Supongo que entendería mejor mi carácter. Supongo que recuperaría algún momento feliz que está enterrado.

No sé si me atreva a hacerlo algún día, porque temo ahogarme.

Nuestras Ataduras

En ambos lados de mi familia hay historia de alcoholismo. Es algo que me mantiene a raya, creo que me sobran cuatro dedos para contar las veces que me he emborrachado. Tampoco fumo, por lo mismo. Les tengo pavor a los vicios. Porque son una atadura, una renuncia de voluntad.

Y no es que no tenga algo que me amarre. Como buen ser humano, tengo muchas cosas que me encasillan. Mis prejuicios, mis creencias, mis valores. Pero creo que todos son voluntarios, la cárcel está hecha a mi medida y tengo las llaves en mi bolsillo.

Mi amarre principal es el ideal de mí misma que guardo como mapa del tesoro. Es la barrera que tiene a raya a mi Dr. Merengue (si usted está muy joven para captar la referencia, lo siento). Lo miro en el ejemplo que les quiero dar a mis hijos, en el mejor lado de mí que comparto con mi esposo y, sobre todo, en la voz que habita mi cabeza y la pobla de afirmaciones positivas.

Ésa es mi yo que prefiero alimentar. Y el guaro, malos pensamientos y peores costumbres no son la dieta ideal.

El Vestido

…y los zapatos y el maquillaje y las joyas y el peinado. ¡Qué vergüenza si nos volvemos a poner lo mismo que la boda pasada! ¿Qué van a pensar?

Es cierto que se siente feo que lo pelen a uno pero: 1. Rara vez se entera uno, por eso pela la gente, porque no tiene los huevos de decir las cosas de frente. 2. La gente que tiene cosas importantes en su vida no se acuerda qué se puso uno en la fiesta pasada. 3. La gente que sí se acuerda y que le importa, no es importante.

Pasamos por la vida viviendo para los demás, poniéndonos ropa de moda que no nos gusta para los demás y haciendo otro montón de cosas para los demás.

Y pocas son las veces que los demás se fijan en uno, porque van más preocupados de lo que van a decir de ellos.

Darse cuenta de lo poco importante que es uno en la vida del mundo en general es liberador. Poder salir a la calle como uno quiere, dentro de las normas mínimas de convivencia le permite a uno gastar energía en otro lado. Fijarse en la poca gente que importa dirige nuestras emociones a lo que sí alimenta.

Y aprender que uno se puede volver a poner el mismo vestido todas las veces que uno quiere, es una delicia.

La Confianza Apesta

Es un dicho de una amiga, refiriéndose a un amigo que, habiendo ganado demasiada confianza, nos había perdido mucho del respeto.

Por alguna razón, hay personas que creen que mayor intimidad les da licencia para dejar las buenas costumbres en la puerta. No lo entiendo. Yo me acerco a la gente que admiro y respeto y nutro la amistad porque me gusta su comportamiento. Me imagino que a mis amigos también les gusta cómo soy con ellos. Estoy completamente segura que eso cambiaría tan rápido como se disipa una calentura nocturna con la luz del día si, por la «confianza» que les tengo, comenzara a tratar a mis amigos como chancleta.

Es más difícil aún con las personas con las que uno vive. El pants perpetuo y los pelos de nido de ratas que se vuelven el uniforme de estar en casa. La falta de un «buenas noches», porque igual se amanece juntos, los «gracias» y «por favores» asesinados por el roce diario. Si la gente le pusiera la misma atención a su pareja, con el mismo cuidado de enseñar la mejor cara, pocos matrimonios se podrían describir como dormir con el enemigo.

Tener confianza no es sinónimo de convertirse en el patán del hogar. La intimidad debería servir para esmerarse en ser cada día más cuidadoso de una relación que mejora con el tiempo.

 

La Fuente De La Juventud

Los cambios no se miran día a día, porque son pequeños, graduales. Las amistades que tenemos algún tiempo de no ver pueden notar alguna diferencia. Las fotos son un gancho al ego que resaltan todos los lugares vacíos de líneas.

La juventud física es un regalo efímero, que no le dura a nadie. No hay bisturí que lo devuelva. Pero sí hay una fórmula mágica para retroceder el tiempo.

La invoco cada vez que miro algo familiar a través de los ojos nuevos de mis hijos. Escuchar una viejada y que les encante por primera vez. Releer un libro y que un desenlace conocido sorprenda. Es hasta volver a reír con chistes tan recalentados como los de Pepito.

Mi corazón rejuvenece cuando juego con ellos, aunque mis ojos marquen las risas con surcos nuevos. No hay bisturí que logre quitar las arrugas del ánimo. Pero pónganme a ver Star Wars por primera vez otra vez y no necesito ninguna cirugía.

Lo Que No Se Mira

Ahora me duele la espalda. Mucho. Sentada, parada, acostada. No importa cómo. Pero sigo con mi vida porque quedarme acostada no es opción. Lamentablemente el dolor me está cocinando el ya agrio carácter y tengo un poco más erosionada la paciencia. No es excusa. Simplemente debo hacer un mayor esfuerzo por no rematar con el mundo y sus alrededores, con niveles mixtos de éxito.

Y aunque no tengo el menor interés de conocer la vida de todas las personas con las que entro en contacto, no dejo de pensar qué dolores podrán estar cargando. Seguro que la mayoría de veces que recibe uno una mala cara, no es personal. Comp diría mi mamá, tal vez le dieron amargo el café. Pero tampoco se sabe si detrás de una amable sonrisa hay un corazón roto.

He visto personas con vidas verdaderamente trágicas que encuentran la fortaleza de carácter para no ser perfectos hijos de la chingada. También a los que la más trivial de las tribulaciones los convierte en energúmenos, sino sólo hay que ver el tráfico.

Mientras no sepamos qué le sucede realmente a la gente, no podemos entender bien sus acciones. Pero sí podemos hacer dos cosas: alejarnos de la gente que nos lastima y no rematar con la gente que queremos.

Tengo que encontrar quién me inyecte doloneurobión, antes que me manden de retiro a un lugar alejado.

Buscar Compañía

Las que hemos estado embarazadas sabemos que no hay conexión más cercana que la que se forma biológica, emocional y químicamente con esa persona que se lleva dentro. Hasta al nivel genético, el trayecto del óvulo fecundado a través de las trompas de falopio al útero transcurre en un intercambio de información. El resultado es que llevamos genes de nuestros hijos incrustados en nuestro adn, aunque sea a un nivel minúsculo. La experiencia nos transforma el cuerpo, la oxitocina nos recablea las neuronas y la experiencia nos da canas, arrugas y satisfacción.

Lo que no da la maternidad es compañía. Porque la relación entre padres e hijos no tiene ese propósito. Uno con los cuates bromea, tiene experiencias formativas en común, no moldea, corrige, forma. Que es lo que debería poder hacerse con los hijos, claro que con cariño, buen trato, pero nunca amistosidad.

Yo no puedo pelotear mis confusiones existenciales con mi niño de 7 años. Por lo menos no todavía. No sería justo para él. Tiene derecho a ser hijo y a escoger a sus cuates y que esos dos mundos estén separados.

Tuve una experiencia diferente con mi mamá, con resultados contradictorios y no del todo positivos. Fue hasta su muerte que yo sentí la necesidad de hacer amigas, y menos mal que lo pude hacer.

La cercanía no implica compañía y espero brindarles la suficiente independencia a mis hijos para que encuentren su propia tribu y además les guste regresar a mi casa. Porque, aunque no sean mis amigos, siempre serán parte de mí.

El Rótulo Que Llevamos

Hay una expresión en inglés para describir cierto tipo de cara: «resting-bitch-face». La pueden haber acuñado viéndome. Mis facciones en su estado de reposo se alinean para decirle al mundo que no se acerque porque muerdo. Tal vez por eso nadie me sacaba a bailar en las fiestas.

Compenso con una sonrisa fácil y cejas tan animadas que mi papá me decía «Don Roque» por un famoso muñeco de ventrílocuo. Sobre todo con mis hijos, me bajo el rótulo natural y dulcifico mi expresión hasta donde puedo.

Todas las personas llevan pintada su vida en la cara. Incluso, sus sentimientos, hábitos y pensamientos moldean las facciones para revelar el interior. Hay vicios que transforman en sapos hasta la cara más agraciada y virtudes que embellecen el rostro más desafortunado. Los ojos son más bonitos con una mirada inteligente, que con el mejor maquillaje. Valen más las arrugas marcadas por la risa que la boca torcida hacia abajo.

Aprender el estado natural de mi cara me da la opción de contrarrestarlo, porque no siempre quiero mantener alejado al mundo. Me ayuda a suplir carencias naturales de mi carácter. Y a subir el rótulo de «no molestar» cuando me conviene.

Ser, Haciendo

Salvo por el hecho de ser seres humanos, nuestra autodefinición poco depende de lo que somos. Tintes de pelo, decolorantes de piel, pupilentes, implantes, tacones y hasta cirugías de reasignación de sexo, todo en nuestra modernidad nos permite cambiar lo externo. Decir que soy «rubia, de ojos azules, delgada, 38 años» es sólo una descripción de lo externo, efímero.

La verdadera forma de demostrar nuestra esencia es precisamente ésa: demostrarla. Así yo, que soy profundamente haragana, me obligo a actuar de forma diligente, porque valoro más el fruto de mi esfuerzo al placer de huevonear. Decirle a un hijo que «es inteligente» le niega el mérito del estudio. Calificar a alguien de «bueno» le hace corto circuito a su consciencia si tiene un impulso que se salga de su concepto de lo moral.

Me interesa más la efectividad demostrada en la conclusión de una tarea, que en la habilidad no ejercitada.

El paso de los años va a borrar sin duda la mayor parte de mis características exteriores, pero espero conseguir continuar demostrando lo que soy.

La Vida En Tinta

El primero fue a los 27 años, estratégicamente situado para sentir la menor cantidad posible de dolor. Un cliché en negro, con alas y garras, muy a un estilo que ya no se usa. Me lo hice en la cadera derecha en vez de el estómago, pensando que cuando tuviera hijos no quería un dinosaurio. Y sigue siendo el que me identifica a mí misma.

Creo que los siguientes fueron los que se posan sobre la cicatriz de la cesárea, uno en el celeste de los ojos de mi hijo y el otro un cisne en morado por la niña que nació con los ojos color jacaranda.

Los que rodean mis costados me recuerdan la forma en la que siento el amor de Dios. Supongo que es adecuado que hayan sido los más dolorosos.

Una rosa en la espalda, que luego tuvo dos retoños me devuelve un poema adolescente que hicimos realidad después de muchos desencuentros.

Un infinito abierto y la mitad de un corazón en la muñeca izquierda le hace juego a un dibujo en una muñeca derecha. Se juntan cuando nos tomamos de la mano. Se cierran. Cazan. Se complementan.

Los de los ojos fueron simple conveniencia: ante una alergia severa al maquillaje, el delineado permanente es una buena solución. Supongo que ésos no cuentan porque son de vieja fufa.

El del tobillo fue un regalo de mí para mí en mi cumpleaños, en conspiración con mi dentista que es lo máximo y me puso anestecia. Una acuarela atravesada por trazos caligráficos en negro. Suavidad subrayada que me hace pensar en mi mamá.

El último, los tulipanes sobre mi hombro izquierdo, son por cómo me ve él: aparentemente delicados, esas flores salen en medio de la nieve, soportando los peores climas.

Tengo una vida escrita en tinta. Siempre digo que el último fue el último. El problema es que sigo viviendo.